Diamantes negros: El muro

21 Descubriendo secretos

**Caleb**

Habían pasado 24 días. Veinticuatro días de aislamiento en esta cabaña que olía a madera vieja, humedad y a mi propia sangre oxidada. Las heridas físicas estaban cerrando, pero mi mente me traicionaba. El silencio del bosque era demasiado ruidoso para alguien que lleva el caos por dentro. Había noches que me despertaba y, sin conciencia, salía a cazar por los alrededores, moviéndome entre los árboles con una agilidad animal que me aterraba. Me encontraba a kilómetros de la cabaña al amanecer, con las manos manchadas de barro y los sentidos todavía en alerta roja.
​Me daba miedo dañar a Maya. Ese era el único pensamiento que me mantenía anclado a este encierro. Sabía que si ella me veía así, con la mirada vacía del hombre que mató al ayudante del Guardián, algo en su interior se rompería para siempre. Por eso no quería volver.
​De repente, el silencio del valle se quebró. Escuché el rugido de un coche subiendo por el camino de tierra. Mi cuerpo se tensó al instante y mis manos buscaron un arma por puro instinto. Me asomé por la ventana polvorienta y los vi bajar del vehículo.
​Eran mi hermano Marcus, y mis amigos Liam y Nico.
​Salí al porche, cubierto con una manta y con la barba de varias semanas, viéndome más como un espectro que como un hombre. Ellos me preguntaron cómo estaba al ver mi aspecto demacrado, y la verdad es que no supe qué decir. ¿Cómo explicas que tienes miedo de tu propia sombra?
​Pero Liam no había venido para hablar del tiempo ni de mis heridas. Dio un paso al frente, cruzándose de brazos, con una expresión que mezclaba la preocupación con una sospecha que ya no podía contener.
​—Ya basta de secretos, Caleb —soltó Liam, mirándome fijamente—. Llevas casi un mes aquí metido y mi hermana se está marchitando en casa. Explícame ahora mismo qué pasa con Maya. Qué hay entre vosotros.
​El aire se volvió pesado. Miré a Nico, que guardaba un silencio incómodo, y luego a Marcus. Mi hermano no dijo nada, pero me lanzó una mirada de advertencia que conocía bien. Sus ojos decían: "Sé sincero, porque si mientes ahora, la lealtad de Liam tiene un límite".
​—Liam... —empecé a decir, sintiendo que el nudo en mi garganta era más difícil de deshacer que cualquier nudo de cuerda.
​—Dilo —insistió Liam—. Porque si no me das una razón de peso para este alejamiento, la voy a traer aquí mañana mismo, quieras o no.
​El silencio que siguió a la pregunta de Liam fue tan denso que casi se podía palpar. Bajé la mirada hacia mis manos, esas que aún temblaban por las noches, y luego los miré a los tres. Marcus mantenía su expresión de piedra, pero Liam estaba perdiendo la paciencia, y Nico parecía estar encajando las piezas del rompecabezas en su cabeza en ese mismo instante.
​Solté un suspiro que pareció arrancar un pedazo de mis pulmones. Ya no podía más. La soledad de la cabaña me había quitado las fuerzas para seguir fingiendo.
​—Me estaba viendo con Maya a escondidas —solté de golpe. Las palabras cayeron como granadas en el porche—. No ha sido algo de un día. Llevamos tiempo... viéndonos cuando nadie miraba, buscando momentos que no nos pertenecían.
​Liam dio un paso atrás, como si le hubiera dado un puñetazo físico. Su rostro pasó de la confusión a una rabia contenida, pero antes de que pudiera explotar, continué.
​—Y estamos enamorados, Liam. Al menos, ella lo está de un hombre que cree que soy, y yo... yo la amo tanto que me aterra lo que soy capaz de hacerle.
​Liam apretó los puños, su pecho subiendo y bajando con fuerza. Miró a Marcus, buscando saber si él lo sabía, pero mi hermano solo asintió levemente, confirmando que la sospecha era una realidad.
​—¿A escondidas? ¿En mitad de todo este caos? —preguntó Liam con voz temblorosa—. Es mi hermana pequeña, Caleb. Es la luz de nuestra familia después de tanta mierda. Y tú... tú eres un imán para la muerte.
​—Lo sé —respondí con amargura, dando un paso hacia él—. ¿Por qué crees que estoy en esta maldita cabaña? ¿Por qué crees que te pedí que me mantuvieras alejado de ella? No es porque no la quiera. Es porque la amo demasiado para dejar que el monstruo que viste en los muelles se siente a su mesa.
​Nico intervino por primera vez, con voz suave pero firme.
