Diario De Un Ingeniero MecÁnico En Otro Mundo

NARANJAS Y LIMONES

El trato ya estaba hecho.
Todo el mercado de esclavos lo sabía.
Un príncipe había apostado su palacio contra una cura que nadie entendía.
Algunos pensaban que Kael estaba loco.
Otros estaban convencidos de que estaba desesperado.
Pero durante los siguientes siete días…
El mercado entero observó.
El primer día.
Kael llegó temprano al mercado.
Traía algo que nadie esperaba.
Cajas.
Dentro había frutas.
Limones.
Algunas naranjas.
Y verduras frescas que había conseguido comprar a comerciantes viajeros.
El esclavista lo miraba con los brazos cruzados.
— ¿Esto es tu cura?
Kael simplemente respondió:
— Sí.
Aria estaba detrás de él, todavía enfadada.
— Apostamos un palacio por… fruta.
Elyndra observaba en silencio.
Su expresión no mostraba interés.
Pero sus ojos sí.
Kael ordenó que exprimieran los limones en agua y que los esclavos enfermos bebieran la mezcla.
Algunos ni siquiera podían levantarse.
Tuvieron que ayudarlos.
El esclavista miraba con desconfianza.
— Si esto es una broma…
Kael respondió con calma.
— Espera.
El segundo día.
Nada había cambiado.
Los esclavos seguían débiles.
El comerciante estaba de mal humor.
— Te lo dije.
— Esto no hará nada.
Aria miró a Kael.
— ¿Está seguro de esto?
Kael respondió tranquilo.
— Sí.
Elyndra habló desde una esquina.
— Qué escena tan trágica.
— Un príncipe defendiendo cítricos como si fueran tesoros.
Kael ignoró el comentario.
— Solo esperen.
El tercer día.
Uno de los esclavos logró ponerse de pie.
No por mucho tiempo.
Pero lo hizo.
Un trabajador del mercado lo notó.
— Oye…
— Ese no podía caminar ayer.
El comerciante no dijo nada.
Pero empezó a observar más de cerca.
El cuarto día.
Las encías de algunos esclavos dejaron de sangrar.
No completamente.
Pero ya no era constante.
El esclavista miró a Kael con más atención.
— ¿Qué demonios tienen esas frutas?
Kael respondió con calma.
— Lo que sus cuerpos necesitan.
Aria empezó a relajarse un poco.
— Tal vez… tal vez funcione.
Elyndra observaba todo en silencio.
Pero ya no parecía tan aburrida.
El quinto día.
Los esclavos empezaron a recuperar fuerza.
Algunos podían caminar.
Otros ya podían trabajar pequeñas tareas.
El mercado empezó a murmurar.
— ¿Realmente funciona?
— ¿Cómo puede ser?
El esclavista apretó los dientes.
— Esto es imposible.
Kael sonrió.
— No.
— Es biología.
Aria suspiró.
— Me preocupa que esa palabra tampoco signifique nada aquí.
El sexto día.
La mayoría de los esclavos enfermos ya podían levantarse.
Las manchas en la piel comenzaban a desaparecer.
Las encías sangraban mucho menos.
Los trabajadores del mercado estaban sorprendidos.
— Pensé que morirían.
— Yo también.
El esclavista estaba completamente serio ahora.
Miraba a Kael como si intentara entenderlo.
Elyndra finalmente habló.
— Curioso.
Kael la miró.
— ¿Qué cosa?
Ella respondió con voz tranquila.
— No esperaba ver medicina funcional en este lugar.
Aria levantó una ceja.
— ¿Eso fue… un cumplido?
Elyndra no respondió.
Finalmente el día siete.
Los esclavos enfermos caminaban.
No todos estaban completamente recuperados.
Pero ninguno estaba muriendo.
El mercado entero lo había visto.
El esclavista se acercó a Kael lentamente.
Su expresión era amarga.
— Siete días.
Miró a los esclavos.
— Y ninguno murió.
Kael cruzó los brazos.
— Te dije que funcionaría.
El comerciante apretó los dientes.
— Maldito príncipe…
Aria sonrió por primera vez en días.
— Parece que alguien perdió.
El comerciante suspiró.
Luego levantó la mano.
— Muy bien.
Miró a Kael.
— Un trato es un trato.
Señaló el mercado.
— Elige.
— Treinta esclavos.
— Los que quieras.
Aria dejó escapar un suspiro enorme.
— Pensé que perderíamos el palacio…
Elyndra observó a Kael.
Sus ojos verdes lo analizaban.
— Interesante.
Kael levantó una ceja.
— ¿Qué?
La elfa respondió tranquilamente.
— Quizás no eres tan inútil como parecía.
Kael sonrió.
— Gracias.
— Creo.




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