El lunes no es un inicio, es una repetición. En Lavenham, la neblina se aferra a las casas de madera como si intentara evitar que el tiempo avance, y en nuestra casa, el aire se siente igual de estancado. Me levanté a las seis, impulsada por esa ansiedad que ya es parte de mi sistema biológico; un mecanismo de defensa para estar lista antes de que el primer crujido de las botas de mi padre reclame el pasillo.
Me puse el uniforme de la Academia Santa María para Señoritas. Es una armadura de lana azul, pesada y rígida, diseñada para ocultar cualquier rastro de feminidad que mi padre considere una "distracción". Él insiste en que hombres y mujeres no deben mezclarse en la educación; dice que la mente femenina es un terreno que debe cultivarse para la sumisión, no para la competencia. Según su lógica, el contacto con el sexo opuesto en las aulas solo sirve para que la mujer olvide su diseño divino y empiece a creerse igual al hombre.
Bajé a la cocina, donde el aroma del té negro ya había impregnado las paredes. Thomas Whitaker me esperaba junto a la puerta principal, con las llaves del coche en una mano y su mirada de acero lista para la inspección.
—Ponte derecha, Victoria —ordenó sin mirarme a la cara.
Me detuve frente a él. Sus ojos recorrieron cada costura de mi uniforme, bajando por la falda y subiendo hasta mi moño, que debía estar perfectamente centrado. Se acercó y, con sus dedos fríos, comprobó que el botón superior de mi blusa estuviera cerrado hasta el límite.
—¿Tomaste tus pastillas? —preguntó en un susurro. —Sí, padre. Dos. Como siempre —respondí, sintiendo el sabor amargo que aún quedaba en mi garganta.
Él asintió y me condujo al coche. El trayecto fue un silencio absoluto, solo roto por el motor del vehículo. Al llegar a las puertas de hierro del colegio, se inclinó hacia mí con una advertencia final.
—No mires a nadie a los ojos fuera de estos muros, Victoria. Recuerda que eres el reflejo de esta casa.
Bajar del coche fue como entrar en un coliseo. En la Academia Santa María, ser "la hija del pastor" no es un título de honor, es una diana en la espalda. En cuanto las puertas de hierro se cerraron tras de mí, el aire cambió. Aquí no hay incienso, solo el olor a cera de piso y el veneno de los susurros de adolescentes que encuentran en mi rigidez su mejor entretenimiento.
—¡Miren, llegó la elegida! —exclamó Eleanor al verme pasar por el pasillo principal.
Caminé con la vista al frente, apretando los libros contra mi pecho. Eleanor es hija de un diácono, pero en el colegio lidera el grupo que se encarga de recordarme lo absurda que parece mi vida desde fuera.
—¿Tu padre te dejó elegir el color de tu ropa interior hoy, Whitaker, o también tiene que ser de 'uso litúrgico'? —se burló otra chica, provocando una oleada de risas a mi alrededor.
Ignoré los comentarios sobre mi falda larga y mi actitud "santurrona".
Me senté en mi pupitre, sintiendo el temblor en mis manos que el agua fría de la mañana no pudo detener. Abrí mi cuaderno, mientras el eco de las risas de mis compañeras se mezclaba con la voz de mi padre en mi cabeza, creando una cacofonía de control que amenazaba con romper la máscara de porcelana que tanto me esfuerzo por mantener.
Mantengo la mirada en el cuaderno abierto, en las líneas vacías que esperan algo que no tengo ganas de escribir. Mi mano tiembla apenas sosteniendo el bolígrafo, pero lo suficiente como para que tenga que apretar un poco más fuerte de lo normal.
—¿Hoy tampoco vas a hablar, Whitaker? —dice Eleanor desde atrás, inclinándose lo suficiente para que su voz llegue solo a mí—. ¿O estás guardando silencio por motivos espirituales?
Algunas se ríen otra vez. No fuerte. No como antes. Ahora es más bajo, más contenido. Más peligroso.
No respondo.
Nunca respondo.
Porque responder sería darles algo más que observar. Y ellas ya tienen suficiente.
Siento el movimiento a mi lado antes de verla. Raquel deja su bolso sobre la silla con un golpe suave y se sienta, sin prisa, como si nada estuviera pasando. Como si no hubiera escuchado nada. Como si este fuera un día normal.
—Buenos días —dice
Asiento
—Buenos días.
Raquel hace que mis días aquí mejoren, siempre ha sido así.
Nuestras madres eran amigas y nuestra amistad se reforzó después de que mi madre se fue.
—Ignóralas —murmura Raquel, abriendo su cuaderno como si realmente le importara la clase.
—No es eso —respondo, sin mirarla.
—Entonces, ¿qué es?
—Nada —termino diciendo.
La profesora entra al aula y el ruido se apaga casi de inmediato. Sillas moviéndose, cuadernos abriéndose, cuerpos enderezándose.
—Buenos días, señoritas.
—Buenos días, profesora.
La clase comienza. Estoy sentada, escuchando, escribiendo cuando se espera que escriba
—Victoria —dice la profesora de repente.
Levanto la mirada de inmediato.
—Sí.
—¿Puedes repetir lo que acabo de decir?
Hay un silencio breve. Siento las miradas.
Repito la última frase que alcancé a escuchar.
La profesora asiente.
—Muy bien.
Las miradas no desaparecen. Bajo la mirada otra vez. Raquel pasa una hoja de su cuaderno hacia mí sin mirarme.
Hay una sola frase escrita.
¿Te pasó algo ayer?
No.
Le devuelvo la hoja. Mentir se ha vuelto demasiado fácil.
La mañana avanza sin cambios reales, solo con la sensación constante de que todo se repite con distintos rostros. Cambian las aulas, los profesores, las materias En la tercera hora tenemos gimnasia, la única clase donde se supone que debemos movernos, soltarnos, ser un poco más libres, aunque la palabra libertad aquí siempre viene con condiciones. El uniforme cambia, sí, pero no lo suficiente como para dejar de sentir que alguien está observando cada movimiento. Falda más corta, medias obligatorias, camiseta cerrada hasta arriba.
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Editado: 06.04.2026