Tarde gris y helada.
El silencio de esta casa es un monstruo silencioso que me oprime el pecho. Antonio se ha ido apenas hace unas horas y siento que los días han perdido todo su color, transformándose en una sombra pesada que amenaza con ahogarnos a todos. Regresar a nuestra casita tras ver desaparecer su figura tras las colinas del norte ha sido el tramo más amargo que he caminado jamás.
La casa estaba helada, vacía de su aliento. Me dejé caer en el suelo, abrazada a su almohada, buscando desesperadamente el olor a cuero, a pino y a su piel que todavía impregnaba las mantas de nuestra última noche. Por un momento sentí que no podría, que la responsabilidad me aplastaría la vida y que mis veinte años se quebraban definitivamente ante la soledad absoluta.
Pero entonces Mateo me tomó de la manga. Mi pequeño niño me miró con los mismos ojos oscuros y profundos de su padre y me recordó que las gemelas tenían frío y que el fuego se apagaba. En la mirada de mi hijo vi reflejado el último juramento de Antonio. Comprendí que no tengo derecho a derrumbarme, ni a dejar que la tristeza apague el refugio que levantamos con tanto amor.
He encendido el fogón con la leña seca que Antonio dejó cortada antes de partir. Las niñas ya duermen acurrucadas y Mateo descansa a mi lado, velando el sueño de sus hermanas con el trozo de madera que su padre le dejó a medio tallar. Su ausencia me duele en cada hueso, pero este hogar no se va a enfriar. Seré el escudo de mis hijos, cuidaré esta casa y sostendré la llama viva hasta el día bendito en que vuelva a escuchar sus pasos cruzar el umbral.