Diario de los Sueños Velados

La Ruta de Barro

Eran altas horas de la noche cuando me di cuenta de que había olvidado mi auto.
No sabría decir en qué momento exacto había empezado a caminar, ni por qué lo hacía. Solo recuerdo el sonido de mis pasos hundiéndose en el barro, el aire húmedo y frío del otoño y la sensación de que algo en mí se movía por costumbre, no por decisión.

La ciudad había quedado atrás, dormida y distante.
Delante, el campo se abría como una boca oscura, lleno de árboles altos que se mecían apenas con el viento. La luna, descolorida y baja, parecía seguirme entre las ramas. No había luces, ni autos, ni voces. Solo el crujido del barro bajo mis zapatillas y el murmullo apagado de mi respiración.

Fue entonces cuando el recuerdo golpeó: el auto.
Viejo, oxidado, con el asiento del conductor hundido y la radio que nunca funcionaba bien.
Y la mochila.

Me detuve.
El aire se volvió denso, como si el mundo se hubiera detenido conmigo.
Respiré hondo, intentando ordenar las ideas. Me di vuelta y empecé a caminar de regreso hacia la universidad.
...

Cuando crucé las rejas del edificio, la luz de los pasillos seguía encendida. Algunos estudiantes conversaban en las escaleras, con las mochilas medio abiertas, tomando café de máquina para no dormirse.
Saludé a la vicedirectora sin pensar; su mirada rápida y cansada fue mi única respuesta.

En mesa de entrada estaba Vero, la secretaria, escribiendo algo en una hoja.
-Te olvidaste esto -dijo apenas me vio, levantando la mochila con una sonrisa amable.
Su voz era suave, casi un suspiro.
-Gracias -le respondí, aunque no recordaba haberla dejado ahí.
-La encontré en el aula del fondo. Seguro saliste apurada.
Asentí. Quizás tenía razón. Últimamente me pasaba eso: irme sin registrar lo que hacía.
Le agradecí otra vez y me despedí.

El aire afuera estaba más frío.
El camino de tierra hasta el estacionamiento era una mezcla de charcos y hojas secas. Cuando llegué, el auto seguía donde lo había dejado, cubierto de barro hasta las ruedas.

Intenté encenderlo. El motor rugió, pero no se movió.
Aceleré, retrocedí, volví a intentarlo. Nada. Solo el chirrido del barro tragándoselo más.
Apagué el motor y apoyé la frente en el volante. El silencio me envolvió.

Al final, me colgué la mochila y empecé a caminar.
No había otra opción.
...

La ruta de tierra se extendía frente a mí, torcida, como una cicatriz.
El barro se pegaba a mis zapatillas, pesándome los pies. Las nubes se movían lentas, y de vez en cuando la luna se filtraba entre ellas, bañando todo con una luz azulada que hacía que los árboles parecieran personas inmóviles, quietas, observando.

Había algo raro en el aire.
Una calma forzada, como si el campo contuviera la respiración.
Cada paso que daba resonaba demasiado fuerte.
Y, por momentos, tenía la sensación de que no era el único.

Giré varias veces. Nada.
Pero esa sensación persistía: la certeza invisible de que alguien caminaba detrás, copiando mi ritmo.

Fue entonces cuando vi las luces.
Un reflejo blanco a lo lejos, acercándose lento.
Un auto.

Me aparté al costado del camino, el corazón apretado.
El vehículo se fue definiendo entre los charcos: blanco, sin techo, con las luces delanteras parpadeando.
Cuando estuvo más cerca, lo vi.
El conductor era un hombre mayor, de rostro delgado, arrugado, con la piel tensa y los ojos hundidos.
No lo conocía, pero algo en él me resultó familiar.
Una incomodidad vieja, como si lo hubiera visto en algún sueño o en algún recuerdo que prefería no tener.

Pasó de largo sin mirarme.
Aun así, no pude moverme.
Sentí su presencia incluso cuando ya no estaba, como si hubiera dejado algo suspendido en el aire.

Seguí caminando más rápido, hasta que por fin mi celular marcó una línea de señal.
Marqué el número de mi hermano.
Contestó enseguida.
-¿Qué pasa? -preguntó, medio dormido.
-El auto... se quedó en el barro. No puedo sacarlo -dije. La voz me temblaba más de lo que esperaba-. Estoy en el camino viejo, cerca del cruce.
-Ya voy -respondió sin dudar-. No te muevas de ahí.

Asentí, aunque sabía que no podía verme.
El viento volvió a soplar, levantando el olor a tierra mojada.
Colgué y guardé el teléfono en el bolsillo, mirando alrededor.

Entonces lo sentí.
Una presión leve en el hombro.
Como si alguien, justo detrás de mí, me hubiera tocado.

Me giré bruscamente.
El campo estaba vacío.
No había autos, ni luces, ni figuras.
Solo el sonido distante de las hojas moviéndose y el croar de un sapo en algún charco.

El corazón me golpeaba el pecho con fuerza.
Retrocedí un paso, con la respiración entrecortada.
Quizás el hombre había vuelto.
O tal vez... nunca se había ido.

La luna se escondió detrás de una nube.
Y la oscuridad, por un momento, pareció tragarlo todo.
...

Esa noche no recordé cómo llegué a casa.
Solo el sonido del barro bajo mis pies, la voz de mi hermano llamándome desde el auto, y la sensación -inexplicable, persistente- de que alguien seguía observándome desde el camino.



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En el texto hay: misterio, suenos, psicologico emociones

Editado: 04.02.2026

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