El día se volvió una sombra perpetua. Aunque el sol seguía su curso detrás de las nubes plomizas de finales de otoño, la luz no parecía tocar nuestro campamento. El silencio que se instaló tras la partida de la patrulla principal era peor que los gritos; era un aire espeso, cargado del dolor ahogado de decenas de familias que intentaban asimilar lo impensable. Con la presencia de los centinelas armados patrullando las colinas cercanas para evitar deserciones, cada segundo que nos separaba del amanecer del día siguiente valía más que el oro.
Aceptada la terrible certeza de la partida, el pánico inicial dio paso a una actividad febril y desesperada. Había que preparar a los hombres para el invierno y la guerra, pero también organizar la supervivencia de quienes nos quedábamos.
Antonio no perdió el tiempo en lamentos. Con esa entereza férrea que surgía en él durante los momentos de mayor crisis, se puso en marcha de inmediato. Lo vi caminar hacia la trastienda de nuestro carromato con la mandíbula apretada, convocando con una mirada a mi padre y al suyo. No había espacio para las lágrimas antes de tiempo, primero estaba el deber absoluto de dejar protegidos a sus hijos.
Entré a la casita intentando domar el temblor salvaje que me sacudía las manos. Mateo y las gemelas estaban sentados en el rincón sobre las mantas, con los ojos muy abiertos y un silencio impropio de sus edades. Carmen y Naiara se aferraban a la falda de trapo de sus muñecas, intuyendo que se aproximaba algo terrible. Mateo, en cambio, se puso de pie en cuanto me vio entrar.
-mami... ¿Qué quieren esos hombres con papá?
Preguntó con la voz finita pero llena de una gravedad que me atravesó el alma.
Tragué saliva, sintiendo que un nudo de espinas se me formaba en la garganta. Recordé la promesa que me había hecho a mí misma momentos antes: no podía venirme abajo. No delante de ellos. Mis hijos necesitaban ver en mi rostro la misma muralla inquebrantable que siempre veían en el de su padre. Si yo caía presa del pánico, el mundo entero de esos tres pequeños se desmoronaría antes de tiempo.
Me arrodillé ante él, haciendo un esfuerzo supremo por esbozar una sonrisa serena. Le tomé las manitas entre las mías y le arreglé el mechón de cabello negro que le caía sobre la frente.
-son cosas del rey, mi vida
Dijo mi voz, sorprendentemente firme, aunque por dentro sintiera que me desangraba.
-papá y los tíos tienen que hacer un viaje largo para resolver un asunto de los hombres grandes. Van a ayudar a cuidar los caminos lejanos
-¿Y cuándo vuelve?
Intervino Carmen desde la esquina, apretando la muñeca contra su pechito.
-pronto, mi niña
Mentí sin parpadear, sintiendo cómo la culpa por esa falsedad piadosa me quemaba la boca.
-papá es el hombre más fuerte y listo de todo el valle. Mientras él no esté, nosotras nos cuidaremos mucho, y Mateo será el encargado de ayudarme en todo, ¿Verdad, Mateo?
El niño hinchó el pecho y asintió con una determinación infantil que me arrancó una lágrima contenida.
-yo las cuidaré, no llores
Le besé la frente con un apretón largo y me puse de pie. Tenía que ponerme a trabajar.
Las siguientes horas fueron un frenesí de preparativos dolorosos a la sombra de la casita. Mientras Antonio revisaba con los ancianos las provisiones de grano y harina que quedaban en el asentamiento, organizando cómo los hombres mayores se repartirían la custodia de los caballos y los carromatos, yo me dediqué a preparar su petate para la marcha.
Saqué de los arcones nuestras mejores prendas de lana. Doblé con cuidado su chaleco de cuero más grueso, el que mejor lo protegía del viento de las montañas, y empaqueté tres mudas de ropa interior de lino que yo misma había lavado y remendado semanas atrás. En las esquinas del petate escondí dos pares de calcetines extra de lana tupida, un tarro con ungüento de manteca y caléndula para las quemaduras del frío y un pan de jabón perfumado con romero. Cada prenda que doblaba olía a él, a nuestro hogar, a la vida dichosa que nos estaban robando a la fuerza.
Antonio entró a la casa avanzada la tarde, con los hombros cargados y el rostro marcado por el cansancio y el polvo. Mateo corrió a su lado, y las gemelas se le colgaron de las piernas. Antonio se agachó y los abrazó a los tres juntos, apretándolos contra su pecho con una fuerza casi desesperada, cerrando los ojos para memorizar el olor y el peso de sus cuerpos.
-vayan con la abuela un momento, mis niños
Les pidió con la voz enronquecida.
-papá tiene que hablar con mamá
Cuando los niños salieron correteando hacia la tienda de mi madre, la casa quedó en un silencio aplastante.
Antonio se puso de pie y caminó hacia la mesa de madera donde yo estaba terminando de coser una bolsa de cuero para sus monedas. Dejó sobre la mesa una bolsa de lona gruesa que sonó con un peso metálico y seco.
-es el dinero de la venta de los potros del mes pasado y mis ahorros de las ferias
Dijo en un murmullo grave, evitando por un segundo encontrar mi mirada.
-se lo he entregado todo a tu padre para que lo guarde en el doble fondo del carromato. Si los señores de la villa intentan apretar con los suministros, úsenlo con moderación. Mi padre y el tuyo saben exactamente qué hacer si la guardia vuelve a molestar
Lo escuchaba hablar y me parecía estar viviendo una pesadilla. Él continuó, señalando los rincones de nuestro hogar con una precisión metódica que demostrabas lo mucho que había planeado cada detalle a nuestras espaldas durante las últimas horas:
-he dejado cortada la leña fina para dos meses bajo el tejadillo del porche. Está seca, no les dará humo. El arnés de la mula vieja está reparado por si tienen que mover la carreta de prisa, y los caballos fuertes los hemos escondido en la cañada alta con el tío Ramón, allí los guardias no los encontrarán
Se detuvo. Sus manos, siempre tan seguras y firmes, temblaron ligeramente sobre la mesa.
No pude aguantar más. Dejé caer la aguja y el cuero, di un paso adelante y me arrojé a sus brazos, rodeándole el cuello con una desesperación que amenazaba con romperme las costillas. Antonio me rodeó la cintura al instante, pegándome a su cuerpo con una ferocidad que me demostró que debajo de su fachada de organizador frío y previsor, su corazón estaba tan destrozado como el mío.