Diario De La Hija Del Pastor

CAPÍTULO 6?

"Todos llevamos una máscara, y llega un momento en que no podemos quitárnosla sin arrancarnos también la piel."

François de La Rochefoucauld

Habían pasado varios días desde aquella noche en el bosque.

Los suficientes para que cualquier persona sensata hubiera dejado de pensar en una conversación de apenas unos minutos.

Yo no lo había conseguido.

No porque quisiera volver a verlo.

O al menos eso era lo que intentaba repetirme cada mañana.

Sino porque algunas personas tienen la desagradable costumbre de decir exactamente las palabras que uno llevaba años intentando no escuchar.

"No deberías juzgar un libro por su portada."

"Todos tienen secretos."

"Ten cuidado de quienes viven bajo tu mismo techo."

Durante los días siguientes hice todo lo posible por convencerme de que solo había sido un muchacho intentando parecer interesante.

Alguien que disfrutaba sembrando dudas donde no las había.

Y, sin embargo...

cada vez que recordaba la expresión de su rostro mientras pronunciaba aquellas palabras, algo dentro de mí me decía que él no estaba improvisando.

Hablaba como quien ya vio algo que los demás todavía ignoran.

El miércoles amaneció cubierto por una neblina espesa. En Lavenham eso ya no sorprendía a nadie. Había mañanas en las que el pueblo parecía existir únicamente porque uno recordaba dónde estaban las calles. Las casas aparecían lentamente entre la bruma, los árboles apenas dejaban distinguir sus siluetas y las campanas de la iglesia sonaban mucho antes de que pudiera verse su campanario.

Era uno de esos días.

Las clases transcurrieron con la misma lentitud de siempre. Literatura. Historia. Matemáticas.

Los profesores hablaban.

Nosotras copiábamos.

Las horas avanzaban con la precisión de un reloj demasiado viejo para detenerse.

Durante el descanso, Bianca apareció prácticamente de la nada y me tomó del brazo antes de que pudiera escapar hacia alguno de los rincones tranquilos del edificio.

—No.

Me miró fingiendo sorpresa.

—¿No qué?

—No voy a ir donde sea que quieras llevarme.

—Qué poca fe me tienes.

—La experiencia habla por ti.

Bianca soltó una carcajada que hizo girar a varias alumnas.

Era imposible pasar desapercibida cuando ella estaba cerca.

Si yo era el invierno...

Bianca era un verano incapaz de quedarse quieto.

Su cabello castaño claro siempre parecía escapar de la coleta con la que intentaba recogerlo cada mañana y sus ojos tenían esa clase de brillo que solo poseen las personas que todavía creen que el mundo puede sorprenderlas para bien.

No entendía cómo podía soportarme.

Y, aun así, llevaba haciéndolo casi toda la vida.

Caminamos lentamente por uno de los corredores que conectaban las aulas con el patio interior. A esa hora estaba lleno de alumnas conversando antes de que sonara la campana.

Bianca llevaba varios minutos observándome de reojo.

Conocía esa mirada.

Era la misma que ponía cuando estaba preparando alguna pregunta incómoda.

—¿Qué?

Ella negó con la cabeza.

—Nada.

—Bianca.

—Nada.

—Te conozco.

Sonrió.

—Yo también te conozco.

Suspiré.

—¿Qué quieres preguntar?

Su sonrisa se hizo todavía más grande.

—¿Has vuelto a verlo?

Fruncí el ceño.

—¿A quién?

—Victoria...

—Bianca...

—No te hagas la inocente.

Solté un suspiro resignado.

—No.

—¿Segura?

—Completamente.

—¿Ni una vez?

—Ni una.

Ella chasqueó la lengua.

—Qué decepción.

—¿Decepción?

—Sí.

—¿Por qué exactamente?

—Porque ya me estaba imaginando una historia de amor prohibida entre la hija del pastor y el chico rebelde del pueblo.

La miré completamente seria.

—Necesitas leer menos novelas.

—Precisamente por leer tantas sé reconocer cuándo una protagonista empieza a interesarse por un muchacho.

Negué con la cabeza.

—No me interesa.

—Ajá.

—Es verdad.

—Claro.

—Bianca...

—Victoria...

Las dos nos quedamos mirándonos unos segundos.

Después terminamos riéndonos al mismo tiempo.

Era imposible discutir con ella.

Siempre encontraba la forma de convertir cualquier conversación en un juego.

Seguimos caminando mientras el murmullo del colegio llenaba los pasillos.

Fue entonces cuando le conté todo.

La reunión del domingo.

Las palabras de mi padre.

Cómo había anunciado delante de todos que mi futuro estaba decidido.

Cómo esperaba que algún día me convirtiera en una líder de la congregación.

Y después...

El bosque.

Caleb.

La conversación.

Las preguntas.

El comentario sobre mi padre.

El silencio con el que se marchó.

Bianca escuchó absolutamente todo sin interrumpirme.

Solo dejó de caminar cuando terminé.

Me observó durante unos segundos antes de hablar.

—Eso fue... intenso.

—Sí.

—¿Y de verdad te dijo que tuvieras cuidado con las personas que viven bajo tu mismo techo?

Asentí.

—Sí.

—Qué raro.

—Eso pensé.

—¿Crees que sabe algo de…?

—Lo dudo

—¿Y si solo estaba intentando provocarte?

Me encogí de hombros.

—También puede ser.

—Aunque...

Se quedó pensativa.

—¿Qué?

—No parece la clase de comentario que alguien dice porque sí.

Volví la mirada hacia las ventanas.

La lluvia comenzaba a caer otra vez.

—Tambien lo pense

Bianca permaneció en silencio unos segundos.

Luego volvió a sonreír.

Y esa sonrisa me hizo sospechar inmediatamente.

—¿Qué?

—Nada.

—Bianca...

—Solo estaba pensando...

—Eso nunca termina bien.




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