​—Eso no va a funcionar por mucho tiempo, Caleb. El amor de Maya no es algo que puedas apagar con una mudanza al bosque. La está destruyendo no saber de ti.
​Miré a Liam directamente a los ojos, aceptando cualquier juicio que quisiera imponer sobre mí.
​—He intentado ser el hombre que ella merece, pero la Sociedad me recordó que fui diseñado para ser otra cosa. Si vuelvo ahora, si la toco con estas manos que aún huelen a sangre... —se me quebró la voz—. No sé si podré volver a ser Caleb para ella.
​Me quedé en silencio, procesando la confesión que acababa de soltar. Esperaba un estallido de furia de Liam, una reprimenda de Marcus o incluso un silencio gélido. Sin embargo, fue Nico quien dio un paso al frente, rompiendo la tensión del bosque con una calma que no esperaba.
​—Caleb, escúchame bien —dijo Nico, obligándome a sostenerle la mirada—. No eres el único que ha caminado por ese alambre de espino. Algo así me pasó a mí con Siobhan.
​Liam lo miró de reojo, suavizando un poco la expresión al recordar el turbulento inicio de su cuñado en la familia.
​—Cuando empecé con ella, yo era exactamente lo que tú temes ser: un peligro andante, un hombre con demasiados enemigos y las manos demasiado sucias —continuó Nico con voz firme—. Pero encontré el punto medio entre ser un imán de problemas y ser el marido que ella necesita. No se trata de dejar de ser un soldado, se trata de aprender a dejar al soldado en la puerta antes de entrar en casa.
​Escuché con atención. Sus palabras eran el primer rayo de luz que lograba atravesar la niebla de mi aislamiento. Nico era la prueba viviente de que se podía sobrevivir a la oscuridad sin quemar a quienes amábamos.
​—Tú también lo conseguirás, Caleb —sentenció Nico, dándome un breve asentimiento de apoyo—. Pero no lo vas a lograr escondido en una cabaña como un animal herido. Necesitas volver.
​Miré a Marcus, que asintió casi imperceptiblemente, y luego a Liam. Mi amigo —mi hermano por elección— suspiró y extendió una mano hacia mí, dejando atrás la rabia por mi secreto con Maya.
​—Si ella te ha elegido, es por algo —gruñó Liam—. Pero si vuelves y la haces sufrir por tu ausencia un solo día más, seré yo quien te traiga de vuelta aquí a patadas. Vámonos de este agujero.
​Acepté. El peso que llevaba en el pecho no desapareció, pero se volvió soportable. Recogí mis pocas pertenencias y abandoné la cabaña, dejando atrás el fantasma del ayudante del Guardián. El camino de vuelta a la ciudad fue un borrón de luces y sombras hasta que, finalmente, el coche se detuvo frente a mi edificio.
​Volví a mi ático. Al cruzar el umbral, el olor a cerrado y a soledad me golpeó, pero también la familiaridad de mi propio espacio. Me dirigí directo al baño, me miré al espejo y, por primera vez en veinticuatro días, no vi al monstruo de la Sociedad. Vi a un hombre que estaba dispuesto a luchar por la única persona que le devolvía su humanidad.
​Saqué el teléfono que había mantenido apagado todo este tiempo. El corazón me latía con una fuerza que me recordaba que seguía vivo.
​El agua caliente golpeando mi espalda fue el primer contacto con la civilización que mi piel procesó en casi un mes. Me quedé bajo el chorro hasta que el vapor llenó el baño, intentando que el calor disolviera la rigidez de mis músculos y el eco de los gritos en el muelle. Me afeité con manos temblorosas, viendo cómo los rasgos de ese ermitaño salvaje desaparecían para dar paso de nuevo al Caleb que ella conocía. O al menos, al que ella recordaba.
​Me vestí con ropa limpia, sintiendo el peso del silencio en el ático. Cada rincón de este lugar me gritaba su ausencia. Con el corazón martilleando contra mis costillas, cogí el teléfono y marqué su número. Mis dedos dudaron un segundo, pero la necesidad de escuchar su voz fue más fuerte que mi miedo.
​El tono sonó tres veces antes de que ella descolgara. No hubo un "hola" lleno de alivio. Solo hubo silencio.
​—Maya... soy yo —dije, y mi voz sonó más rota de lo que pretendía.
​—No vuelvas a llamarme —respondió ella. Su voz no era la de la chica dulce que se escondía conmigo; era una voz fría, afilada como el cristal roto.
​Me quedé helado. El aire se me escapó de los pulmones como si me hubieran golpeado de nuevo en la cicatriz del hombro.
