La noche se había derramado sobre Puerto Madryn como una tinta fría.
Las luces de los edificios se reflejaban en los charcos del pavimento, y el aire olía a mar y soledad. Caminaba rápido, sin saber exactamente hacia dónde iba, siguiendo una intuición, una sombra familiar: mis padres estaban allí, esperándome en una pequeña capilla cerca del centro.
La encontré después de dar varias vueltas. Era un edificio antiguo, con vitrales que devolvían reflejos temblorosos al suelo. Al entrar, el murmullo de las plegarias me envolvió como una manta tibia. Mis padres estaban sentados en el fondo, tomados de la mano. Se veían tan frágiles que me dolió mirarlos.
Nos hablamos poco. Lo suficiente para saber que estaban bien. Les prometí volver enseguida con algo de comida y salí al aire helado, con el corazón latiendo entre el miedo y la calma.
Las calles de la ciudad eran demasiado grandes para mí. Caminé un par de cuadras, esquivando grupos de jóvenes que bebían y reían en las veredas. Sus risas flotaban en el aire como ecos de otra realidad. Compré un par de empanadas y una botella de agua, y volví sobre mis pasos, intentando recordar exactamente el camino.
Cuando empujé la puerta de la capilla, algo cambió.
Adentro ya no estaban mis padres. Ni siquiera las mismas personas. Ahora había un grupo de ancianos hablando de pérdidas, de hijos que ya no visitaban, de tiempos que no volverían. Una mujer me sonrió, amable, pero su mirada me atravesó con un dejo de tristeza.
-¿Mis padres? -pregunté en voz baja-. Estaban acá hace un momento.
La mujer negó con la cabeza. Nadie los había visto.
Salí otra vez, con la bolsa en la mano y el estómago apretado. Caminé en círculos, mirando en cada esquina, en cada banco de plaza, convencida de que no podían haberse ido muy lejos. Pero la ciudad parecía haberse tragado sus pasos.
Seguí caminando hasta que el olor del mar me encontró.
La costa estaba iluminada por faroles débiles. Había grupos de jóvenes sentados sobre la arena, con parlantes, risas y botellas. Sus voces se mezclaban con el rumor del agua. Quise preguntarles si habían visto a dos personas mayores, pero algo me detuvo. Esa risa despreocupada me resultó ajena, casi fantasmal.
Entonces la vi.
Una mujer gendarme, alta, de piel morena y cabello recogido en un rodete firme. El uniforme verde grisáceo se fundía con el paisaje. Su presencia imponía calma. Me acerqué con un temblor en la voz y le conté lo que había pasado.
Ella me escuchó sin interrumpirme. Asintió con serenidad y me invitó a acompañarla.
Caminamos hasta un camión de gendarmería estacionado cerca de la orilla. Dos hombres esperaban allí, con expresiones imperturbables. Uno me ofreció la mano para subir, pero fallé dos veces antes de lograrlo con su ayuda. Sentí el calor de sus dedos, la vergüenza ardiéndome en las mejillas, y una extraña sensación de que el aire se espesaba.
Cuando el camión arrancó, el mar se alejó detrás de nosotros. Miré por la ventanilla: las luces de la ciudad se difuminaban como luciérnagas en un sueño. El gendarme a mi lado sostenía un arma contra el pecho.
"Solo están cumpliendo su trabajo", me dije.
Pero no podía dejar de pensar en esas películas donde los uniformes esconden secretos.
-Los vamos a encontrar -dijo la mujer, sin girar la cabeza.
Su voz era dulce... pero tenía un eco imposible, como si viniera desde muy lejos, desde debajo del agua.
Me quedé en silencio, abrazando la bolsa de comida ya fría. Afuera, las luces iban apagándose una a una. No recuerdo en qué momento el camión se detuvo, ni si llegamos a destino.
Solo sé que el sonido del mar volvió a rodearme, constante, profundo, infinito.
Dicen que en la costa de Madryn, a veces, se escucha el murmullo de los que buscan.
Yo no sé si fueron las olas, o las voces de mis padres llamándome desde la oscuridad.