La calma de un campamento gitano es como el agua de un estanque tranquilo: basta una sola piedra lanzada desde la orilla para que las ondas se extiendan hasta el último rincón. Durante años, nuestra vida había transcurrido resguardada en el seno de la comunidad, al abrigo de los valores antiguos, el amor de Antonio y la risa incesante de nuestros tres hijos. Mateo ya rozaba los cinco años, convertido en un niño espabilado y protector, mientras que Carmen y Naiara, con casi cuatro añitos, llenaban de descaro y bailes cada rincón de nuestra carreta. Pero la felicidad, cuando es tan plena, parece atraer la envidia de los vientos malos.
Todo comenzó a cambiar a finales de aquel otoño. Un frío seco y extemporáneo bajó de las montañas, trayendo consigo no solo la helada que marchitaba los pastos, sino también los primeros murmullos que llegaban desde los pueblos vecinos.
Hasta entonces, los habitantes de las villas cercanas y nuestro pueblo habían mantenido una convivencia de respeto distante. Cambiábamos caballos, mantas, utensilios de cobre y cestería por harina, aceite y grano. Sin embargo, algo siniestro se estaba fraguando en las tabernas y en los consejos de las autoridades locales. El alcalde de la villa principal había cambiado, y con el nuevo mando llegaron los discursos cargados de odio, las acusaciones infundadas y las miradas de desconfianza hacia nuestra gente.
Nos acusaban de males que no habíamos cometido, de pérdidas en los cosechados y de faltas que solo existían en la mente de quienes buscaban un chivo expiatorio para sus propias desgracias.
Una noche, mientras preparaba la cena sobre las brasas y escuchaba a Antonio tararear una canción para dormir a las gemelas, la voz de mi padre resonó en el exterior de la casa. Tenía un tono grave, carente de la calidez habitual con la que solía saludarnos.
-Antonio, Esmeralda... salgan un momento
Pidió desde la penumbra.
Antonio y yo nos miramos con una corazonada helada. Él dejó a Naiara en su cama, me tomó de la mano y salimos al aire nocturno. En el centro del campamento no se escuchaban hoy las guitarras. Los ancianos, los patriarcas y los hombres jóvenes estaban reunidos en un círculo tenso alrededor del fuego principal. Los rostros de los viejos, iluminados por las llamas anaranjadas, se veían surcados por hondas preocupaciones.
-¿Qué ocurre?
Preguntó Antonio, dando un paso al frente con la actitud firme que ya lo caracterizaba entre los hombres.
El patriarca de la familia de Antonio, un hombre de barbas plateadas y manos curtidas por mil caminos, tomó la palabra.
-las cosas se están poniendo turbias en el pueblo, hijo
Dijo, lanzando una rama seca al fuego que chispoteó con furia.
-hoy en el mercado nos han cerrado las puertas de la arquería. Los guardias del alcalde han rodeado a los nuestros, amenazándonos con expulsarnos de estas tierras si no nos marchamos antes del primer deshielo. Nos acusan de robos que no hemos hecho y de alterar la paz
Un murmullo de indignación corrió entre los jóvenes. Antonio apretó las mandíbulas, y pude ver cómo los nudillos de sus manos se ponían blancos de la tensión.
-estas tierras no son de ese alcalde
Reclamó Antonio con voz rotunda y apasionada.
-llevamos tres generaciones acampando en este valle durante el invierno. Pagamos con nuestro trabajo y respetamos las leyes, ¡No pueden echarnos como si fueremos perros sin dueño!
-las leyes de ellos cambian según su antojo, Antonio
Intervino mi padre, poniéndole una mano sobre el hombro para serenarlo.
-tienen armas, tienen el apoyo de las autoridades y, lo que es peor, tienen el odio sembrado en la gente del pueblo. Si nos quedamos a pelear, la sangre que se derramará será la de los nuestros. La de nuestras mujeres y nuestros hijos
La sola mención de la palabra "hijos" hizo que un escalofrío me recorriera la espalda de arriba a abajo. Pensé de inmediato en Mateo durmiendo dentro de la casa, y en Carmen y Naiara, tan frágiles, tan ajenas a las barbaries de los hombres grandes. Me llevé la mano al pecho, apretando el amuleto de piedra verde que nunca me abandonaba.
-¿Qué se ha decidido entonces?
Pregunté, rompiendo el silencio de las mujeres que observábamos desde la línea de sombra.
El viejo patriarca me miró con ojos tristes.
-enviaremos a tres hombres a hablar con el gobernador de la provincia la próxima semana para exigir el respeto a nuestros permisos de pastoreo. Mientras tanto, nadie sale solo del campamento. Los niños no irán al arroyo sin la compañía de dos hombres armados, y las ventas en el pueblo quedan suspendidas hasta nuevo aviso. Nos mantendremos unidos y alerta
Aquella noche nadie durmió bien. Al regresar a nuestra carreta, la atmósfera idílica de las semanas pasadas se había evaporado, reemplazada por una sombra densa de incertidumbre. Antonio permaneció en pie junto a la ventana, observando la oscuridad del bosque con la mano apoyada en la faja donde guardaba la navaja de honor.
Me acerqué a él por la espalda y le rodeé la cintura con los brazos, apoyando la mejilla en su espalda ancha. Sentí la rigidez de sus músculos, la furia contenida que amenazaba con desbordarlo.
-tengo miedo, Antonio
Confesé en un suspiro que apenas fue un soplo de aire.
Él se giró de inmediato, tomándome el rostro entre sus manos cálidas. En la penumbra, sus ojos oscuros brillaban con una intensidad feroz, pero cargada de la misma promesa que me había hecho cuando éramos niños.
-escúchame bien, Esmeralda
Dijo, bajando la voz para no despertar a los niños, pero con una firmeza que no admitía dudas.
-mientras yo respire, nadie... me oyes bien, ¡Nadie! Le pondrá una mano encima a esta familia. Ni al alcalde, ni a sus guardias, ni a todo el pueblo entero les voy a permitir que les quiten la paz a ti y a nuestros hijos
-no quiero que te expongas
Supliqué, sintiendo las lágrimas agolpándose en mis ojos.