Diario Esmeralda

Capítulo 7

Habían transcurrido dos años desde la mañana en que nuestros caminos se unieron frente a la fogata del campamento. Durante ese tiempo, la vida había fluido con una serenidad hermosa, llena del trabajo cotidiano, las canciones al atardecer y el cariño constante que nos profesábamos. Pero la verdadera alegría, la consagración definitiva de nuestra familia, llegó cuando los signos en mi cuerpo se volvieron innegables.
Mi madre fue la primera en notarlo. Tenía esa sabiduría antigua de las matronas que leía los cambios en los ojos de una mujer antes de que ella misma pudiera entenderlos. Un día, mientras lavaba la ropa en la orilla del arroyo, el mareo me hizo soltar las telas y sentarme bruscamente sobre la hierba. Mi madre se acercó, me puso una mano en la frente y, al mirar la palidez de mi rostro y la calidez en mis ojos, sonrió con la tranquilidad de quien conoce los secretos de la vida.

-prepara la buena nueva para tu esposo, Esmeralda

Me dijo suavemente mientras me ayudaba a levantarme.

-un hijo viene en camino. La sangre de la estirpe sigue su curso

El corazón me dio un vuelco cargado de una emoción indescifrable. Durante todo el trayecto de regreso, me llevé la mano al vientre, sintiendo que un milagro silencioso comenzaba a tejerse en mi interior.
Esperé a la noche para contárselo a Antonio. Él había pasado todo el día en el prado domando y limpiando a los caballos para la feria del pueblo vecino, por lo que regresó a la casa fatigado, con la camisa manchada de tierra y la respiración pesada. Se sentó en el escalón de la entrada para quitarse las botas de cuero, suspirando por el cansancio de la jornada.
Me acerqué a él en silencio, portando una pequeña taza de té de romero y menta. Me arrodillé entre sus piernas y le entregué la bebida. Él la tomó y me dedicó esa sonrisa cálida que siempre me derretía, pasándome una mano por el cabello con infinita ternura.

-has trabajado duro hoy, mi gitano

Le dije en un susurro, buscando sus ojos oscuros.

-el trabajo no pesa cuando sé que al final del día regreso a ti

Respondió, apurando el té y dejando la taza a un lado.

-pero te veo distinta esta noche. Tienes un brillo extraño en los ojos, ¿Pasa algo?

En lugar de responder con palabras, tomé su mano grande y curtida, la que tenía las marcas de las riendas y las cuerdas, y la llevé directamente hacia mi vientre. La mantuve allí, presionándola suavemente contra la tela fina de mi vestido.
Antonio se quedó inmóvil. La fatiga de su rostro pareció disiparse al instante, reemplazada por una duda temblorosa. Miró su mano sobre mi vientre y luego alzó la vista hacia mí, buscando desesperadamente una confirmación.

-Esmeralda...

Murmuró, y por primera vez en mucho tiempo, vi que su voz vacilaba.

-¿Es lo que estoy pensando?
-vas a ser padre, Antonio

Le dije con la voz quebrada por las lágrimas de felicidad.

-en unos meses tendremos a nuestro primer hijo en los brazos

Antonio se quedó mudo por unos segundos que se sintieron eternos. Luego, soltó un ahogo de júbilo y, con un cuidado extremo como si fuera hecha de cristal, me rodeó con sus brazos y me levantó ligeramente en el aire. Apoyó su frente contra la mía, y vi cómo unos lagrimones limpios y relucientes brotaban de sus ojos oscuros, rodando por sus mejillas morenas.

-un hijo... un fruto nuestro

Repetía en un murmullo dichoso, besándome las mejillas, los párpados y los labios.

-te juro por los ancestros, por mi honra y por mi vida, que a este niño jamás le faltará el pan, ni el orgullo, ni el amor de su padre

A partir de esa noche, el campamento entero se envolvió en una atmósfera de expectativa y bendición. Las tías y las ancianas me cuidaban con un celo absoluto, no me permitían cargar nada pesado ni permanecer al sol durante las horas de más calor. Antonio, por su parte, trabajaba con el doble de ímpetu, pero al caer la tarde, su único objetivo era estar al lado de mi cama improvisada, hablándole al vientre que crecía día a día.
Le cantaba coplas antiguas, le contaba historias de caballos y viajes, y le prometía que le enseñaría a ser un gitano de respeto y palabra firme. Yo lo observaba en silencio, sintiendo cómo el pequeño se movía dentro de mí ante la respuesta del tono grave de su voz.
Los meses de gestación pasaron entre el aroma a hierbas medicinales, los pañales de tela blanca que las mujeres cosían en grupo y las oraciones por un parto limpio. La noche en que los dolores de parto me sorprendieron, el cielo estaba despejado y cuajado de estrellas brillantes.
Las matronas echaron a Antonio fuera, siguiendo el protocolo estricto de nuestras tradiciones. Afuera, la espera fue una agonía para él, mi madre me contó después que caminaba de un lado a otro como un lobo enjaulado, apretando los puños y pidiendo a los cielos por mi salud y la del bebé, mientras los hombres del campamento intentaban calmarlo ofreciéndole vino.
Dentro de la casa, el dolor era abrasador, una fuerza salvaje que parecía partirme en dos. Pero en medio de cada contracción, aferraba las manos a los cojines y recordaba la mirada de Antonio, la promesa de nuestro amor y la fuerza de todas las mujeres de mi sangre que me habían precedido.
Justo cuando el alba comenzaba a teñir las nubes de un tono dorado y rosáceo, un llanto fuerte, claro y lleno de vitalidad rompió el silencio de la mañana.
Las matronas soltaron un suspiro de alivio y una sonrisa contagiosa invadió la tienda. Limpiaron al recién nacido y me lo colocaron sobre el pecho. Al mirar su pequeño rostro, las lágrimas me nublaron la vista. El llanto se apagó al instante en que sintió el calor de mi piel.
Tenía una cabellera oscura y tupida, la piel morena y una barbilla firme que me resultó dolorosamente familiar. Era la viva imagen de Antonio cuando era un niño, tenía los mismos rasgos, la misma forma de las cejas y esa expresión decidida que yo tanto conocía desde la infancia.
La anciana que asistió el parto salió y anunció con voz potente hacia el campamento:




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