Diario De Un Ingeniero MecÁnico En Otro Mundo

UNA COMPRA ARRIESGADA

El comerciante levantó tres dedos con una sonrisa confiada.
— Setecientas ochenta monedas de oro.
Frederic lo miró en silencio.
Luego miró la jaula.
La elfa estaba sentada contra la pared de hierro, con las manos encadenadas. Su cabello plateado caía sobre sus hombros como si la suciedad del lugar no pudiera tocarla.
Incluso en una jaula…
Parecía una reina.
Sus ojos verdes se abrieron lentamente.
Se posaron en Frederic.
Fríos.
Vacíos.
Luego habló.
— Humano.
Su voz era suave.
Pero el desprecio en ella era claro.
— Deja de mirarme.
Frederic levantó una ceja.
— Curiosa forma de hablar con alguien que podría comprarte.
La elfa no cambió de expresión.
— Compra un perro.
— No a mí.
El comerciante soltó una risa incómoda.
— Tiene carácter.
Frederic suspiró.
— Ya lo noté.
Volvió a mirar la jaula.
Una princesa élfica.
Esto es un desastre político esperando a explotar.
Pero su mente seguía calculando.
— Tengo seiscientas setenta monedas.
Dijo finalmente.
El comerciante negó con la cabeza.
— No alcanza.
La elfa habló sin apartar la mirada de Frederic.
— Ni siquiera tienes dinero.
Frederic la miró.
Ella continuó.
— Qué patético.
Frederic suspiró.
— Estoy empezando a pensar lo mismo.
El comerciante se encogió de hombros.
— Vuelva cuando tenga más oro.
Frederic se quedó mirando la jaula unos segundos más.
La elfa habló otra vez.
— No vuelvas.
Frederic levantó una ceja.
— ¿Por qué?
Los ojos verdes lo atravesaron.
— Porque si salgo de aquí…
Su voz fue tranquila.
Demasiado tranquila.
— Serás el primero en morir.
El comerciante tragó saliva.
Frederic suspiró.
— Encantadora personalidad.
Se dio media vuelta.
Antes de salir…
La elfa dijo una última cosa.
— Humano.
Frederic se detuvo.
— ¿Sí?
Ella lo miró como si fuera polvo en el suelo.
— Ni siquiera eres digno de odiar.
Frederic se quedó quieto unos segundos.
Luego suspiró.
— Esa sí fue personal.
Y salió de la habitación.
Aria estaba esperando afuera.
Sus brazos cruzados.
Su expresión tensa.
— ¿Qué estaba vendiendo?
Frederic respondió tranquilamente.
— Algo caro.
Aria frunció el ceño.
— ¿Qué tan caro?
Frederic comenzó a caminar.
— Demasiado.
Aria lo siguió.
— Su alteza.
— Sí.
— Eso no responde mi pregunta.
Frederic habló sin detenerse.
— Una elfa.
Aria suspiró.
— Lo imaginé.
Luego preguntó:
— ¿La comprará?
Frederic respondió sin mirarla.
— Tal vez.
Aria lo miró fijamente.
— No tenemos dinero.
Frederic asintió.
— Lo sé.
Aria frunció el ceño.
— Entonces deje de pensar en estupideces.
Frederic no respondió.
Pero en su cabeza…
Las piezas seguían moviéndose.
670 monedas.
Necesito 110 más.
De repente murmuró:
— El palacio.
Aria lo escuchó.
— ¿Qué?
Frederic siguió pensando en voz alta.
— Candelabros.
— Estatuas.
— Alfombras.
— Decoraciones inútiles.
Aria se detuvo.
Sus ojos se abrieron.
— …
— No.
Frederic sonrió.
— Sí.
Esa misma tarde.
Frederic regresó al palacio de Eryndor.
Un edificio grande.
Pero descuidado.
Los sirvientes lo miraban con nerviosismo.
Frederic caminó directo al gran salón.
Miró alrededor.
Una enorme alfombra roja.
Estatuas de mármol.
Candelabros dorados.
Frederic señaló uno.
— Ese.
Un sirviente se acercó nervioso.
— ¿S-su alteza?
— Sáquenlo.
— Vamos a venderlo.
El sirviente se congeló.
— ¿Venderlo?
Frederic señaló otra cosa.
— Esa estatua también.
— Y esa mesa.
— Y esa alfombra.
Los sirvientes comenzaron a mirarse entre ellos.
Confundidos.
Mientras tanto…
Aria estaba recorriendo el palacio buscándolo.
— ¿Dónde demonios se metió…?
Un sirviente pasó corriendo cargando un candelabro.
Aria lo detuvo.
— ¿Qué estás haciendo?
El sirviente respondió nervioso.
— ¡El príncipe ordenó vender todo!
Aria parpadeó.
— …
— ¿Qué?
Corrió hacia el gran salón.
Cuando llegó…
Se quedó congelada.
Dos sirvientes estaban bajando una enorme estatua.
Frederic observaba la escena con calma.
— Con cuidado.
— Eso vale bastante.
Aria gritó.
— ¡¿QUÉ ESTÁ HACIENDO?!
Frederic la miró tranquilamente.
— Mejorando la economía local.
Aria caminó hacia él furiosa.
— ¡Está vendiendo el palacio!
Frederic levantó un dedo.
— Técnicamente solo las cosas inútiles.
Aria señaló el candelabro.
— ¡ESO NO ES INÚTIL!
Frederic lo miró.
— Es un candelabro gigante de oro.
— Literalmente es dinero que no estamos usando.
Aria se llevó la mano a la cara.
— Dioses…
Frederic sonrió.
— Solo necesito un poco más.
Aria lo miró.
— ¿Para qué?
Frederic respondió tranquilamente.
— Para comprar una princesa.
Aria se quedó en silencio.
— …
— …
— ¿Perdón?
Frederic miró hacia la puerta del palacio.
— Mañana volveré al mercado.
Y si todo salía bien…
Eryndor tendría una nueva habitante.
Una princesa élfica.
Que lo odiaba profundamente.
Frederic suspiró.
— Esto definitivamente terminará mal.
Aria murmuró:
— Esto ya está mal.




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