La luz del amanecer atravesó las rendijas de la tienda con una frialdad plateada. Yo no había pegado el ojo en toda la noche, mis pestañas estaban pesadas por el cansancio y el llanto silencioso que había derramado en la oscuridad, temiendo que mi vida estuviera a punto de tomar un rastro ajeno y amargo. Con las manos adormecidas por el frío, me lavé el rostro con el agua helada de la jofaina y me trencé el cabello con los listones rojos de las ocasiones especiales, cumpliendo con la orden de mi madre.
Afuera, el campamento se despertaba con un bullicio distinto al de otros días. No era el ajetreo habitual del trabajo diario, sino una atmósfera impregnada de solemnidad. Se olía el pan recién horneado y el café especiado hervido en los calderos de cobre.
Mi madre entró en la tienda sin hacer ruido. Su rostro, habitualmente adusto, mostraba una suavidad diferente, una mezcla de orgullo y profunda emoción. Se acercó a mí, me tomó del mentón y me observó detenidamente.
-es hora, Esmeralda
Dijo suavemente.
-tu padre y la familia te esperan en el centro del campamento. Camina con la cabeza alta. Eres una gitana de buena estirpe y hoy honras a tu casa
El corazón me dio un vuelco tan violento que sentí náuseas. Mis piernas pesaban como si estuvieran hechas de plomo mientras que la seguía fuera del carromato. La luz matutina me encandiló por un segundo, pero pronto pude distinguir la escena que se abría ante mí.
Toda la comunidad estaba reunida en un semicírculo alrededor del gran roble. En el centro se encontraban mi padre y el patriarca de la otra familia, ambos vistiendo sus mejores galas, con las manos entrelazadas en el saludo tradicional que cerraba los tratos de honor. A un lado, erguido pero con la respiración agitada, estaba el prometido.
Debido al gentío y a mis propios nervios, al principio no pude verle el rostro con claridad. Mantuve la mirada baja, tal como dictaba el pudor de las costumbres, sintiendo el sudor frío en las palmas de mis manos. Deslicé instintivamente los dedos hacia el amuleto que llevaba oculto bajo la pechera de mi vestido, buscando la fuerza del recuerdo de Antonio para no desmayarme ahí mismo.
-¡Acércate, hija mía!
La voz de mi padre resonó con fuerza y orgullo entre los asistentes.
Avancé paso a paso, sintiendo las miradas de los ancianos y las matronas clavadas en mí. Cuando me detuve a tres pasos de mi padre, él extendió su mano grande y curtida hacia el joven que estaba a su lado.
-la palabra está dada y la sangre se honra
Declaró mi padre hacia la multitud.
-el acuerdo entre nuestros clanes ha quedado sellado como manda la ley de los viejos. Esmeralda, este es el hombre que las familias han elegido para ti, el que cuidará de tu honor, de tu vida y del hogar que levanten juntos
Me armé de valor para levantar la mirada, preparada para enfrentarme al rostro de un extraño, a unos ojos fríos que tendría que aprender a querer por obligación.
Pero cuando alcé los ojos, el mundo entero pareció detenerse en un instante absoluto.
Frente a mí no había ningún desconocido. De pie, portando una faja de seda roja a la cintura y con una expresión en la que se mezclaban la solemnidad del momento y un brillo infantil de pura dicha, estaba Antonio. Mi compañero de juegos, mi protector en el arroyo, el niño que me había prometido que jamás dejaría que nada me diera miedo.
El choque emocional fue tan intenso que se me escapó un pequeño ahogo de la garganta. Mis ojos se abrieron de par en par, incapaces de procesar la inmensidad del alivio que comenzó a inundar cada rincón de mi ser. El miedo atroz que me había carcomido durante las últimas semanas, la angustia de la noche en vela, la desesperación por perder mi libertad... todo se disipó como el humo de la fogata al viento.
Antonio me miró directamente a los ojos. Las reglas gitanas exigían seriedad y compostura ante la comunidad durante el anuncio de un compromiso, pero él no pudo evitar que la comisura de sus labios se curvara apenas en una sonrisa tenue y cómplice que solo yo sabía descifrar.
Entonces, con un movimiento casi imperceptible para los demás, Antonio bajó levemente la mano derecha y rozó con sus dedos el centro de su pecho, justamente sobre el lugar donde él sabía que yo llevaba escondida la piedra verde del río.
-acepto el compromiso
Dijo Antonio con voz firme, clara y varonil, dirigiéndose a mi padre pero sin despegar sus ojos de los míos.
-cuidaré de Esmeralda con mi propia vida, con mi honor y con el respeto que su sangre merece
Un murmullo de aprobación y júbilo corrió entre los presentes. Las mujeres empezaron a entonar las canciones tradicionales, mientras los hombres daban palmas al ritmo de las guitarras que no tardaron en aparecer.
Las familias comenzaron a felicitarse, estrechándose los brazos y compartiendo el vino ceremonial. En medio del bullicio, las matronas se acercaron a mí para abrazarme y felicitarme por el buen pretendiente que el destino y mis padres me habían otorgado. Yo respondía con sonrisas automáticas, todavía aturdida por la ola de felicidad que me embargaba.
Por un breve instante, la multitud se abrió cuando las familias comenzaron a moverse hacia las mesas preparadas para el banquete. Antonio aprovechó esa fracción de segundo para acortar la distancia entre los dos. Quedamos frente a frente, rodeados por el ambiente festivo pero aislados en nuestra propia burbuja.
-estabas asustada
Murmuró él en un soplo tan bajo que solo yo pude escucharlo, mientras inclinaba ligeramente la cabeza hacia mí.
-pensé... pensé que me entregarían a un extraño, Antonio
Admití con la voz entrecortada, sintiendo que los ojos se me llenaban de lágrimas, pero esta vez de pura alegría.
-pensé que te perdería
Antonio me miró con una ternura tan profunda que me estremeció el alma. Aunque no podía tocarme la mano delante de todos hasta que la boda se celebrara oficialmente, su mirada me rodeó con más fuerza que cualquier abrazo.