Diario Esmeralda

Diario 7

Madrugada gris de la partida.
El velón ha consumido su última gota de cera y el frío de la madrugada se cuela por las rendijas de nuestra casita, pero en mi piel aún quema el calor de sus brazos. No he dormido un solo segundo, ¿Cómo podría entregarme al sueño cuando cada palpitar de mi corazón medía los minutos que me quedaban a su lado?
Esta noche no fuimos los jóvenes que jugaban a ser esposos, ni los padres abrumados por la crianza. Fuimos una sola alma aferrada a la vida en medio de la penumbra. Las horas se nos escurrieron entre los dedos como el agua clara del arroyo, pero cada caricia, cada mirada y cada beso de Antonio quedaron grabados a fuego en mi memoria.
Todavía siento en mi oído el retumbo de su voz cuando me tomó el rostro y me juró que volvería. Le creo con la fe ciega con la que siempre lo he seguido desde que éramos niños. Mi Antonio no pertenece a los reyes, ni a los señores de la villa, ni a sus guerras lejanas; mi Antonio pertenece a esta tierra, a esta casita y al abrazo de sus tres hijos.
El toque de corneta acaba de romper la paz del valle. Es un sonido metálico, feo y helado que me atraviesa las entrañas como un cuchillo. Lo veo levantarse en la penumbra, ajustándose el chaleco de cuero que aún huele a nuestro hogar. Se me rompe la vida en mil pedazos al verlo vestirse para marchar hacia lo desconocido, pero no voy a llorar frente a él. Le prometí fortaleza y le entregué mi bendición.
Él juró regresar sin importar la distancia, y yo le he jurado esperarlo intacta, cuidando la llama de esta casa hasta que el destino vuelva a traerlo a mis brazos. Que los ancestros me lo guarden en el camino. Mi vida se va con él.




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