Diario Esmeralda

Diario 1

Tarde de otoño.
Todavía me tiemblan las manos al tomar la pluma. Si cierro los ojos, aún puedo sentir el susto helado que me recorrió el cuerpo cuando esos muchachos del pueblo vecino se cruzaron en mi camino cerca del río. Eran grandes, con miradas pesadas y burlonas que me hicieron sentir pequeña por primera vez en mi vida. A apreté las mantas contra mi pecho y traté de mantener la barbilla en alto, tal como me enseñó mi madre, pero la verdad es que el corazón me latía en la garganta como un pájaro atrapado.
Y entonces llegó él.
Antonio apareció como una sombra protectora, poniéndose justo delante de mí sin dudarlo un solo segundo. Ver la fiereza en sus ojos, la firmeza con la que encaró a esos chicos para defender mi honor, me hizo comprender que el muchacho risueño con el que corro por el campamento está dejando paso a un hombre valiente y de una lealtad inquebrantable. No tuvo miedo, solo le importaba que nadie rozara un solo cabello de mi cabeza.
Cuando nos quedamos solos bajo el viejo roble, el aire entre los dos se sintió diferente, más denso, más profundo. Me miró con una ternura que me encendió las mejillas y volvió a repetir la promesa de cuando éramos más niños. Pero esta vez fue distinto. Esta vez me confió una frase secreta, un juramento dicho en la lengua de los viejos: «Donde la piedra del río se apaga, mi sangre te guarda».
Me grabé esa frase en la memoria como si fuera un amuleto escrito con fuego. Ahora, sola en la penumbra de la carreta, me llevo la mano al cuello y aprieto la pequeña piedra verde que me regaló hace años. Siento que mientras lleve sus palabras conmigo, nada en este mundo podrá hacerme daño verdadero.
Tengo miedo del futuro, de las decisiones de los adultos y de lo que las familias decidan para mí cuando sea más grande... pero si Antonio está cerca, siento que puedo enfrentarlo todo.




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