Ha pasado una semana desde que inicie este trabajo, y estoy a punto de dejarlo. Ahora entiendo la razón de por qué tengo 175 antecesores en mi trabajo.
La princesa es, por decirlo de forma amable, molesta. Pide cosas imposibles, tareas infinitas y todo en tiempos demasiado pequeños. Estoy acostumbrada a trabajos difíciles, pero esto me supera. Ayer, por ejemplo, me pidió encargarme del lavado de la ropa. Por supuesto, no específico que debía lavar toda la ropa de sus hermanos y de ella misma, todo... sin uso de magia (según ella, la magia daña las fibras, cosa imposible). Estuve todo el día lavando. En cierto momento, mientras estaba arrodillada y con las manos enjabonadas, la princesa pasó por detrás de mí. Por breves momentos pude verla. Estaba vestida de blanco, y era bella. Tal fue aquel momento, que el solo ponerlo en palabras hace que me ruborice.
Por las tareas de la princesa no he podido escribir en este diario. Estoy ocupada todos los días y a todas horas. Durante las noches, la princesa me encarga la preparación del desayuno siguiente. Esto no sería un mayor problema salvo una condición, los desayunos de la princesa son realmente gigantes. Cada día debe haber un festín diferente al día anterior. A decir verdad no veo como puede comer todo eso a primeras horas del día. Siempre deja los platos vacíos. No le gusta que nadie la mire mientras desayuna. Y lo mismo sucede con el almuerzo y la cena. Todos los días debo encargarme de su preparación personalmente, pues la princesa odia la comida general, es decir, comida no especializada a su gusto y, por lo tanto, soy yo quien debe supervisar al cocinero para que cumpla los estrictos, y quizás exagerados, requerimientos que la princesa pide. Y, claro está, de su presentación.
Así mismo cada día debo revisar la llegada de sus vestidos. Esto incluye su confeccionamiento y puesta en el armario de tal forma que la princesa lo encuentre listo para su uso en cuanto se despierte. Jamás usa un vestido dos veces. Lo mismo con los zapatos, ropa de interior, sombreros, collares, anillos e incluso, productos de belleza. El peinado debe estar siempre reluciente y ser igualmente diferente. Como pedido adicional, la princesa me ha pedido que sus estilistas sean distintos cada día, para <<asegurar un estilo único>>. En verdad que no entiendo todos estos requerimientos, pues nunca se la ve en público. De hecho, después de darme las tareas del día nunca más la veo hasta llegada la hora de la cena.
También he notado que estoy siendo observada. Sospecho de algunos sirvientes que me han estado siguiendo a donde voy. Según el señor Eclio, quién se ha convertido en un buen amigo y consejero, son órdenes del rey. Al parecer sus majestades piensan que puedo llegar a influir en alguna cosa relacionada a la princesa. ¿Es que no saben que casi no hablo con ella?
Hoy pude escribir. La señorita ha ido a despedir a su padre. Su madre, la reina, salió hace dos días y no hubo despedida. Según entiendo, el rey debe viajar de urgencia al ducado de Laminor por temas bélicos. Quise acompañarla a la despedida, pero fue cortante y me ordenó que me quedara a descansar.
¿Por qué me quedo en este trabajo? La señorita es exagerada y dramática. Tiene inteligencia, sabiduría y es astuta. En verdad me pregunto por qué sigo aquí. Y la verdad es que me niego a aceptarlo, en cierta forma, la razón que me ata. Estoy enamorada, no puedo dejarla. ¿Qué me está pasando? ¿Son acaso así los romances? Ni siquiera siento que me he acercado a la princesa. Sigue siendo una extraña. Es evidente que trata de alejarme, que intenta quebrarme y que renuncie. Pero no lo haré… seguiré a su lado hasta que me acepte. Es una proposición propia de una demente, o de una enamorada.
De todas formas, debo dormir. Mañana... otra vez al infierno comandado por un ángel...