Diario del Lirio

Capítulo 2: 27 de mayo de xxxx

Hoy pude conocer a la princesa. Me levanté temprano, 4:30 de la madrugada. Mi primera tarea era opcional. Debía ir a revisar y supervisar el aseo de los baños y la preparación para el desayuno de la princesa. Por supuesto, no era necesario, pues había ya personas, sirvientes iguales a yo misma, que se encargaban de dichas tareas.

Pero era importante para una sirvienta estar al tanto de todo aquello. Era lo que me habían enseñado. Y aún más considerando que yo era la sirvienta personal de la princesa. Así pues, me desperté, vestí y salí. Ya había varios sirvientes despiertos al igual que yo. Todos hacían sus trabajos con dedicación admirable.

Ahí fue donde conocí a la señora Guita, a la señora Sude y al señor Eclio. Todos sirvientes antiguos del castillo y sumamente experimentados. En pocos minutos me explicaron como se hacían las cosas en los límites reales y, aún más interesante, me advirtieron sobre mi ama.

<<Persona irrespetuosa>> dijo la señora Sude. <<Una niña bella, solo en su apariencia. Nada más es propio de una princesa>>, dijo la señora Guita. <<Aún recuerdo cuando era una niña... No ha cambiado nada. Mucho corazón para una niña tan pequeña. Siempre lo he dicho>>, dijo el señor Eclio. Me informaron que no esperaban a alguien como sirvienta personal de la princesa. Ya habían venido muchos (175, como dijo el caballero), y se iban al cabo de dos semanas o menos. Según me informaron otras personas, las dos señoras y el señor eran los únicos que conocían tan bien a la princesa, desde su nacimiento al parecer. Y eran en verdad a los únicos que la princesa obedecía, no sin dificultad por supuesto. Todos los demás apenas si veían a la princesa, comúnmente desaparecida.

La mañana llegó con rapidez. El sol tiene un extraño brillo en Asfolte, se decía. Llegadas las seis y, con el sol ya iluminando el patio donde me encontraba (otro dicho era: <<Un asfoltés siempre se levanta con el sol o con la luna>>), fui a tocar el dormitorio de la princesa. Me habían enseñado que una sirvienta real, al momento de despertar a su señor, debía ir acompañada de al menos seis sirvientes más, para lo que fuera necesario (vestimenta principalmente), pero nadie fue conmigo. <<Nadie más que usted debe ir. La princesa es ya mucho trabajo>> me dijeron. El señor Eclio me dijo algo antes: — Dulce señora, no crea que nosotros tenemos algún tipo de miedo o flojera hacía la princesa. Nada menos. Todos aquí le tenemos mucho cariño. Es su personalidad, ¿sabe? Aleja a las personas. Si fuéramos con usted, la princesa se alarmaría. Jamás le han gustado las multitudes. Además, es mejor que usted la conozca sola. Así sabrá como manejarla de hoy en adelante. Por supuesto, siempre estamos listos si tiene alguna duda.

El dormitorio de la princesa se encontraba en el edificio <<más nuevo>> del castillo. Construido específicamente para la princesa, estaba en una zona alejada de los demás sectores. Para llegar, uno debía atravesar el patio y algunos jardines. La habitación estaba en el cuarto piso. El interior de aquel edificio estaba destinado principalmente al estudio (según me dijeron), pues ahí estaba la biblioteca real y múltiples zonas destinadas a tal fin. Había una escalera central que conectaba todos los pisos, a excepción del último que usaba una escalera más modesta para conectarse con todo el edificio. Ahí, luego de subir dicha escalera, se mostraba un pasillo largo y amplio. Al final, la habitación de la princesa.

Lo primero que vi al entrar al dormitorio fue puro desorden. Había ropa, libros y numerosas tazas cristalinas esparcidas por donde hubiera una superficie plana para ponerlas. La habitación era grande, lo suficiente para caber una cama grande, dos guardarropas, un escritorio y una peinadora, además de sobrar espacio para algunos muebles de estar, como sillones. Y, sin embargo, solo había un guardarropa mediano, un escritorio y una cama. Nada más. Soledad fue otra palabra que me vino a la mente al momento de ver aquel lugar.

La princesa estaba aún dormida. Envuelta en mantas azules, tan solo se podía saber que una persona estaba ahí por su silueta. Todo su cuerpo estaba cubierto de mantas, libros y pelo... La princesa tenía mucho cabello, de un dorado pálido muy hermoso.

— ¿Señorita? — pregunté. No obtuve respuesta (a menos que consideremos un mugido como una, claro). Me acerqué, y como si notara mi intento, se levantó y sin mostrarme la cara me dijo: — ¿Quién es usted?

La voz de la princesa era dulce y delicada. Contrastaba con su aspecto desaliñado y desordenado.

— Soy su nueva sirvienta, señorita —le respondí inclinando mi cabeza— Me han encomendado su cuidado a partir de ahora. Si me permite, tiene usted un desorden aquí. Una vez que se vista, limpiaré su habitación. Su desayuno ya está listo. ¿Desea tomarlo en su terraza? El sol brilla de una forma especial hoy.

¿En qué momento, mientras hablaba, se dio la vuelta? No tengo una respuesta (yo estaba con la cabeza inclinada hasta que terminé de hablar), tan solo una palabra: belleza absoluta. La princesa tenía ojos dorados, piel blanca y mejillas rosadas. Quede, sin duda, petrificada en aquel momento.

— Vaya... —dijo la princesa mientras me sonreía— Así que usted es mi nueva... ¿Sirvienta? ¿Cuál es su nombre?

En aquel momento me quedé muda. ¿Por cuánto tiempo? Es difícil decirlo. Respondí de manera fría, quizás algo cortante. Sin embargo, contrario a mi apariencia tranquila y serena, dentro de mí se desataba el caos absoluto. Quise hablar más con ella. Contarle mi historia... Al final no dije nada, me mantuve en mi papel. La princesa no quiso desayunar y se volvió a dormir indicándome que me fuera. Dijo algo más, pero yo no pude escucharla. Mis oídos, mis sentidos en general, estaban atontados. Escapé sin pronunciar palabra.

Durante el resto del día, mientras hacía mis tareas domésticas, pensé mucho en qué debería haber dicho. Muchas respuestas surgieron, ninguna me convenció. Ahora, en la intimidad de este diario, puedo admitir lo que no me atreví a decirle. Mi nombre es Aleyasha Vruder. Aleya, me llamaba mi madre antes de que la muerte se la llevara. Nací en Brouska, en el reino de Guiara, en el continente del sol, Nacimia. Veinticinco años, una carrera de Servicio Doméstico en la prestigiosa academia de San Ursus para Sirvientes Reales, cinco casas y dos cortes reales... y nunca, en ninguno de esos lugares, sentí algo parecido a esto. Llegué buscando servir a alguien memorable. Encontré a alguien que me hizo olvidar quién era. Jamás había pensado en el amor... Y, sin embargo, en este día, en el momento en que yo hube visto a mi señora, supe de inmediato que estaba enamorada. Pobre de mí, me digo, pobre de mí y de mi corazón.



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En el texto hay: fantasy, epistolar, diary

Editado: 07.07.2026

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