Diario Esmeralda

Capítulo 13

La ilusión de paz que nos arrullaba bajo las estrellas se quebró con la brusquedad de un cristal lanzado contra la piedra. El invierno no solo trajo consigo la escarcha que cubría las praderas al amanecer, sino una hostilidad helada que emanaba de la villa vecina. Aquellos límites que durante décadas habían sido porosos y pacíficos se transformaron de pronto en una frontera de espinas.
El origen de la discordia tenía nombres y apellidos, aunque entre nosotros bastaba con llamarlos «los señores de la villa». Un grupo de nuevos terratenientes, respaldados por el corregidor enviado desde la capital, había decidido que las tierras comunales donde nuestra gente asentaba los carromatos cada invierno no debían pertenecer más al uso libre. Querían levantar cercados de piedra, instalar molinos privados y cobrar impuestos exorbitantes por el simple paso del agua del arroyo. Y para lograrlo, primero necesitaban borrarnos del mapa.
La tensión alcanzó su punto de no retorno una mañana gris, cuando tres carruajes negros escoltados por una docena de hombres armados con mosquetes y espadas irrumpieron en el perímetro de nuestro campamento.
Yo me encontraba fuera de la casita, tendiendo unas cobijas de lana al sol apagado de la mañana, mientras las gemelas jugaban con sus muñecas de trapo en el porche y Mateo ayudaba a su abuelo a limpiar las pezuñas de un caballo. Al escuchar el relincho violento de los animales de los visitantes y el pisar sordo de los cascos sobre la tierra húmeda, un frío seco me atravesó la espina dorsal. Dejé caer las pinzas de madera y corrí hacia el porche, metiendo a Carmen y a Naiara hacia el interior de la casa con un gesto rápido y tajante.

-quédense adentro

Les ordené en voz baja a las niñas, procurando que el temblor de mis manos no delatara la angustia que me oprimía el garguero.
Mateo corrió a mi lado, instintivamente colocándose delante de las niñas con un pequeño garrote de madera en la mano. Le puse una mano en el hombro, sosteniéndolo cerca de mí.
En el centro del asentamiento, los hombres de nuestra comunidad ya se habían congregado. No llevaban armas a la vista, pero la postura de sus cuerpos, erguidos como robles viejos, transmitía una firmeza implacable. Antonio estaba en primera fila, justo al lado de su padre y del mío. Vestía su chaleco de cuero oscuro y llevaba los brazos cruzados sobre el pecho. Su mirada, habitualmente cálida y llena de picardía cuando estaba en casa, se había transformado en dos rendijas de carbón encendido que no parpadeaban.
Del carruaje principal bajó un hombre de rostro pálido y ropajes finos, envuelto en un abrigo de pieles que olía a humedad y dinero antiguo. Era Don Valeriano, el apoderado de las tierras de la villa.

-gitanos

Dijo con una voz chillona que intentaba sonar autoritaria, desplegando un pliego de papel sellado con lacre rojo.

-vengo en representación de los propietarios legítimos y del corregidor. Este documento decreta la expropiación definitiva de los valles del sur y la prohibición absoluta de acampada en un radio de cinco leguas alrededor del pueblo

Un murmullo de indignación recorrió a las mujeres y a los ancianos que observábamos desde la línea de las carretas.
El padre de Antonio dio un paso al frente. Su voz resonó con la majestad de un hombre que ha vivido siempre con la cabeza alta.

-esas tierras han sido el refugio de nuestra gente desde la época de nuestros abuelos, señor. No hay documento con tinta que pueda borrar el derecho de la sangre que ha trabajado este suelo, que ha enterrado a sus muertos cerca del río y que paga con moneda limpia en los mercados de su villa

Don Valeriano dejó escapar una risita despectiva, arrugando la nariz como si el aire del campamento estuviera contaminado.

-no me interesan sus historias de nómadas

Replicó en tono tajante.

-a ley ha cambiado. Estas tierras van a ser cercadas para la siembra de trigo y el pastoreo del ganado del señorío. Se les otorga un plazo de tres días para recoger sus cosas y abandonar la jurisdicción. Si para el amanecer del cuarto día siguen aquí, los guardias quemarán las carretas y se les tratará como invasores y cuatreros

Las palabras cayeron sobre la multitud como una sentencia de muerte. Quemar los carromatos no era solo destruir madera y tela; era quemar nuestra historia, nuestra dignidad y el único techo que cobijaba a nuestros niños.
Antonio no pudo contenerse más. Dio dos pasos al frente, irrumpiendo en el espacio entre los dos grupos con una presencia física tan amenazante que dos de los guardias armados dieron un paso atrás e instintivamente echaron mano a la culata de sus armas.

-¡Escúcheme bien, señorito!

La voz de Antonio retumbó con la fuerza de un trueno en el claro.

-mis abuelos levantaron este asentamiento cuando este valle no era más que un barrizal lleno de maleza. Aquí nacieron mis hijos y aquí está el esfuerzo de toda nuestra vida, ¡No hay hombre, ni guardia, ni decreto que vaya a echarnos de la tierra que nos pertenece por derecho de vida!
-¡Modera tu lengua, gitano!

Gritó el capitán de la escolta, desenfundando la mitad de su espada con un chasquido metálico.

-estás hablando con la autoridad del rey
-¡Hablo con la autoridad de un hombre que defiende su casa!

Respondió Antonio sin dar un solo paso atrás, inflando el pecho y clavando la mirada en los guardias.

-si quieren nuestras tierras, van a tener que pasar por encima de cada hombre de este campamento, ¡Aquí no se dobla la rodilla ante ningún tirano!

El padre de Antonio y el mío se colocaron a sus lados, y en cuestión de segundos, todos los hombres jóvenes de la comunidad se alinearon detrás de ellos, formando un muro compacto de rostros serenos y puños cerrados. No había miedo en sus ojos, solo la determinación feroz de quien no tiene nada más que perder que su propia dignidad.
Don Valeriano palideció al ver que las amenazas no surtían efecto. La multitud gitana no retrocedía, al contrario, la atmósfera se había vuelto tan densa que un solo movimiento en falso desataría una tragedia allí mismo.




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