Diario De Un Ingeniero MecÁnico En Otro Mundo

EL INICIO DE ALGO

El mercado de esclavos estaba en silencio.
Treinta esclavos.
Kael podía elegirlos.
Pero él no caminaba como alguien que compra personas.
Caminaba como alguien que estaba diseñando un sistema.
Aria lo observaba con los brazos cruzados.
— Su alteza…
— ¿Realmente está pensando tanto en esto?
Kael respondió sin detenerse.
— Treinta personas pueden cambiar un territorio.
— O pueden desperdiciarse.
Elyndra caminaba detrás de ellos con las cadenas sonando suavemente.
— Qué inspirado.
Kael ignoró el comentario.
Se detuvo frente a una jaula con semihumanos bestia.
Uno de ellos estaba cargando una jaula de hierro él solo.
Kael murmuró:
— Fuerza física alta.
Aria asintió.
— Son buenos para trabajo pesado.
— Construcción.
— Transporte.
Kael pensó unos segundos.
Útiles.
Pero siguió caminando.
Luego se detuvo frente a otra jaula.
Enanos.
Bajos.
Anchos.
Con manos gruesas y llenas de cicatrices.
Uno de ellos estaba limando una pieza de metal con una herramienta improvisada.
Kael lo observó con interés.
— ¿Herrero?
El esclavista respondió.
— Ex herrero.
— También minero.
— Los enanos siempre terminan trabajando con metal.
Kael sonrió ligeramente.
Perfecto.
Aria suspiró.
— Ya veo lo que está pensando.
Kael continuó caminando.
Otra jaula.
Humanos.
Campesinos.
Artesanos.
Trabajadores comunes.
Kael habló finalmente.
— Ya decidí.
El comerciante levantó la cabeza.
— ¿Sí?
Kael respondió con calma.
— Dieciséis enanos.
— Ocho semihumanos bestia.
— Seis humanos.
Aria levantó una ceja.
— Muchos enanos.
Kael asintió.
— Necesito precisión.
El esclavista sonrió.
— Buena elección.
— Los enanos trabajan el metal mejor que cualquiera.
Kael respondió tranquilamente.
— Lo sé.
El recurso de la ciudad
De camino a la mansión, Kael observaba las caravanas.
Carros.
Mercaderes.
Minerales.
Muchos minerales.
Uno en particular se repetía mucho.
Lingotes oscuros.
Aria lo notó.
— ¿Qué mira?
Kael señaló uno de los carros.
— Ese mineral.
Aria miró.
— Hierro.
— Bastante común.
Kael sonrió.
— Exacto.
— Demasiado común.
Elyndra habló con tono aburrido.
— Si tu gran plan es vender hierro…
— Te aviso que el resto del mundo ya descubrió eso.
Kael negó con la cabeza.
— No voy a vender hierro.
— Voy a vender movimiento.
Aria frunció el ceño.
— Eso no significa nada.
Kael recogió una pequeña piedra del suelo.
Luego otra.
Las puso entre sus manos.
— Imagina esto.
Colocó una tabla sobre varias piedras redondas.
Empujó la tabla.
Se deslizó fácilmente.
Aria lo miró.
— ¿…?
Kael explicó.
— Fricción.
— Cuando dos superficies se frotan…
— Se vuelven lentas.
Elyndra observaba con interés ahora.
Kael continuó.
— Pero si colocas bolas entre ellas…
La tabla rodó suavemente.
— Se mueven mucho más fácil.
Aria parpadeó.
— ¿Está diciendo…?
Kael asintió.
— Rodamientos.
— Pequeñas bolas de metal dentro de un aro.
— Permiten que ruedas, ejes y máquinas giren casi sin resistencia.
Elyndra levantó una ceja.
— Eso sí es interesante.
Kael sonrió.
— Carretas más rápidas.
— Molinos más eficientes.
— Máquinas más suaves.
— Barcos con poleas más fáciles de mover.
Aria empezó a entender.
— Nadie fabrica algo así…
Kael negó con la cabeza.
— Porque requiere precisión metálica.
Miró hacia atrás.
Los enanos caminaban detrás.
— Y yo acabo de comprar a los mejores metalúrgicos del continente.
Elyndra lo observó en silencio unos segundos.
Luego habló:
— Así que ese es tu plan.
— No vender fuerza.
— Vender ventaja.
Kael asintió.
— Exactamente.
Miró hacia la ciudad.
Casas rotas.
Calles sucias.
Pobreza.
Pero también…
Caravanas.
Rutas comerciales.
Metal.
— Este lugar está en el centro de cuatro reinos.
— Todo el mundo pasa por aquí.
Aria cruzó los brazos.
— ¿Y piensa venderles estas… bolas de metal?
Kael sonrió.
— No.
— Voy a venderles máquinas mejores.
Elyndra lo miró fijamente.
Por primera vez desde que lo conoció…
Parecía genuinamente intrigada.
— Príncipe Kael…
Hizo una pequeña pausa.
— Tal vez no seas tan inútil como pensé.
Kael se encogió de hombros.
— Gracias.
Aria suspiró.
— Me preocupa que ese sea el mejor cumplido que va a recibir.
Pero Kael ya estaba pensando en lo siguiente.
Un taller.
Luego otro.
Luego una industria.
Porque si funcionaba…
Eryndor no sería conocido como un mercado de esclavos.
Sería conocido como la ciudad donde nacieron las máquinas.




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