Diario Esmeralda

Capítulo 9

Con la llegada de los tres años de las gemelas, nuestra casa dejó de ser una morada apacible para convertirse en un escenario efervescente de risas, juegos desbordados y una vitalidad que no conocía descansos. Mateo, a sus cuatro años, asumía la actitud de un hermano mayor lleno de gravedad y orgullo, imitando en cada movimiento a su padre, caminaba detrás de él con las manos cruzadas en la espalda, observando la forma en que Antonio sujetaba las riendas de los caballos o reparaba los arneses de cuero.
Sin embargo, eran Carmen y Naiara las que le daban a la casa un matiz verdaderamente volcánico.
Resultaba fascinante observar el crecimiento de las niñas. Físicamente, eran un espejo innegable de mis propias características: compartían el mismo cabello negro azabache, tupido y lleno de bucles rebeldes que se escapaban constantemente de las pañoletas, así como unos ojos oscuros, almendrados y expresivos que parecían absorberlo todo. Pero su interior, esa chispa indomable que guíaba sus pasos, era una fusión perfecta entre mi carácter firme y orgulloso y el temperamento ardiente, carismático y alegre de Antonio.
Carmen, por un lado, heredó esa faceta más risueña y descarada de su padre. Tenía una capacidad innata para encantar a cualquiera en el campamento. Bastaba con que soltara una risotada sonora o realizara un pequeño desplante bailando frente a las fogatas para que los ancianos le regalasen frutas secas o cintas de colores. Naiara, en cambio, poseía una naturaleza un poco más observadora y territorial, reflejando mi propia terquedad. Cuando algo no salía como ella quería, cruzaba los brazos, apretaba los labios y clavaba una mirada tan intensa que hasta el propio Antonio tenía que disimular la risa para no perder la autoridad.
Una tarde cálida de primavera, mientras las mujeres nos reuníamos en el centro del asentamiento para batir la lana y preparar los bordados de la temporada, los tres pequeños jugaban a pocos metros de nosotros. Antonio había regresado temprano de las faenas del campo y se encontraba echado sobre la hierba, descansando con la cabeza apoyada en la albarda de un caballo.

-¡Miren a esas dos!

Comentó mi madre, señalando a las gemelas con la aguja de coser mientras sonreía con melancolía.

-llevan la sangre gitana hirviendo en las venas

Me giré para observarlas. Carmen había tomado una vieja pandereta sin sonajas y, descalza sobre la tierra, intentaba dar taconazos marcando el compás de una canción que tarareaba con una vocecita aguda. Naiara la seguía a pocos pasos, corrigiéndole el movimiento de las manos con una seriedad absoluta, imitando las posturas elegantes de las bailarinas mayores.
En un momento dado, Mateo intentó quitarles el pañuelo con el que jugaban para usarlo como capa de jinete. Lo que siguió fue un despliegue inmediato del temperamento familiar. Naiara se interpuso con una firmeza que hizo retroceder al niño dos pasos, mientras Carmen corrió hacia su padre, dramática y risueña a la vez, para treparse en su pecho y pedir justicia.

-¡Papá! ¡Mateo no nos deja bailar!

Reclamó Carmen con los ojos muy abiertos y las manos en las caderas, en una postura idéntica a la que yo adoptaba cuando me enfadaba con él.
Antonio soltó una carcajada profunda, sujetando a la pequeña por la cintura para elevarla por encima de su cabeza. Mateo llegó corriendo a defender su postura, asegurando que él era el capitán del establo y necesitaba la bandera.

-a ver, capitán

Dijo Antonio, incorporándose y sentando a Carmen en una rodilla y a Naiara en la otra, mientras Mateo se acomodaba a su lado.

-en esta familia las mujeres mandan en el baile y en la casa, y los hombres las protegemos, ¿No te he enseñado eso ya?
-sí, pero es que ellas no me prestan nada

Refunfuñó Mateo, bajando la cabeza con el mismo gesto achinado que ponía su padre cuando perdía una discusión conmigo.
Me acerqué a ellos despacio, limpiándome las manos en el delantal bordado. Me arrodillé a su lado, tomando la cara de Naiara entre mis manos para colocarle bien la cinta del cabello que se le había soltado entre los brincos.

-Naiara, dale la bandera a tu hermano

Ordené con voz suave pero imperativa.

-un corazón generoso hace a una gitana más fuerte y respetada. Y tú, Mateo, pídeles permiso antes de tomar lo que no es tuyo

Las niñas me miraron con esos ojos profundos que eran mi propio reflejo. Naiara bufó levemente, rindiéndose ante mi autoridad, y le entregó la tela a su hermano, no sin antes darle un empujoncito cariñoso en el hombro. Mateo sonrió victorioso y besó en la mejilla a ambas gemelas antes de salir corriendo de nuevo hacia las carretas.
Antonio me miró desde el suelo, apoyando la barbilla en su mano, observándome con esa devoción limpia que no había cambiado ni un ápice desde nuestra infancia.

-tienes una mano santa con ellos

Murmuró, alargando los dedos para rozar la orilla de mi falda.

-a mí me desarman con una sola sonrisa, pero a ti te respetan como si fueras la mismísima reina del campamento
-alguien tiene que poner el orden en este hogar

Respondí, sentándome a su lado mientras las niñas continuaban dando vueltas alrededor de las flores silvestres.

-si fuera por ti, los tres harían lo que quisieran todo el día
-es que no puedo evitarlo

Admitió él, pasando su brazo por mi cintura y atrayéndome hacia su costado.

-miro a Mateo y veo al muchacho que correteaba contigo por el arroyo. Y cuando miro a las gemelas... veo la razón por la que daría hasta la última gota de mi sangre. Tienen tu misma fuerza, Esmeralda. Ese fuego que te hace no agachar la cabeza ante nada ni nadie

Apoyé la cabeza en su hombro, sintiendo el aroma familiar a tierra, cuero y al humo reconfortante de la fogata que comenzaba a encenderse al atardecer. Las risas de nuestras dos hijas resonaban en el aire como una música bendita, mezclándose con los ladridos de los perros y los acordes lejanos de una guitarra que alguien comenzaba a templar en la otra punta del asentamiento.
En aquel instante, la felicidad de nuestra casa parecía inquebrantable, absoluta y eterna. Teníamos la bendición de la sangre, tres hijos sanos y fuertes, el respeto de nuestra gente y un amor que había crecido y madurado sin perder la pureza del primer día.
Miré las brasas que comenzaban a chispear en el centro del campamento y elevé una oración silenciosa a los ancestros, pidiendo que esa paz, que esa burbuja de amor y tradiciones en la que criábamos a nuestros pequeños, no se rompiera jamás.




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