"El destino deja de ser un privilegio cuando alguien más lo escribe por ti."
—Ese vestido no.
Ni siquiera había terminado de abrochar el primer botón cuando la voz de mi padre llenó la habitación.
No levantó el tono. Nunca hacía falta.
Su sola presencia era suficiente para que cualquier palabra adquiriera el peso de una orden.
Giré lentamente hacia la puerta.
Estaba de pie con la misma postura impecable de siempre, las manos entrelazadas detrás de la espalda y la expresión serena que todos admiraban los domingos desde el púlpito. Sus ojos recorrieron mi ropa con una atención casi quirúrgica, deteniéndose unos segundos en cada detalle, como si buscara un error que solo él pudiera encontrar.
—Ese color llama demasiado la atención.
Bajé la vista hacia el vestido crema que sostenía entre mis manos.
Nunca me había parecido llamativo.
Solo era un vestido.
Pero hacía mucho tiempo que había aprendido que las cosas dejaban de ser simplemente cosas cuando él las miraba.
Abrí nuevamente el armario y deslicé la mano entre la ropa colgada. Todos los vestidos parecían iguales. Tonos oscuros. Mangas largas. Telas discretas. Mi padre decía que una mujer piadosa debía vestir de forma que nadie recordara su ropa, sino su testimonio.
Tomé uno azul marino.
Él asintió.
—Ese está mejor.
No dijo que me veía bien.
Nunca lo decía.
Solo aprobaba o desaprobaba.
Esperé a escuchar sus pasos alejándose por el pasillo antes de dejar escapar el aire que llevaba conteniendo.
A veces me preguntaba cuándo había dejado de escoger mi propia ropa.
O si alguna vez realmente lo había hecho.
Me até el cabello frente al espejo mientras observaba mi reflejo con una extraña sensación de distancia. Era como mirar a otra persona. Una chica que sonreía cuando debía hacerlo, que respondía con educación, que conocía todos los versículos correctos y que jamás levantaba la voz.
La hija perfecta del pastor.
La imagen que todos esperaban encontrar.
Pero no la única versión de mí.
Sobre el escritorio descansaba una libreta de tapas gastadas. Nadie sabía que la llenaba de historias cuando tenía tiempo. Ni que inventaba personajes para escapar, aunque solo fuera durante unas páginas, de una vida donde casi todo ya estaba decidido.
Siempre me había gustado escribir.
No sermones.
No estudios bíblicos.
Historias.
Personas imperfectas.
Lugares que no existían.
Finales donde quienes estaban rotos encontraban la forma de reconstruirse.
A veces imaginaba mi nombre impreso en la portada de un libro.
Entrar a una librería.
Encontrarlo en un estante.
Ver a un desconocido llevárselo entre las manos sin saber que aquellas palabras habían nacido en una habitación tan pequeña como la mía.
Era un sueño ridículo.
Al menos eso diría mi padre.
Él hablaba del llamado de Dios.
Yo soñaba con escribir novelas.
Nunca se lo había contado.
Hay sueños que uno protege precisamente porque sabe que alguien intentará destruirlos.
Bajé las escaleras pocos minutos después.
Mi padre ya me esperaba junto a la puerta principal con una Biblia bajo el brazo.
—¿Lista?
Asentí.
No porque lo estuviera.
Sino porque aquella pregunta nunca había sido una invitación a responder con sinceridad.
El camino hasta la iglesia transcurrió casi en silencio.
La lluvia de la noche anterior había dejado las calles húmedas y el cielo seguía cubierto por una capa de nubes grises que apenas dejaban pasar la luz del sol. Lavenham parecía suspendido en una calma extraña, como si el pueblo entero contuviera la respiración antes de que ocurriera algo.
Mi padre conducía con una mano sobre el volante y la otra descansando sobre la Biblia.
Siempre hacía eso.
Como si necesitara recordar constantemente quién era.
O quién esperaba que todos creyéramos que era.
—Hoy escucharás más de lo que hablarás —dijo sin apartar la vista del camino.
—Está bien.
—Quiero que observes cómo funciona una congregación.
Asentí otra vez.
—Ha llegado el momento de que empieces a involucrarte.
Sentí un ligero nudo formarse en mi estómago.
—No solo eres mi hija, Victoria. También eres parte del futuro de esta iglesia.
Miré por la ventana.
Las casas comenzaron a desaparecer conforme nos acercábamos al templo.
Quise responder muchas cosas.
Que yo nunca había elegido ese futuro.
Que nunca me preguntó si lo quería.
Que existían universidades.
Bibliotecas.
Ciudades enteras donde nadie me conocería como "la hija del pastor".
Pero algunas conversaciones nacen derrotadas incluso antes de comenzar.
La iglesia estaba mucho más silenciosa que de costumbre.
No había niños corriendo por los pasillos.
Ni jóvenes riendo en la entrada.
Ni músicos afinando instrumentos.
Solo el sonido de algunas voces provenientes del salón de reuniones.
Mi padre abrió la puerta de madera y esperó a que entrara primero.
El aroma a café recién preparado llenaba el ambiente.
En el centro del salón había una mesa redonda de madera oscura rodeada por unas quince sillas. Sobre ella descansaban Biblias abiertas, carpetas, cuadernos, hojas con anotaciones y varias tazas de café a medio terminar.
No parecía una reunión espiritual.
Parecía una junta directiva.
Los hombres levantaron la vista cuando entramos.
Reconocí a varios ancianos de la congregación. También a líderes de ministerios que veía cada domingo caminando por los pasillos con esa seguridad que da sentirse importante.
Había otros rostros nuevos.
Uno de ellos, sentado casi al final de la mesa, permanecía en silencio mientras observaba todo con atención. No tendría más de cuarenta y cinco años. Vestía de manera sencilla, muy diferente al resto. No parecía incómodo, pero tampoco intentaba encajar.
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Editado: 05.08.2026