Diario Esmeralda

Diario 2

Noche de luna llena.
No puedo pegar un solo ojo. El campamento entero ha entrado finalmente en silencio, pero en mi pecho hay una fiesta desbocada que no me deja descansar. Mañana a primera hora las mujeres vendrán por mí; lavarán mi cabello con agua de flores, me vestirán con los encajes dorados de mi abuela y me pondrán la corona de azahares sobre la cabeza. Seré una esposa. Apenas tengo catorce años y mañana mi vida dará el paso más grande y definitivo que nuestra ley conoce.
Si echo la vista atrás, a las semanas pasadas, aún se me hiela la sangre al recordar el terror que me devoraba por dentro. El miedo a lo desconocido es una sombra pesada; me pasaba las noches imaginando a un hombre sin rostro, a un prometido elegido por las familias al que tendría que entregarle mi respeto y mi obediciencia sin conocer el tono de su voz ni la calidez de sus manos. Sentía que mi libertad se apagaba como una brasa en el río.
Pero el destino, o los ancestros que tanto nos guardan, tenían escrito otro camino. Jamás olvidaré el instante en que alce la mirada frente al gran roble y vi a Antonio.
El alivio que sentí fue tan inmenso que casi me dobla las rodillas. Frente a mí no había un extraño, sino mi protector, mi compañero de juegos, el muchacho que se manchaba las manos de tierra para regalarme amuletos de piedra y que me prometió que jamás dejaría que nada me diera miedo. Saber que el hombre al que uniré mi sangre es el mismo que conoce cada uno de mis secretos, de mis risas y de mis temores, transformó todo mi angustia en una gratitud infinita.
Aun así, los nervios me carcomen. Mañana no jugaremos a ser adultos; mañana lo seremos ante los ojos de Dios y de toda nuestra gente. Siento un temblor dulce en las manos al pensar en la ceremonia, en el rito de la alboreá, en el momento en que nuestras manos se unan frente a los ancianos y, sobre todo, en la noche, cuando la puerta de nuestra casa se cierre y quedemos solo los dos en la penumbra.
Apreto entre mis dedos la piedra verde que me regaló de niños. Sé que no será fácil, sé que ser esposa requiere una fortaleza que apenas estoy aprendiendo a cultivar, pero si es a su lado, no tengo miedo. Mañana me casaré con el mejor amigo de mi vida, y le entregaré mi corazón con la misma fe pura con la que corría a su lado por los campos.
Que los ancestros bendigan nuestra unión mañana.




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