​—¿Por qué? —alcancé a preguntar, apretando el teléfono contra mi oído—. Maya, he vuelto. Estoy en casa. He pasado por un infierno para...
​—Elegiste abandonarme —me interrumpió, y esta vez escuché el temblor de la rabia contenida tras su frialdad—. Nico volvió con Siobhan. Marcus con Sofía. Liam con Elena. Los hombres de Liam volvieron con sus familias. Todos, Caleb, todos fueron a sus mujeres porque ellas eran su refugio. Pero tú... tú elegiste un agujero en el bosque. Elegiste el silencio.
​—No fue así, intentaba protegerte de lo que vi, de lo que hice...
​—No, Caleb. No me protegiste de la Sociedad. Me dejaste sola con el miedo de que estuvieras muerto mientras los demás se curaban en casa. Me demostraste que, cuando las cosas se ponen feas, yo no soy tu prioridad, soy lo primero que apartas.
​—Maya, escúchame...
​—No. Ya he escuchado suficiente silencio durante veinticuatro días. No vuelvas a buscarme.
​Y colgó.
​El pitido de la línea cortada fue más ensordecedor que cualquier explosión en los muelles. Me quedé allí, de pie en mitad de mi ático de lujo, rodeado de una soledad que ahora era absoluta. Nico tenía razón: había que dejar al soldado en la puerta. Pero yo había cerrado la puerta con ella fuera, y ahora no sabía si me quedaban fuerzas para volver a abrirla.
​El silencio de mi ático se volvió sofocante, un eco constante del "clic" del teléfono al colgar. Necesitaba ruido, necesitaba dolor, algo que fuera más real que el vacío que me había dejado Maya en el pecho. Cogí las vendas y las llaves, y me marché a un gimnasio nocturno de la zona baja, un lugar donde el olor a cuero viejo y humedad me ayudara a enterrar los pensamientos.
​No busqué un saco ligero. Fui directo al más pesado, al que se sentía como una columna de piedra. Boxeé y boxeé, descargando cada gramo de frustración, culpa y odio contra la lona. No usaba técnica; era pura rabia animal. Mis nudillos, apenas curados de la batalla en los muelles, volvieron a abrirse, manchando las vendas de un rojo fresco, pero no me detuve. Golpeé hasta que me quedé sin fuerzas frente al saco, apoyando la frente contra él, jadeando, con el sudor nublándome la vista y el corazón latiendo desbocado en los oídos.
​—Tiene buen ritmo, pero te falta guardia.
​Me tensé al oír la voz. No necesitaba girarme para saber quién era. Marcus apareció en el gimnasio, caminando con esa parsimonia letal suya entre las máquinas vacías. Me solté del saco y me dejé caer en el suelo, apoyando la espalda contra la pared fría.
​—¿Qué haces aquí? —mascullé entre dientes, tratando de recuperar el aire.
​—Vigilar que no te mates tú solo. —respondió, lanzándome una botella de agua—. ¿Qué ha pasado?
​Le conté lo que había pasado con Maya. Cada palabra de ella seguía clavada en mi orgullo: que la había abandonado, que no era mi prioridad, que no la buscase más. El rechazo me dolía más que la puñalada del ayudante del Guardián.
​—Me ha dicho que no vuelva a llamarla —dije, mirando mis manos ensangrentadas—. Que elegí el bosque en vez de a ella. Y tiene razón, Marcus. La he perdido.
​Marcus se quedó callado un momento, observándome con una mezcla de desprecio y cansancio. Se acercó y me dio un empujón con el pie en la bota, obligándome a mirarlo.
​—¿Y ya está? ¿Eso es todo lo que el gran Caleb tiene que decir? —soltó con sarcasmo—. Te han disparado, te han torturado, te han criado para ser una máquina de guerra... y me dices que te rindes porque una chica te ha colgado el teléfono.
​—Ella no es solo "una chica" —gruñí, intentando levantarme.
​—Entonces actúa como si te importara —me espetó Marcus, dándome la mano para tirarme hacia arriba—. ¿Desde cuándo te rindes a la primera negativa? En la Sociedad nos enseñaron que si una puerta está cerrada, se derriba. Si una posición es inalcanzable, se asedia. Si ella está enfadada, es porque te quiere lo suficiente como para odiarte ahora mismo.
​Me limpié el sudor de la cara con el brazo. Sus palabras, crudas y directas como siempre, empezaron a encender algo que no era rabia, sino determinación.
​—Ella espera que seas el hombre que la dejó sola —continuó mi hermano, dándome una palmada fuerte en el hombro—. Demuéstrale que eres el hombre que ha vuelto por ella.




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