Noche helada de viento y estrellas.
Por primera vez en semanas, hay un silencio absoluto en nuestra casa. Mateo duerme profundamente en su camita de madera, exhausto tras un día entero corriendo por el campamento, y a mi lado, envueltas en la misma manta de lana blanca, descansan mis dos pequeñas milagrosas. Todavía me parece un sueño rozar sus mejillas suaves y ver cómo respiran al mismo ritmo, tan diminutas, tan idénticas y tan llenas de vida.
Mis niñas nacieron con el espíritu indomable de nuestra gente. Tienen mi mismo cabello negro rizado y los ojos oscuros y profundos de la estirpe, pero cuando lloran o reclaman alimento, se les nota de inmediato ese temperamento fuerte y esa chispa viva que solo pudieron haber heredado de Antonio.
Nuestra casa está de fiesta y el campamento entero celebra que la estirpe continúe floreciendo. Cuando llegó el momento de nombrarlas frente a los ancianos y darles su lugar en la comunidad, Antonio y yo quisimos elegir nombres que honraran tanto nuestras raíces como el orgullo y la alegría que nos produce tenerlas en brazos.
A la primera en nacer la hemos llamado Carmen. Elegimos este nombre en honor a la abuela que me asistió con tanto amor, pero también porque significa «canto» y «jardín», justo como la música de las guitarras que no ha dejado de sonar fuera desde que llegaron al mundo. A la segunda gemela la nombramos Naiara, un nombre antiguo y hermoso que evoca a «la que fluye como el agua del río», como un homenaje eterno a ese arroyo sagrado donde Antonio y yo nos hicimos la primera promesa cuando apenas éramos unos niños.
Carmen y Naiara son el reflejo de mi rostro y la fuerza del corazón de su padre. Aunque sé que criar a ambas junto a Mateo será una tarea dura que me quitará el sueño por muchas noches, no puedo sentirme más dichosa. Miro a Antonio dormido al borde de la cama, sujetando con una mano la cuna de las gemelas y con la otra la mía, y sé que no existe en el mundo una mujer más rica ni más bendecida que yo.
Que los ancestros velen el sueño de Carmen y Naiara, y que sus vidas fluyan siempre con la fuerza y la libertad de nuestra sangre.