Diario De Un Ingeniero MecÁnico En Otro Mundo

MANO DE OBRA

El olor a sopa era… cuestionable.
Frederic observó el plato frente a él con cierta sospecha.
Era un pequeño puesto de comida improvisado en una esquina de la calle.
Una mesa de madera torcida.
Dos bancos.
Y un caldero negro que llevaba demasiado tiempo al fuego.
Aria estaba sentada frente a él, comiendo en silencio.
Frederic levantó la cuchara.
Miró el líquido grisáceo.
— Esto… ¿es comida?
Aria lo miró.
— Sí.
— ¿Estás segura?
— Bastante.
Frederic probó un poco.

Su expresión quedó congelada.
— …
— Esto debería ser ilegal.
Aria siguió comiendo sin reaccionar.
— Es lo normal aquí.
Frederic apoyó la cuchara.
Miró la calle.
Personas caminando lentamente.
Niños con ropa desgastada.
Hombres con caras cansadas.
— Pobreza extrema…
Murmuró.
Aria lo miró.
— Lo dijo ayer.
— Sí.
Frederic apoyó los codos en la mesa.
— Pero verlo es diferente.
Su mente trabajaba rápido.
Sin agricultura.
Sin comercio.
Sin industria.
Miró las calles otra vez.
Entonces la primera cosa que necesito…
Sus ojos se movieron lentamente por la gente.
…es mano de obra.
Se levantó de la mesa.
Aria lo miró.
— ¿A dónde va?
— A trabajar.
Aria frunció el ceño.
— Usted no trabaja.
— Ese era el antiguo Kael.
Respondió Frederic.
— Yo estoy aburrido.
Intento número uno
Frederic se acercó a un grupo de hombres cerca de un barril.
Parecían trabajadores.
Ropa gastada.
Manos callosas.
— Disculpen.
Los hombres lo miraron.
Uno de ellos lo reconoció.
Sus ojos se abrieron.
— Es el príncipe…
Otro murmuró.
— El degenerado.
Frederic escuchó claramente.
Genial.
— Estoy buscando trabajadores.
Dijo con calma.
Los hombres se miraron entre ellos.
— ¿Trabajadores para qué?
— Construcción.
— Reparaciones.
— Cosas básicas.
Silencio.
Uno de los hombres escupió al suelo.
— No trabajamos para usted.
Frederic parpadeó.
— ¿Por qué?
El hombre lo miró con desprecio.
— Porque todos sabemos cómo paga.
Los demás rieron.
— Con insultos.
— O con golpes.
Frederic se quedó en silencio.
Ah.
Ese Kael realmente arruinó todo.
— Yo pagaré bien.
Dijo.
— Y—
— No.
El hombre lo interrumpió.
— No trabajamos para usted.
Los demás se levantaron y se fueron.
Frederic los vio alejarse.
— …
— Eso fue rápido.
Aria estaba detrás de él.
— ¿Sorprendido?
— Un poco.
Intento número dos
Frederic intentó otra vez.
Un carpintero.
Un herrero.
Un grupo de cargadores.
La respuesta fue siempre la misma.
— No.
— No confiamos en usted.
— Busque a otro.
En un caso…
Un hombre simplemente se rió en su cara.
— ¿El príncipe quiere trabajadores?
El hombre rió más fuerte.
— ¿Para qué?
— ¿Para divertirse humillándolos?
Los demás también rieron.
Frederic suspiró.
Bien.
La reputación de Kael es incluso peor de lo que imaginaba.
Aria observaba todo en silencio.
Finalmente habló.
— Se lo dije.
Frederic la miró.
— ¿Qué cosa?
— Nadie en esta ciudad lo respeta.
Frederic cruzó los brazos.
— No es respeto lo que necesito.
— ¿Entonces?
— Necesito trabajadores.
Aria levantó una ceja.
— Buena suerte con eso.
Frederic suspiró.
— Lo estoy notando.
Frederic caminó lentamente por la calle.
Pensando.
Problema uno.
La gente odia a Kael.
Problema dos.
No confían en él.
Problema tres.
No hay incentivos suficientes.
Miró la ciudad otra vez.
— Necesito mano de obra inmediata.
Murmuró.
Aria lo escuchó.
— ¿Para qué?
Frederic señaló las casas.
— Reparaciones.
— Calles.
— Almacenes.
— Infraestructura básica.
Aria lo miró con incredulidad.
— ¿Quiere arreglar todo esto?
— Eventualmente.
— Eso requiere cientos de trabajadores.
— Lo sé.
Aria cruzó los brazos.
— Y nadie trabajará para usted.
Frederic suspiró.
— Sí.
Miró la calle.
Luego murmuró:
— Entonces necesito otra solución.
Aria lo observó.
— ¿Cuál?
Frederic tardó unos segundos en responder.
Luego habló con calma.
— El mercado.
Aria frunció el ceño.
— ¿Qué mercado?
Frederic la miró.
— El de esclavos.
Aria se quedó en silencio.
— Su alteza…
— Sí.
— Eso es exactamente lo que parece.
Frederic comenzó a caminar.
Aria lo siguió.
— Pensé que quería mejorar el territorio.
— Lo quiero.
— Comprar esclavos no mejora nada.
Frederic la miró de reojo.
— Depende de cómo se usen.
Aria no respondió.
Frederic siguió caminando.
Su mente ya estaba trabajando.
Si nadie quiere trabajar…
Entonces necesito personas que no tengan otra opción.
Miró la ciudad otra vez.
Es cruel.
Pero este mundo ya es cruel.
Finalmente murmuró:
— Primero necesito trabajadores.
Sus ojos se dirigieron hacia un edificio grande al final de la calle.
Un lugar lleno de carretas.
Guardias.
Y jaulas.
— Después…
Su expresión se volvió más seria.
— Ya veremos cómo cambiar las reglas de este juego.
Aria lo miró en silencio.
Sin saber aún…
Que ese simple paso al mercado de esclavos sería el comienzo de algo mucho más grande.




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