Diario Esmeralda

Capítulo 18

El camino de regreso a la casa fue el trayecto más largo y pesado de toda mi vida. Mis pies se movían sobre el barro congelado por puro instinto, como si la mitad de mi cuerpo se hubiera marchado tras la columna militar que acababa de perderse en el recodo del bosque. Llevaba a las gemelas en brazos, sintiendo su peso inusual y el temblor de sus pequeños cuerpos ajados por el frío, mientras Mateo caminaba aferrado a la orilla de mi falda, en silencio, con los ojos fijos en el suelo.
A nuestro alrededor, el campamento era el escenario de una devastación invisible pero absoluta. Las lágrimas se habían transformado en un dolor mudo que paralizaba las manos. Algunas mujeres permanecían sentadas en los estribos de los carromatos, mirando la nada, otras recogían los platos de la cena anterior con una lentitud de sombras. Los ancianos, mantenían las cabezas bajas. La fuerza joven, el aliento y la risa del pueblo se habían evaporado en cuestión de una hora.
Llegué al porche de nuestro hogar y empujé la puerta de madera con el pie.
Al cruzar el umbral, la realidad me golpeó el pecho con la violencia de una maza de hierro.
La casita estaba helada. La pequeña llama del velón que habíamos dejado encendido de madrugada se había consumido por completo, dejando solo una hebra finísima de humo negro que flotaba en el aire estancado. El olor de nuestro hogar continuaba allí, intacto, pero sonaba vacío.
Acomodé a las gemelas sobre el camón de madera, cubriéndolas con la manta de lana gruesa. Carmen se chupaba el pulgar con la mirada perdida en las vigas del techo, mientras Naiara cerraba los ojos muy apretados, acurrucándose contra su hermana como si buscara una protección que el mundo exterior ya no parecía ofrecerles.
Mateo se soltó de mi falda y caminó despacio hacia el rincón del taller de su padre. Se detuvo frente al tronco seco donde la tarde anterior Antonio le había enseñado a manejar la navaja. Sobre la madera aún quedaban las virutas doradas de pino y el cuchillo pequeño que su padre le había regañado por dejar desordenado. El niño extendió la mano, tomó el pedazo de madera a medio tallar y lo apretó contra su pecho con una desesperación silenciosa.
Ver a mi hijo mayor intentar contener un llanto que le deformaba el rostro fue el detonante que me rompió por dentro.
Me dejé caer de rodillas en medio de la estancia, y me cubrí la boca con las dos manos para ahogar el alarido que amenazaba con salirme de las entrañas. La soledad se abatió sobre mí como un manto de plomo. La ausencia de Antonio era una presencia física, una sombra enorme que ocupaba cada rincón de la casita.
Miré la cama matrimonial. Las cobijas aún conservaban el desorden de nuestra última noche juntos, la forma de su cuerpo marcada en el colchón de paja y la almohada donde su cabeza había descansado horas antes. Me arrastré por el suelo hasta el borde del lecho, me abracé a su almohada y hundí el rostro en la tela, buscando desesperadamente el aroma de su piel, el rastro de su sudor, la prueba intangible de que todo lo vivido no había sido más que una pesadilla de la que pronto despertaría.

-¿Cómo voy a hacer esto sin ti, querido esposo? ¿Cómo voy a sostener esta casa sola?

Solté, en un susurro destrozado, sintiendo que las lágrimas me quemaban las mejillas como gotas de aceite hirviendo.
Por primera vez, el miedo me paralizó por completo. No era el miedo a la pobreza o a las amenazas de los señores de la villa, era el terror al silencio, a la responsabilidad absoluta de mantener con vida la esperanza de tres criaturas inocentes mientras el hombre que era mi escudo y mi vida marchaba a paso de carga hacia las trincheras del norte.
Me quedé allí, tirada en el suelo helado, sintiendo cómo los minutos se transformaban en horas amargas. La casa parecía haber perdido sus colores, todo se veía gris, frío y ajeno. El reloj de la necesidad había comenzado a correr, pero mi alma se negaba a dar el primer paso.
Un toque suave en el hombro me sacó de la bruma del dolor.
Abrí los ojos y vi a Mateo de pie a mi lado. En sus ojos oscuros, idénticos a los de su padre, vi una chispita de determinación que me dejó sin aliento. Llevaba en una mano el pedazo de madera de pino y en la otra un cuenco de madera vacío.

-mamá...

Dijo en un murmullo inquieto, jalándome con suavidad de la manga de la camisa.

-mis hermanas tienen frío. Y el fuego del fogón se está apagando

Sus palabras cayeron sobre mi parálisis como un jarro de agua helada.
Miré hacia las gemelas. Naiara había comenzado a tiritar bajo las mantas, y Carmen me miraba desde la cama con sus grandes ojos almendrados, esperando que la madre que siempre lo resolvía todo se pusiera de pie y encendiera la luz del hogar.
En ese instante, las palabras de Antonio resonaron en mi mente con la claridad de una campana de bronce:
«Mientras yo no esté, tú eres la dueña de esta casa. Tienes que ser fuerte, Esmeralda. Por Mateo, por las niñas... por mí».
Cerré los ojos, tragué el nudo de hiel que me ahogaba la garganta y dejé salir un largo suspiro. El dolor no iba a desaparecer, la ausencia de mi esposo me acompañaría cada segundo de cada día como una herida abierta. Pero no podía darme el lujo de derrumbarme. Si yo caía, la casa que Antonio había construido con sus manos y defendido con su honor se transformaría en un ruina.
Limpié las lágrimas de mi rostro con el dorso de la manga, tomé la mano de Mateo y me puse de pie.

-vamos a encender el fuego. Tu padre dejó la leña lista, y nosotros no vamos a dejar que esta casa se enfríe

Caminé hacia el fogón, tomé el eslabón de hierro y la piedra de pedernal, y me dispuse a enfrentar la primera de las mil batallas que me aguardaban en la soledad de nuestro refugio.




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