Diario De Un Ingeniero MecÁnico En Otro Mundo

LA CAPITAL

El carruaje avanzaba lentamente hacia la capital. Kael observaba el paisaje: casas más grandes, calles más limpias, soldados patrullando, comerciantes vendiendo sus mercancías. Pero por más que mirara, no podía quitarse de la mente la mirada de Borin y los esclavos en Eryndor, confiados en él.
— Dejé todo bajo control —dijo más para sí mismo que para Aria y Elyndra—. No puede pasar nada sin que lo solucionen.
— Confío en ellos… pero tú deberías vigilar más de cerca —respondió Aria, con cautela.
— No puedo estar en dos lugares a la vez —Kael sonrió levemente—. Además, la capital requiere atención directa.
Elyndra permanecía en silencio, observando el camino, fría y analítica, como siempre.
El carruaje se detuvo frente a las enormes puertas del palacio. Guardias escoltaron a Kael directamente al salón principal. La tensión era evidente; el aire se sentía pesado. El rey estaba de pie detrás de su escritorio, con las manos firmes sobre la madera y el ceño fruncido.
Antes de que Kael pudiera hablar, el rey dio un paso al frente y lo abofeteó, con un golpe seco que resonó en toda la sala. Kael se llevó la mano al rostro, sorprendido, mientras Aria y Elyndra apenas podían contener un sobresalto.
— ¡¿Cómo te atreves, Kael?! —rugió el rey—. Me llegan informes preocupantes: compras de esclavos, uso de propiedades reales, y una de esas esclavas es nada menos que una princesa… ¿es que no piensas en las consecuencias?
Kael respiró hondo, tratando de mantener la calma:
— Padre, puedo explicarlo… cada decisión que tomé tenía un propósito.
El rey lo miró, y por un momento la expresión de ira se mezcló con incredulidad:
— ¿Propósito? —dijo con voz cortante—. Mira tu historial, Kael. Siempre has sido impredecible: acosos, problemas en la corte, comportamientos erráticos… ¿y ahora pretendes que crea que estas compras estratégicas no traerán desastre?
Aria bajó la cabeza, sintiendo la culpa como un peso en el pecho. Sabía que había sido ella quien había enviado los informes al rey, y ahora la situación había escalado hasta un conflicto familiar de alto riesgo.
— No es culpa de Kael —dijo, con voz baja pero firme—. Yo informé al rey.
Kael la miró de reojo, con los ojos celestes brillando, y luego volvió a su padre:
— Sé que mi reputación es… complicada. Pero lo que hice tiene sentido. Todo fue pensado para asegurar que la familia y el reino no sufran en el largo plazo.
El rey golpeó la mesa con fuerza, el sonido resonando:
— ¡Complicada o no! Esto es un escándalo potencial. ¿Cómo explicaremos que un príncipe compra esclavos y vende bienes del palacio sin autorización? ¿Qué dirán los nobles cuando se enteren?
— Padre… la princesa elfa está bajo control, supervisada y protegida. —Kael habló con firmeza, sin ceder un ápice.
— ¡Protegida! —repitió el rey, casi gritando—. ¡Eso no garantiza nada! Con tu historial, Kael, no sé si puedo confiar en ti ni un poco. Cada decisión que tomes será observada… y juzgada.
Elyndra cruzó los brazos, observando la escena con su habitual frialdad:
— Su alteza, tu historial no te protege. Cada acción en la corte será interpretada según lo que hiciste antes. Y Kael lo sabe.
Kael respiró hondo y asintió:
— Lo sé. Tomaré la responsabilidad completa, padre. Pero para avanzar, necesito cierta libertad.
El rey cerró los ojos por un instante, frunciendo los labios, y finalmente suspiró:
— Bien… pero esto no termina aquí. Cada paso que des será evaluado… y no solo por mí.
Mientras lo conducían a su habitación, Kael meditaba sobre la situación:
Borin y los esclavos estaban a cargo del taller; podía confiar en ellos.
Su padre estaba irritado, y su desconfianza hacia él era total, debido a su reputación previa.
La princesa elfa complicaba todo, pero también representaba una oportunidad estratégica.
Aria, aunque bien intencionada, había cambiado la dinámica al informar; eso afectaba la confianza, pero también daba claridad sobre quién vigilaba los movimientos de Kael en la corte.
Kael se recostó en la cama y miró el techo, con expresión serena pero calculadora:
— Esto solo es el comienzo. La capital, la corte, la industria… todo debe avanzar, con o sin confianza.
Elyndra, sentada en la esquina, cruzó los brazos:
— La corte es un tablero de ajedrez. Cada acción se observa. Tres movimientos por delante, Kael.
Kael sonrió apenas:
— Lo sé. Y estoy listo para jugar.




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