El gran salón del palacio parecía… vacío.
Demasiado vacío.
Donde antes había estatuas ahora solo quedaban pedestales desnudos.
Las paredes ya no tenían tapices.
Incluso la gran alfombra roja había desaparecido.
Aria estaba de pie en medio de la sala con una expresión que mezclaba frustración y cansancio.
— No puedo creerlo…
Kael caminaba tranquilamente revisando una pequeña bolsa de cuero.
El sonido de monedas chocando entre sí resonó.
— Seiscientas setenta…
Sacó otra pequeña bolsa.
— Más ciento quince.
Sonrió satisfecho.
— Perfecto.
Aria lo miró como si quisiera atravesarlo con la espada.
— ¡Esto no es perfecto!
Kael levantó la mirada.
— ¿No?
— ¡Vendió medio palacio!
Kael se encogió de hombros.
— Cosas inútiles.
Aria apretó los dientes.
— ¡Eran bienes reales!
— Ahora son dinero real.
Respondió Kael con tranquilidad.
Aria caminó hacia él.
— ¡Escuche por una vez!
Kael la miró con curiosidad.
— Estoy escuchando.
— ¡No compre a esa elfa!
Silencio.
Kael inclinó ligeramente la cabeza.
— ¿Por qué?
Aria lo miró incrédula.
— ¿En serio pregunta eso?
— Es una elfa.
— Y no una cualquiera.
— Si pertenece al Gran Árbol Sabio…
Su voz se volvió más seria.
— Esto puede provocar un conflicto diplomático.
Kael respondió con calma.
— O evitar uno.
Aria frunció el ceño.
— ¿Cómo?
Kael guardó las monedas.
— Aún no lo sé.
Aria lo miró fijamente.
— Eso no es tranquilizador.
Kael sonrió.
— A mí me tranquiliza.
Aria suspiró profundamente.
— Esto es una locura…
Kael comenzó a caminar hacia la salida.
— Sí.
Aria lo siguió.
— ¡Entonces deje de hacerlo!
Kael respondió sin detenerse.
— No.
El mercado de esclavos estaba igual que el día anterior.
Ruidoso.
Caótico.
Cruel.
El comerciante estaba revisando unas jaulas cuando vio a Kael acercarse.
Sonrió inmediatamente.
— Su alteza.
Miró las bolsas de monedas.
— Veo que volvió.
Kael dejó las bolsas sobre la mesa.
El sonido del oro fue claro.
— Setecientas ochenta.
El comerciante abrió los ojos con sorpresa.
— Vaya…
— No esperaba que regresara tan rápido.
Kael cruzó los brazos.
— ¿Sigue disponible?
El comerciante rió.
— Nadie más en esta ciudad puede pagarla.
Se acercó a la jaula cubierta.
Quitó la tela.
La princesa elfa estaba exactamente igual que antes.
Sentada.
Silenciosa.
Sus ojos verdes se levantaron lentamente.
Primero miraron al comerciante.
Luego a Kael.
No había sorpresa en su rostro.
Solo desprecio.
— Regresaste.
Su voz fue fría.
Kael respondió con calma.
— Tenía curiosidad.
Ella lo observó unos segundos.
Luego habló.
— Los humanos son criaturas curiosas.
— Compran cosas que no entienden.
Kael levantó una ceja.
— Eso es bastante específico.
La elfa apoyó la espalda contra la jaula.
— No me comprarás.
Kael señaló las monedas.
— Técnicamente ya lo hice.
El comerciante rió.
— Negocio cerrado.
La elfa lo miró con desprecio.
— No firmaré nada.
El comerciante sonrió.
— No te pregunté.
El comerciante sacó un pequeño objeto de metal.
Era una placa circular.
Grabada con símbolos antiguos.
Kael frunció el ceño.
— ¿Qué es eso?
El comerciante sonrió orgulloso.
— Una runa.
Aria observó con atención.
— Runa antigua…
El comerciante asintió.
— La única forma que los humanos tienen de usar magia.
Kael levantó una ceja.
— ¿Magia?
El comerciante levantó la placa.
Los símbolos brillaron débilmente.
— La magia natural se perdió hace siglos.
— Pero algunas runas antiguas aún funcionan.
Señaló la placa.
— Esta es una runa de contrato.
Aria frunció el ceño.
— La runa esclavista.
El comerciante asintió.
— Exactamente.
Miró a Kael.
— Funciona con sangre.
— El esclavo y el dueño sellan el contrato.
— Después de eso…
Golpeó la placa suavemente.
— El esclavo no puede alejarse más de un kilómetro de su dueño.
— Si lo hace por más de treinta segundos…
Sonrió.
— Recibe una descarga bastante dolorosa.
Kael levantó una ceja.
— Interesante.
La elfa habló inmediatamente.
— No.
Todos la miraron.
Ella lo miró directamente a Kael.
— No firmaré.
Kael se encogió de hombros.
— No esperaba que quisieras.
El comerciante abrió la jaula.
Dos guardias sacaron a la elfa.
Ella intentó resistirse.
Pero las cadenas la limitaban.
— Suéltenme.
Su voz seguía siendo fría.
Pero sus ojos ahora mostraban furia.
— Humanos miserables.
El comerciante tomó un pequeño cuchillo.
— Mano.
La elfa no se movió.
El comerciante suspiró.
Los guardias agarraron su brazo.
Ella luchó.
— No.
— No tocarán mi sangre.
El comerciante hizo un pequeño corte en su dedo.
Una gota de sangre cayó sobre la runa.
Los símbolos comenzaron a brillar.
La elfa apretó los dientes.
— Malditos…
El comerciante miró a Kael.
— Su turno.
Kael se hizo un pequeño corte.
Dejó caer su sangre sobre la runa.
Los símbolos brillaron con más fuerza.
Durante un segundo…
El aire pareció vibrar.
Luego la luz desapareció.
El comerciante sonrió.
— Listo.
La runa se apagó.
La elfa respiraba con fuerza.
Miró a Kael.
Su odio ahora era aún más profundo.
— Humano…
Su voz era más baja.
Más peligrosa.
— Te arrepentirás de esto.
Kael la miró tranquilamente.
— Probablemente.
Luego suspiró.
— Pero ahora eres mi problema.
La elfa escupió al suelo cerca de sus pies.
— Nunca seré tuya.
Kael se encogió de hombros.
— No te preocupes.
Se dio la vuelta.
— Tampoco era mi plan.
Aria miraba la escena en silencio.
Sabía una cosa con certeza.
Su príncipe…
Acababa de comprar algo que podía provocar una guerra.
Y lo peor…
Parecía completamente tranquilo al respecto.
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isekai, isekai o reencarnación en otro mundo, romance y comedia
Editado: 02.04.2026