Diario del Lirio

Capítulo 1: 26 de mayo de xxxx

Llegué a las seis de la mañana al puerto de Velamonte Suis. Era un lugar abarrotado y apestoso. Creo, y estoy segura de no equivocarme, que es el lugar con más gente que he visto en mi vida.

Por fortuna no tuve que esperar mucho tiempo. Al final de la tabla se encontraba un hombre del rey. Un caballero atractivo, de evidente linaje noble. Por supuesto, me sentí cohibida, avergonzada, de que tal hombre hubiera llegado personalmente por mí, una simple sirvienta.

Luego de un saludo rápido nos dirigimos al castillo. El carruaje era en sumamente elegante, hecho de madera blanca de la más fina calidad. Recordé entonces que el reino de Asfolte, mi nuevo hogar, era conocido por la exportación de la madera blanca, tan resistente como el ladrillo.

Llegamos al poco tiempo. ¿30 minutos, quizás? Estaba tan concentrada en mis pensamientos, revisando una y otra vez los conocimientos que tanto había estudiado sobre el reino y mis deberes, que había olvidado el viaje. El noble caballero no habló ni una sola vez a pesar de estar frente mío. Tan solo al llegar al castillo, cuando el carruaje se detuvo, me dijo: — Bienvenida al reino, señorita. Le espera un arduo trabajo. Número 175, nada menos. Buena suerte.

El caballero me llevó en silencio hasta la corte. Una amplia sala decorada con piedra pulida qué no supe identificar (¿mármol?), madera blanca y alfombras rojas. En aquella sala, en medio de arcos bellísimos y que se cruzaban entre sí mismos, se encontraba el trono hecho de pura plata brillante y reluciente. A sus lados, dos sillas de oro que estaban destinadas a la reina y a la princesa. Estaban también algunos hombres y mujeres de la corte del rey, todos esperando mi llegada con cierto aire pesado. Las paredes estaban decoradas con hermosos vitrales que, según pude adivinar, relataban batallas y personajes famosos del reino.

Me dieron la bienvenida. El rey tenía el don de la palabra. A pesar de su edad (contaban qué tenía ya 70 años) era tan vigoroso y loable como cualquier veinteañero. Y la reina... Qué belleza. Su sola mirada fue suficiente para que yo bajara la mía. No me atrevía a mirarla de frente. La princesa no estaba. Su silla estaba vacía.

Los reyes me explicaron mi trabajo. Sirvienta personal de la princesa. Me dieron algunos detalles, que yo ya conocía. Servirla en todo lo que necesite, desde la hora de la mañana hasta la hora de la noche. En estos casos, la sirvienta también se convertía en una confidente y, aunque el rey no lo dijo directamente, era obvio que esperaba algún tipo de ayuda mía.

El día terminó muy rápido. Como me habían indicado, recorrí todo el castillo no solo en busca de mi nueva ama, sino para conocer todas las ubicaciones necesarias para mi trabajo. En sí, el castillo era gigante. Tenía habitaciones amplias y de todo tipo. Todo estaba siempre decorado de tonos blancos y dorados con pequeños detalles en madera blanca y negra. Y la limpieza era excepcional. También vi a muchos sirvientes, aunque no pude hablar realmente con nadie.

No llegué a ver a la princesa. Ni el rey ni los guardias pudieron darme alguna información que no fueran palabras sueltas y sin información real. Me pareció que ignoraban su ubicación real o, acaso, preferían ocultármela. El rey, me parece, un hombre muy precavido, cuidadoso de todas sus palabras y acciones. Él mismo me mostró algunas habitaciones del castillo. Por supuesto, todo esto me resulta muy extraño. Pero ya es tarde, y el sueño y el cansancio del viaje me obligan a dormir. Mañana debo empezar realmente mi trabajo y estoy expectante de conocer a la princesa.

Como nota adicional: Ahora mismo, mientras escribo esto, hay una especie de alboroto en las puertas del castillo. Tal parece que alguien ha llegado. No pude ver nada por la oscuridad de la noche, pero me pareció vislumbrar un fuego, quizás una lámpara, de color dorado y en su reflejo, un rostro angelical como nunca había visto. Me preguntó quién será...



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En el texto hay: fantasy, epistolar, diary

Editado: 07.07.2026

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