Diario Esmeralda

Capítulo 8

El primer año de Mateo pasó entre el polvo dorado del verano, las carreras ruidosas y la dicha inmensa de verlo dar sus primeros pasos tambaleantes sobre la hierba. Tenía una energía inagotable y, tal como Antonio y yo habíamos soñado, su presencia llenó nuestra casa de una luz constante. Sin embargo, cuando Mateo celebraba apenas su primer año de vida, la providencia volvió a llamar a la puerta de nuestro hogar, esta vez duplicando la bendición y los desafíos que la maternidad trae consigo.
Recuerdo perfectamente la mañana en que me enteré de que mi vientre albergaba más de un latido. Fue durante una visita al campamento de la abuela Carmen, una de las matronas más ancianas y respetadas de la comunidad. Yo me sentía inusualmente agotada; el cansancio que experimentaba no se parecía al de mi primer embarazo. Era un peso denso, una pesadez en las piernas y una hinchazón en el vientre que había avanzado a una velocidad sorprendente en cuestión de pocas semanas.
La abuela Carmen me hizo recostar sobre una manta de lana gruesa y untó sus manos con aceite de manzanilla. Con la paciencia que dan las décadas de asistencia en los partos, comenzó a palpar mi vientre, cerrando los ojos para concentrarse en los impulsos que se sentían bajo la piel. De pronto, sus cejas canosas se arquearon y una sonrisa amplia, llena de arrugas y sabiduría, se dibujó en su rostro.

-ay, mi niña...

Dijo soltando una risita suave.

-¿Qué ocurre, abuela?

Pregunté, incorporándome un poco con el corazón latiendo desbocado.

-¿Pasa algo malo con el bebé?
-nada malo, mi gitana

Respondió acariciándome las manos.

-pero no es una sola vida la que viene en camino. Tienes dos corazones batiendo al mismo tiempo aquí dentro. Son dos bendiciones las que los ancestros les envían

El choque emocional fue tan grande que me quedé sin aire durante unos segundos, ¿Dos bebés? ¿Al mismo tiempo que criaba a Mateo, que apenas estaba aprendiendo a usar la cuchara y a no meterse las piedras del río en la boca? La sorpresa inicial dejó paso a un temblor de pánico y, casi de inmediato, a una alegría desbordante que me hizo soltar una lágrima.
Cuando regresé a la casa por la tarde, Antonio estaba sentado en la sombra del porche, mientras Mateo jugaba en la tierra a su lado. La estampa era tan tierna que me detuve a observarlos antes de interrumpir.

-Antonio

Lo llamé suavemente.
Él levantó la mirada, secándose el sudor de la frente con la manga de la camisa. Sonrió al verme y dejó las herramientas a un lado.

-llegas a tiempo, Esmeralda. Mateo estaba a punto de convencerme de que le construya su propia carreta de juguete

Bromeó, levantando al niño en brazos y acomodándolo en su cadera.

-¿Qué te dijo la abuela Carmen? Te ves un poco pálida

Me acerqué a ellos y le tomé el brazo libre, mirando alternativamente a Antonio y a nuestro pequeño hijo.

-dijo que las cosas en esta casa se van a complicar bastante en unos meses

Respondí con una sonrisa nerviosa.

-Antonio... no es un bebé el que esperamos

Antonio frunció el ceño, confundido.

-¿Cómo que no es un bebé? ¿Un problema?
-son dos

Dije en un murmullo rotundo.

-vienen dos bebés en camino

Antonio se quedó completamente petrificado. La llave que sostenía en la mano cayó sobre la hierba con un sonido sordo. Miró mi vientre, aún pequeño pero llamativamente abultado para el poco tiempo de gestación, y luego me miró a mí con los ojos desorbitados.

-¿Dos?

Tartamudeó.

-¿Doble bendición de una sola vez?
-así es, esposo mío

Sonreí, apretándole la mano con fuerza.

-gemelos

Antonio soltó a Mateo con cuidado sobre el suelo y, sin importarle la grasa de las herramientas ni el polvo de la jornada, me rodeó con los brazos y me levantó en un abrazo tan apretado que me sacó el aire. Se rió con una fuerza que resonó en todo el campamento, llamando la atención de los vecinos que pasaban por el sendero.

-¡Tres hijos!

Gritó con orgullo desbordante.

-¡Tres pequeños gitanos corriendo por nuestra puerta! ¡Bendita sea tu sangre, Esmeralda!

Los meses siguientes fueron una prueba de fuego para mi resistencia física. Llevar un embarazo múltiple siendo tan joven, mientras cuidaba a un niño pequeño que demandaba atención constante, llevó mi cuerpo al límite. Las tardes de calor sofocante me dejaban sin aliento, y las piernas se me hinchaban tanto que apenas podía ponerme las zapatillas bordadas. Sin embargo, nunca estuve sola.
Las mujeres del asentamiento se turnaban para traerme caldos nutritivos y ayudarme con la limpieza de las mantas, mientras que Antonio asumió las labores del hogar con una dedicación que me conmovía hasta las lágrimas. Por las noches, cuando Mateo al fin se dormía, Antonio cargaba en brazos a nuestro hijo mayor para acostarlo y luego se sentaba a mi lado para masajearme las piernas cansadas con pomada de árnica, hablándoles a los dos bebés que no dejaban de moverse en mi interior.

-tienen que portarse bien ahí dentro

Les susurraba, apoyando la oreja contra mi vientre hinchado.

-su madre está haciendo un esfuerzo enorme por ustedes. Ya quiero verles las caras

El parto llegó una noche helada de otoño, cuando el viento aullaba y la fogata principal apenas lograba mantenerse encendida. Fue una jornada agónica, un trabajo de parto largo y doloroso que duró más de catorce horas. Las matronas trabajaban a marchas forzadas, trayendo trapos limpios y calderos de agua hirviendo, mientras las mujeres maduras cantaban oraciones en el exterior para alejar los peligros de la noche.
Cuando la primera niña nació, un llanto agudo y afinado rompió la tensión de la carpa. Pero no hubo tiempo para descansar, apenas cinco minutos después, una nueva ola de contracciones salvajes me atravesó el cuerpo, y la segunda niña llegó al mundo con la misma fuerza que su hermana.
Eran dos niñas. Dos gemelas perfectamente formadas, sanas y fuertes.
Cuando las matronas me las entregaron, envueltas en mantas de lana blanca, me quedé sin aliento. A diferencia de Mateo, que había sacado los rasgos marcados de su padre, las niñas eran mi fiel reflejo en miniatura. Ambas nacieron con una masa de cabello negro denso y rizado que les cubría la cabeza, y al abrir los ojos por primera vez en la penumbra del velón, vi en ambas los mismos ojos oscuros, profundos y almendrados que yo heredé de mi madre.
Antonio entró corriendo en la estancia apenas se lo permitieron. Estaba exhausto por la vigilia, pero la visión de sus dos nuevas hijas lo dejó sin palabras. Se dejó caer de rodillas al lado del colchón, temblando visiblemente al contemplar a las tres mujeres de su vida.




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