El amanecer no trajo luz, sino una penumbra cárdena y helada que envolvía los carromatos como una mortaja. El viento del norte bajaba de las cumbres aullando entre las lonas, y el barro del camino principal se había congelado en surcos duros y pálidos que crujían bajo el paso de las botas militares.
Salimos de la casita cuando el segundo toque de corneta retumbó en la entrada del asentamiento. Antonio caminaba a mi lado, erguido y en silencio, cargando su petate sobre el hombro. En su otra mano llevaba sujetado a Mateo. Yo avanzaba un paso por detrás, sosteniendo en mis brazos a las gemelas, envueltas en una misma manta de cuadros rojos, apoyaban sus cabecitas contra mi pecho, tiritando por el frío y asustadas por la atmósfera lúgubre que dominaba el valle.
En el centro del campamento se agolpaba el pueblo entero. No quedaba una sola alma dentro de las carretas. Las mujeres maduras se apretaban los pañuelos negros contra la boca para ahogar los sollozos, los ancianos, enfilados a lo largo del sendero, observaban la escena con rostros de piedra, masticando una rabia impotente que no encontraba salida.
Los doce hombres jóvenes seleccionados por el reclutamiento estaban siendo alineados en medio del barro por los soldados de casaca azul. Entre ellos estaban los primos de Antonio, los muchachos con los que había crecido cortando leña, domando potros y cantando alrededor de las fogatas. Ahora vestían capas oscuras y llevaban atadas a las espaldas las escasas pertenencias que sus familias habían logrado reunir durante la noche.
El capitán de la compañía, montado sobre un tordo alto que resoplaba vapor blanco por las narices, desenvainó su sable y lo alzó hacia el cielo gris.
-¡Atención! ¡Familiares, manténganse al margen del camino! Tienen cinco minutos para las despedidas finales. Después de eso, la columna iniciará la marcha y no se tolerará ningún retraso
El anuncio desató una ola de llanto y abrazos desgarradores a lo largo de toda la fila. Las madres se arrojaban a los cuellos de sus hijos, besándoles las manos y las frentes mientras los sacerdotes gitanos e invocaban las bendiciones de los ancestros sobre sus cabezas.
Antonio se giró hacia nosotros. La dureza que había mantenido para encarar a los oficiales se desmoronó por completo al mirar a nuestros tres pequeños.
Se hincó de rodillas en el barro helado, quedando a la altura de los niños. Mateo fue el primero en acercarse. El pequeño de cinco años, que había intentado mantenerse firme imitando a su padre, no pudo contenerse más al ver los carruajes militares listos para partir. Un sollozo agudo se le escapó del pecho y se arrojó contra el cuello de Antonio, abrazándolo con una fuerza desesperada.
-¡No te vayas!
Suplicó el niño, hundiendo la carita en el hombro de su chaleco de cuero.
-¡Dijiste que los hombres fuertes se quedan a cuidar la casa! ¡Yo no quiero que te vayas!
Antonio cerró los ojos con vehemencia, apretando a Mateo contra su corazón con un estremecimiento que le recorrió toda la espalda. Le besó las mejillas, limpiándole las lágrimas con sus pulgares ásperos.
-escúchame bien, mi capitán
Le dijo Antonio con la voz rota por la emoción, pero buscando una firmeza desesperada en sus palabras.
-el hombre fuerte a veces tiene que salir a despejar el camino para que su familia viva en paz. Te dejo a cargo de tu madre y de las niñas. Eres el hombre de la casa hasta que yo vuelva, ¿Entendido?
Mateo asintió entre hipos, apretando los puñecillos contra su propia garganta.
Luego, Antonio se volvió hacia mí y hacia las gemelas. Bajé a las niñas al suelo, manteniéndolas sujetas de la mano. Carmen y Naiara, con sus tres añitos y sus grandes ojos oscuros llenos de confusión, miraban a su padre sin comprender por qué los soldados los rodeaban con armas relucientes.
-¿A dónde vas, papi?
Preguntó Carmen, estirando la manita para tocarle la mejilla.
-¿Vas a traer manzanas dulces del mercado?
Antonio soltó una carcajada ahogada que pareció un sollozo, tomándola en brazos junto a Naiara. Las abrazó a las dos al mismo tiempo, sepultando su rostro en la masa de bucles negros que ambas compartían. Les besó los cabellitos, las mejillas y las manos diminutas, respirando su aroma infantil como si quisiera almacenarlo en su alma.
-papá va a volver muy pronto, mis reinas
Les susurró al oído, bajándolas con delicadeza sobre el césped escarchado.
Finalmente, se puso de pie y se planteó frente a mí.
Nos miramos a los ojos en medio del vocerío desgarrador que rodeaba a la columna. No necesitábamos palabras. En esa mirada final estaba condensada nuestra infancia en el arroyo, la noche de bodas bajo las estrellas, el nacimiento de nuestros tres hijos y la promesa indestructible que nos habíamos hecho en la penumbra de la casita unas horas antes.
Me acerqué a él y lo abracé. Fue un abrazo apretado, feroz, un choque de cuerpos y almas en el que intenté transferirle toda mi fuerza, mi calor y mi vida para que lo acompañaran en las trincheras del norte. Él me rodeó la cintura, alzándome apenas unos centímetros del suelo, pegando su frente a la mía mientras nuestras respiraciones se mezclaban en el aire congelado.
-donde la piedra del río se apaga...
Murmuró con la voz ahogada en mi oído.
-...mi sangre te guarda
Completé en un suspiro que me abrasó la garganta.
-¡Tiempo agotado! ¡Formen la columna! ¡Marcha!
Gritó el capitán desde su montura, haciendo sonar el sable.
Los guardias comenzaron a empujar con los mosquetes a los hombres, separando con violencia a las madres y a las esposas. Antonio se soltó de mi abrazo lentamente, manteniendo sus dedos entrelazados con los míos hasta el último milímetro, hasta que la distancia se volvió inevitable.
Dio media vuelta y ocupó su lugar en la fila junto a su padre y sus primos. No miró hacia atrás de inmediato, sabía que si lo hacía, la voluntad se le quebraría en mil pedazos.
La columna militar se puso en movimiento. El golpe sordo de decenas de botas sobre el barro congelado comenzó a marcar un ritmo lúgubre y constante. Las mujeres del campamento rompieron en un llanto colectivo, un alarido de luto que resonó por todo el valle y que hizo volar a las bandadas de cuervos desde las copas de los robles.
Tomé a las gemelas en brazos y sujeté a Mateo por el hombro, manteniéndome firme en la orilla del camino. Las lágrimas corrían libremente por mis mejillas, pero no dejé caer la cabeza. Quería que la última imagen que Antonio tuviera de mí fuera la de una mujer en pie, custodiando a sus hijos.
A unos cincuenta metros, justo antes de que el camino doblara por la ladera de la colina y la vegetación del bosque engullera a la columna, Antonio se detuvo un instante. Se giró hacia nosotros, alzó su mano derecha hacia el cielo e hizo el gesto antiguo de la bendición de nuestra estirpe. Mateo alzó su pequeña mano respondiendo al saludo, mientras las gemelas agitaban los brazos llamando a su padre con voces agudas que se perdían en el viento.
Un segundo después, la casaca oscura de Antonio desapareció tras los árboles.