La última noche antes de la partida cayó sobre el valle con la pesadez de una losa de piedra. Afuera, el campamento no era más que un murmullo lúgubre de pasos apresurados y cuchicheos a media voz. La presencia de las fogatas perimetrales instaladas por la guardia real nos recordaba que éramos prisioneros en nuestra propia tierra, acorralados por el reloj implacable que marcaba las horas hacia el amanecer.
Adentro de la casita, el aire olía al humo dulce de la cera de abejas y a la lavanda seca que siempre guardaba entre las sábanas. Tras una cena silenciosa en la que ninguno de los dos pudo probar más de dos bocados, Antonio y yo acostamos a los tres pequeños.
Mateo se quedó dormido sujetando la mano de su padre hasta el último instante, mientras las gemelas, ajenas al drama que se cernía sobre nuestras vidas, descansaban abrazadas, con sus bucles negros enredados sobre la cobija blanca. Antonio permaneció de rodillas junto a ellos durante largo tiempo, acariciando la frente de cada uno con la delicadeza de quien intenta grabar en la yema de sus dedos la textura exacta de sus rostros.
Cuando finalmente se puso de pie, cruzó la estancia y me tomó de la mano sin pronunciar palabra. Nos retiramos al pequeño rincón donde estaba nuestra cama, apartando la cortina de tela gruesa que nos aislaba del resto de la estancia.
La velada fue de un dolor sordo y brillante, una intimidad tan desgarradora y profunda que cada respiración parecía doler en los pulmones. No hubo desesperación ni llantos desbordados en ese espacio reducido, ambos sabíamos que las lágrimas nos robarían el tiempo escaso que nos quedaba. En su lugar, hubo un amor limpio, maduro y sagrado, concentrado en la urgencia de sostenernos el uno al otro antes de que el abismo nos separara.
Antonio se quitó la camisa con parsimonia. Me acerqué a él en silencio y comencé a desabrochar los botones de mi vestido. Mis manos, que habían temblado durante todo el día ante los preparativos y las órdenes de los soldados, encontraron una firmeza extraordinaria al rozar su piel.
Se inclinó sobre mí y me besó. Fue un beso distinto a todos los que nos habíamos dado en nuestras noches de casados. Tenía el sabor amargo de la despedida, pero también la calidez milenaria de todas las promesas que habíamos tejido desde la infancia. Sus labios recorrieron mi frente, mis párpados hinchados por el cansancio y el contorno de mis pómulos, deteniéndose en mi cuello para respirar hondo, como si quisiera llenar sus pulmones con mi aroma para que le durase todo el viaje hasta el frente de batalla.
-Esmeralda... mi hermosa gitana
Susurró contra mi piel, con una voz rasgada por una emoción contenida que luchaba por no quebrarse.
Alcé la vista hacia él. En sus ojos oscuros, iluminados por la pequeña llama del velón, no vi miedo. Vi una devoción ciega, una lealtad absoluta que superaba las leyes de los hombres y la crueldad de la guerra.
Nos acostamos juntos sobre las cobijas de lana, envolviéndonos en el mismo abrazo apretado en el que habíamos superado tantos inviernos. Cada caricia esa noche era un juramento silencioso. Deslicé mis manos por sus hombros fuertes, grabando en mi memoria el calor de su cuerpo, el pulso acelerado de su garganta y la manera en que sus dedos se enredaban en mi cabello azabache.
Mientras la madrugada comenzaba a teñir las rendijas de la madera con un tono azulado y frío, permanecimos acostados, con mi cabeza apoyada en su pecho y sus brazos rodeándome la cintura con una firmeza que no decayó en ningún momento.
Antonio llevó su mano hacia el cordón que colgaba de mi cuello. Sacó el pequeño amuleto de madera y la piedra verde del arroyo que yo siempre llevaba conmigo y lo apretó en su palma junto con su propia mano.
-escúchame con toda tu alma
Dijo en un murmullo profundo, que retumbó directamente en mi oído.
-van a llevarse mi cuerpo a esa guerra que no es nuestra, pero mi alma, mi corazón y mi lealtad se quedan aquí, encerrados en esta casita, contigo y con mis tres hijos
Apreté mis labios contra su pecho, sintiendo el aroma familiar de su piel.
-el camino es muy largo, Antonio... las batallas son crueles. La gente dice que muchos hombres no regresan jamás de esas tierras del norte
Él se incorporó ligeramente, tomando mi rostro entre sus dos manos grandes y cálidas, obligándome a clavar mis ojos en los suyos sin posibilidad de huir.
-la gente no sabe de qué está hecha nuestra sangre. Un gitano no muere en una guerra ajena cuando tiene una razón para vivir como la que yo tengo. Yo voy a regresar. Te lo juro por la memoria de mis ancestros, por la honra de mi padre y por la vida de Mateo, Carmen y Naiara.
-te esperaré el tiempo que haga falta, Antonio. Cuidaré de la casita, criaré a nuestros hijos en el orgullo de tu nombre y mantendré vivo este fuego hasta el día en que vuelvas a cruzar ese umbral
-«Donde la piedra del río se apaga, mi sangre te guarda»
Murmuró él, sellando el pacto de nuestra infancia sobre mis labios una última vez.
-«Y donde el fuego resista, mi vida te espera»
Completé, sintiendo que esas palabras se transformaban en una armadura invisible que protegería nuestras almas en la oscuridad que se avecinaba.
Un corneta militar sonó a lo lejos, en la entrada del valle. El toque helado y metálico cortó el aire de la madrugada, anunciando que la hora de la marcha había llegado.
Antonio cerró los ojos por un instante, soltando un largo suspiro que le estremeció todo el cuerpo. Luego, me besó la frente con una lentitud sagrada, se levantó de la cama y comenzó a vestirse en silencio para enfrentar el amanecer más amargo de nuestras vidas.