Diario De Un Ingeniero MecÁnico En Otro Mundo

PRIMER PEDIDO

El taller de la mansión estaba sumido en un caos organizado.
Humo de carbón y hierro caliente flotaba en el aire, mezclándose con el olor metálico del hierro recién fundido. Martillos golpeaban con ritmo constante, mientras los enanos afinaban cada pequeña bola de metal que formaba los rodillos internos de las ruedas. Los semihumanos transportaban lingotes pesados y vigas de madera, y los humanos anotaban medidas y aseguraban que todo estuviera en orden.
Kael observaba con los brazos cruzados.
— Dos días —dijo con voz firme, casi cortante—. Dos días y tendremos cien piezas listas. Nada más, nada menos.
Aria lo miró, ajustando un tornillo:
— ¿Cien? Con ese número no vas a convencer a nadie de comprar…
— Bastará —respondió Kael, ladeando la cabeza mientras seguía observando el trabajo—. Solo necesitamos que una persona vea la diferencia. Con eso será suficiente.
Elyndra, sentada en un banco detrás de él, cruzó los brazos.
— Interesante. Incluso sin autoridad formal, logras que todos obedezcan y trabajen con precisión.
Aria bufó:
— Sí, pero eso no significa que sea… correcto.
Kael arqueó una ceja, divertido:
— No siempre se trata de lo correcto. A veces se trata de resultados.
Un enano levantó la cabeza del rodillo que estaba ajustando:
— Esto es imposible. Una rueda dentro de otra con bolas de metal que giran sin fricción… vas a romperlo todo.
— ¿Y tú quién eres para decidir que es imposible? —Kael replicó, sin levantar la voz, pero con firmeza.
El enano frunció el ceño:
— Soy quien tiene que hacerlo funcionar… o nos equivocamos y se arruina todo.
— Exacto. Por eso te elegí —dijo Kael—. Confío en ti para que lo hagas bien.
Aria suspiró:
— Lo hace sonar tan simple… —murmuró—. Y yo sé que no lo es.
Mientras tanto, los semihumanos resoplaban, transportando pesadas cajas de metal y madera. Kael no les gritaba, solo les indicaba de manera clara qué mover y cómo organizarlo. Poco a poco, la rutina se establecía y los movimientos eran más fluidos.
Al final del primer día, lograron ensamblar aproximadamente 62 piezas. Kael se acercó a una de ellas, girándola con cuidado:
— Bien. Mañana terminamos el resto.
Al tercer día, el lote completo de 100 piezas fue llevado al centro del comercio de Eryndor.
Los comerciantes los observaron con cautela, algunos murmurando entre sí:
— ¿Qué quiere el príncipe con ruedas de este tipo?
— ¿Por qué un niño real se dedica a esto en lugar de estar en la corte?
Kael colocó una de las ruedas en un carro de prueba. Lo giró con suavidad sobre el terreno irregular del mercado, y la rueda rodó sin esfuerzo. Los murmullos se convirtieron en exclamaciones de sorpresa.
— Esto… esto se mueve demasiado suave —dijo un comerciante—. ¿Quién garantiza que no se romperá en tres días?
— Y tú quién garantiza que tu carro no se rompe cada semana —respondió Kael, sin alzar la voz, pero con firmeza suficiente para que todos callaran.
— Eh… no creo necesitar… —el comerciante dudó, intentando apartarse.
Kael dio un paso al frente y se inclinó ligeramente:
— Prueba el carro. Solo pruébalo. Hoy.
Aria murmuró con los ojos entrecerrados:
— Su alteza… es muy directo…
Kael sonrió levemente:
— Prefiero resultados a palabras bonitas.
El comerciante asintió finalmente y permitió que Kael ajustara las ruedas en su carro.
De vuelta en el taller improvisado, Kael y los trabajadores pasaron horas perfeccionando cada detalle.
Al principio, un rodillo no giraba como debía; otro estaba demasiado suelto.
Los enanos debatían sobre la manera correcta de limar y encajar las bolas metálicas.
Los semihumanos transportaban piezas de repuesto y Aria supervisaba que todo estuviera en orden, corrigiendo medidas y anotando observaciones.
Finalmente, el comerciante subió al carro y dio el primer paseo por el mercado.
La rueda giraba con suavidad, sin tambalearse ni perder velocidad.
— ¡Esto es impresionante! —exclamó—. Ni mis mejores carruajes funcionan así.
Kael cruzó los brazos y se limitó a asentir.
— Me alegra que lo veas.
El mercader, satisfecho, hizo un pedido formal:
— Dentro de tres meses volveré. Quiero 450 piezas de este tipo.
Kael preguntó, serio:
— ¿Y el precio?
El comerciante calculó, considerando la novedad y la calidad:
— 225 monedas de oro, 1250 de plata y 4500 de bronce.
Los esclavos celebraron con aplausos, Aria sonrió ampliamente, y Elyndra, cruzando los brazos, comentó:
— Lo hiciste bien. Lograste resultados.
Kael levantó uno de los rodillos en la mano:
— Esto es solo el comienzo. Eryndor está empezando a cambiar.
Justo cuando la celebración comenzaba, un mensajero llegó galopando a toda velocidad y detuvo su caballo frente a la mansión:
— ¡Su alteza! ¡El rey requiere la presencia inmediata del tercer príncipe Kael en la capital!
Aria y Elyndra intercambiaron miradas:
— La capital… —susurró Aria, preocupada.
— Parece que la diversión apenas comienza —dijo Elyndra con su fría sonrisa.
Kael cruzó los brazos, mirando al mensajero:
— Bien… pero nada detendrá la producción aquí.
Mientras planeaba cómo mantener el taller funcionando en su ausencia, sonrió con satisfacción:
— Que la corte espere… primero, Eryndor será mío.




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