Diario De La Hija Del Pastor

CAPITULO 2?

Lavenham no es un pueblo diseñado para el cambio. Sus casas de entramado de madera, inclinadas por el paso de los siglos, parecen ancianos que se susurran secretos de una calle a otra. Aquí, el tiempo no corre; se arrastra bajo la neblina de Suffolk. Y en el centro de ese mundo estático, estamos nosotros.

Mi nombre es Victoria Whitaker. Para el resto del mundo, soy una extensión de la voluntad de Dios. Para mi padre, soy el último bastión de su reputación.

El Ritual del Silencio (6:00 AM - 7:00 AM)

El frío en Inglaterra tiene una forma particular de morder los huesos antes de que el sol termine de salir. Me levanto antes que la alarma, no por disciplina, sino por una ansiedad que se ha vuelto biológica. El silencio en la casa de los Whitaker no es paz; es una tregua armada.

Me lavo la cara con agua casi helada. Miro el espejo empañado y, por un segundo, trato de encontrar el rastro de Elizabeth Caldwell. Mi madre. Un nombre que se ha vuelto prohibida su pronunciación en esta casa.

Papá dice que ella era "débil de espíritu". Que el enemigo encontró una grieta en su voluntad y la arrastró lejos del redil. Recuerdo su rostro, o al menos la sombra de él, envuelto en una tristeza que yo entonces no entendía. Recuerdo haber visto moretones en sus muñecas que ella cubría con mangas largas incluso en verano.

Es el peso del servicio, Victoria —me decía mi padre cuando yo era pequeña y preguntaba por qué mamá lloraba en la despensa—. Las mujeres a veces no comprenden que la sumisión es una forma de protección. El dolor es solo la carne resistiéndose a la santidad.

Y yo le creí. Porque a los ocho años, si tu padre es la voz de Dios en el púlpito, ¿quién eres tú para dudar de su mano en la casa?

La Revisión (7:15 AM - 8:00 AM)

Bajo las escaleras. Cada escalón cruje bajo mis pies. El comedor huele a té negro y a la cera con la que la señora Miller pule los muebles dos veces por semana.

Thomas Whitaker está allí. Sentado con la espalda tan recta que parece parte de la silla de roble. Su traje negro no tiene ni una mota de polvo. Sus manos, las mismas que gesticulan con fuego durante el sermón, sostienen una taza de porcelana con delicadeza.

—Llegas dos minutos tarde, Victoria —dice, sin apartar los ojos de su Biblia abierta. —Lo siento, padre. El frío ha retrasado el agua caliente. —El clima no es excusa para la falta de orden. Siéntate.

En mi mente, una voz rebelde grita preguntas que nunca cruzarán mis labios: ¿Por qué nunca me hablas de cómo era mamá antes de irse? ¿Por qué parece que te alegras de que ya no esté? Pero mi cara es una máscara de porcelana.

—Ponte de pie —dice de repente, dejando la taza en el plato con un clinc seco.

Es el momento de la Revisión. Se acerca a mí. Su presencia ocupa todo el oxígeno de la habitación. Sus ojos azul acero escanean mi vestido, mi cabello recogido en un moño perfecto, la longitud de mi falda. Se detiene frente a mí y, con una lentitud deliberada, extiende su mano. Me ajusta el cuello de la blusa

—Estás despeinada en la nuca —dice en un susurro—. Un solo cabello fuera de lugar es una invitación al caos, Victoria. Si no puedes controlar tu imagen, ¿cómo esperas que la congregación confíe en ti? —Lo arreglaré ahora mismo. —Hazlo. No quiero que seas una distracción para los hombres.

Salgo de la habitación y me miro en el espejo del pasillo y me pregunto si alguna vez seré suficiente. O si mi padre simplemente necesita que yo sea el error constante para él poder ser la solución perpetua.

El Desfile hacia St. Peter and St. Paul (8:30 AM)

Caminamos hacia la iglesia. Lavenham es hermoso, pero hoy sus colores pasteles —los rosas y amarillos de las casas medievales— me parecen una burla. Mientras caminamos, el pueblo se transforma en una pasarela de hipocresía.

—¡Buenos días, Pastor! —exclama el señor Harrison, quitándose el sombrero. —Bendiciones, Harrison —responde mi padre

Yo camino un paso por detrás. Es mi lugar. La sombra. A mi izquierda, veo a la joven Sarah. Se casó hace seis meses y ya tiene ojeras profundas. Miro cómo su esposo le aprieta el brazo con demasiada fuerza mientras saludan a mi padre. Ella baja la mirada. Sumisión, me digo a mí misma. Es por su protección. Pero algo en mi estómago se retuerce.

Miro a varias mujeres que suelen frecuentar en la congregación. Son hermosas, pero todas tienen algo en común: una especie de cansancio en los ojos que solo se nota si, como yo, has pasado toda tu vida observando desde el rincón de los que no tienen voz.

El Templo y la Fachada

Entramos en la iglesia. El frío de la piedra antigua nos recibe. Es un edificio imponente, con techos altísimos que deberían hacerte sentir cerca de Dios, pero a mí solo me hacen sentir pequeña e insignificante.

Papá sube al púlpito. Desde allí, domina el mundo. Yo me siento en la primera fila, el lugar de honor. Sé que si me muevo demasiado, si bostezo, si mi mirada se pierde en las vidrieras de colores, mañana habrá susurros.

“¿Vieron a la hija del pastor? Se ve distraída. Quizás tiene el mismo espíritu errante que su madre”.




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