Diario Esmeralda

Capítulo 14

El plazo de tres días otorgado por los terratenientes no culminó con el fuego de las antorchas ni con el asalto directo de las guardias de la villa, sino con un castigo infinitamente más siniestro. La autoridad local, consciente de que un enfrentamiento abierto contra los hombres del campamento desataría un baño de sangre incómodo para sus propios intereses, decidió utilizar la ley del Estado como la herramienta perfecta para desarmarnos. Si no podían expulsarnos por la fuerza del miedo, nos arrebatarían aquello que nos daba la capacidad de resistir: a nuestros hombres jóvenes.
Apenas cuatro días después de la visita de Don Valeriano, el rugido de los tambores militares retumbó en la entrada del valle antes de que el sol lograra disipar la bruma matutina.
Era un destacamento regular del ejército el que se acercaba, hombres vestidos con casacas azules y botones de bronce marchando en formación estricta, con las bayonetas caladas sobre los mosquetes y la bandera real ondeando al frente. Detrás de ellos avanzaba un carruaje con la insignia del Comisionado de Leva de la provincia.
La voz de alerta corrió entre las carretas con la velocidad del fuego sobre paja seca. Las mujeres corrimos a meter a los niños dentro de los carromatos, yo empujé a Mateo y a las gemelas hacia el fondo de la casita, cerrando los portones de madera con una traba de hierro y ordenándoles con una mirada feroz que no hicieran el menor ruido.
Cuando salí al porche, Antonio ya estaba en el centro del claro. A su lado, su padre, el mío y todos los muchachos jóvenes de la comunidad se agruparon en silencio, con los rostros endurecidos como máscaras de piedra.
El destacamento militar hizo alto a escasos metros del primer círculo de asentamiento. Las botas pesadas de los soldados aplastaron el barro con un crujido uniforme que helaba la sangre. De la comitiva se adelantó un oficial de alto rango, flanqueado por un escribano que llevaba un grueso libro de cuero bajo el brazo.

-¡Atención, habitantes del campamento!

Proclamó el oficial con una voz metálica, desdoblando un pergamino con el sello del gobernador real.

-en virtud del Decreto de Reclutamiento Extraordinario expedido por la Corona para la defensa de las fronteras del norte contra las tropas invasoras, se declara la leva obligatoria de todos los varones útiles entre los dieciocho y los treinta y cinco años de edad

Un grito de horror se escapó de la garganta de las mujeres maduras. Un murmullo rabioso estalló entre los jóvenes.
El oficial no parpadeó. Continuó leyendo con la frialdad de quien solo cumple con una rutina administrativa.

-cualquier negativa, ocultamiento o resistencia a la orden de la patria será considerada acto de alta traición y desobediencia civil. Quienes se opongan serán pasados por las armas en el acto, y sus propiedades, carromatos y ganados, confiscados por el tribunal de guerra
-¡Esto no es una leva para defender la patria!

Gritó el padre de Antonio, dando un paso al frente con la barba encendida de rabia.

-¡Esto es una trampa de los terratenientes de la villa para dejarnos sin hombres y robarnos la tierra! ¡Jamás hemos servido a sus guerras lejanas!

El oficial hizo una seña con la mano y, de inmediato, la primera fila de soldados dio un paso al frente, alzando los mosquetes y apuntando directamente al pecho del anciano patriarca. El sonido metálico de los gatillos amartillándose al mismo tiempo sonó como una sentencia inapelable.

-¡Un paso más, anciano, y la ejecución comienza ahora mismo!

Advirtió el oficial, sin un atisbo de duda en la voz.

-la ley es igual para todos los súbditos. Escribano, comience el registro de nombres

El pánico se apoderó de mi pecho como una garra de hielo. Corrí hacia la línea de los hombres, colocándome al lado de Antonio. Le tomé el brazo con desesperación, sintiendo cómo los músculos de su cuerpo estaban rígidos como barrotes de hierro. El rostro de mi esposo era un poema de furia reprimida, sus ojos, inyectados en sangre, bailaban entre los mosquetes apuntados hacia su padre y las ventanas de nuestra casita, donde sabía que nuestros tres pequeños pequeños observaban aterrados por la rendija de la madera.

-Antonio... no

Le supliqué en un susurro ahogado, apretando su brazo con todas mis fuerzas.

-si peleas ahora, te matarán aquí mismo. Nos matarán a todos

Él me miró por una fracción de segundo. La agonía en su rostro me desgarró el alma. Veía en su mente la encrucijada salvaje a la que nos habían arrastrado: rebelarse significaba la masacre inmediata de los suyos y el incendio del campamento, obedecer significaba marchar a una guerra lejana, dejando a su familia desprotegida a merced de la codicia de los señores de la villa.

-¡Antonio Fernández!

Gritó el escribano, leyendo una lista que las autoridades del pueblo les habían proporcionado con minuciosa crueldad.

-¡Dé un paso al frente!

Antonio apretó los dientes con tal fuerza que creí que se los rompería. Miró a su padre, cuya cabeza se dobló por primera vez en la vida por la impotencia, y luego miró a mi padre, quien negó lentamente con la cabeza, pidiéndole cordura con los ojos.

-aquí estoy

Respondió Antonio con una voz grave, profunda y helada que resonó en todo el valle.
Dio un paso al frente, soltándose suavemente de mi agarre. Cuando el guardia se acercó para sujetarlo por el hombro, Antonio lo miró con tal ferocidad que el soldado dudó un segundo antes de tocarlo.
Uno a uno, los nombres de todos los hombres jóvenes de nuestra comunidad fueron pronunciados. Doce muchachos, el corazón y la fuerza productiva de nuestra gente, fueron alineados al lado del carruaje del Comisionado.
El oficial guardó el pergamino y miró al resto de la comunidad con una sonrisa fría y satisfecha.

-tienen hasta la puesta del sol para preparar los pertrechos básicos de sus hombres. Mañana al amanecer la columna marchará hacia el frente norte. Si alguno intenta escapar durante la noche, se fusilará a diez rehenes de su propio clan




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