Diario Esmeralda

Capítulo 20

Tres semanas habían transcurrido desde la mañana en que la columna de soldados engulló a nuestros hombres en el recodo del bosque. Tres semanas en las que el tiempo parecía haber adquirido una densidad distinta, como si las horas avanzaran a rastras sobre un camino de lodo helado. El campamento había aprendido a funcionar en una especie de vigilia disciplinada, las mujeres sosteníamos las tareas diarias y los ancianos velaban la entrada del valle, pero la falta de noticias del frente norte pesaba sobre los hombros de todos como una sombra constante.
Una tarde, mientras la llovizna fina de principios de invierno tamborileaba sobre las lonas del tejadillo, un mercader ambulante al que nuestra gente conocía desde hacía años se adentró en el asentamiento. Traía telas, sal y una noticia valiosa: al día siguiente pasaría por la posta del pueblo vecino un estafeta del servicio postal que recogía la correspondencia para los destacamentos del ejército en la frontera.
Aquella pequeña oportunidad resonó en mi pecho como una campana en medio de la noche.
En cuanto el mercader se retiró a la tienda de los ancianos a beber un tazón de té caliente, entré a la casa y cerré la puerta. Mateo estaba en un rincón enseñándoles a las gemelas a trazar números sobre una tabla de madera pulida con un pedazo de tiza blanca. Les pedí en un susurro que continuaran jugando tranquilos, me acerqué a la pequeña mesa del rincón y saqué del arcón de cedro un tintero de cristal oscuro, una pluma de ave tallada con esmero y una hoja de papel de hilo que había guardado celosamente durante años para una ocasión especial.
Me senté en el taburete. Mis manos, fortalecidas por el trabajo duro de los últimos días y acostumbradas al hacha, la aguja y la masa del pan, temblaron ligeramente al posar la punta de la pluma sobre el papel limpio.
¿Cómo comprimir en unas cuantas líneas la inmensidad del amor, el dolor de la ausencia y la certeza absoluta de una promesa que no se doblaría jamás?
Ajusté la luz de la vela y comencé a escribir. La tinta negra fue dibujando sobre la superficie porosa cada una de las palabras que mi alma había acumulado durante aquellas tres semanas de silencio:
«A mi amado Antonio, dondequiera que la guerra y el deber te hayan llevado.
Te escribo esta primera carta con la luz de la misma vela que iluminó nuestra última noche juntos. Afuera de nuestra casita, el frío del invierno ha comenzado a apretar con ganas sobre el valle, pero quiero que sepas, esposo mío, que dentro de estas paredes de madera que levantaste con tus manos el fuego permanece encendido y la vida sigue brotando con la misma fuerza de siempre.
Tus tres pequeños están sanos y fuertes. Mateo cumple a diario y con un orgullo enorme la encomienda que le dejaste; no hay mañana en que no me pida acompañar al abuelo a traer el agua o la leña, y cuida a sus hermanas con la gravedad de un hombre hecho y derecho. Lleva en el bolsillo de su chaleco el trozo de madera de pino que dejaste a medio tallar en el taller, y me dice por las noches que no dejará que nadie lo toque hasta que tú regreses a enseñarle cómo cerrarlo.
Carmen y Naiara preguntan por ti a cada momento. Carmen asegura que te fuiste a buscar las estrellas más grandes para traérselas en el petate, y Naiara... ay, mi vida, Naiara se pone tu sombrero de cuero por las tardes y camina por el porche imitando tus pasos, sacándonos a todos unas risas que son como un bálsamo en medio de tanta ausencia. No he permitido que el luto o el miedo entren por nuestra puerta. En este hogar se sigue cantando tu nombre, se recuerda cada una de tus bromas y tus hijos crecen con la certeza de que su padre es el hombre más valiente y honorable de esta tierra.
En el campamento las mujeres mantenemos la dignidad intacta. No hemos agachado la cabeza ante los señores de la villa ni ante la guardia. Tu padre, el mío y los ancianos vigilan nuestras espaldas, y nosotras hemos organizado el trabajo de tal modo que a ninguna familia le falte el pan ni el calor.
Antonio, mi amor... no te niego que las noches son muy largas y dolorosas. Hay horas en las que el silencio de nuestra cama se me vuelve insoportable, y busco en tu almohada el rastro de tu olor para recordar cómo respirar. Pero el dolor no me ha vencido ni me vencerá jamás. Recuerdo cada una de las palabras que me dijiste al amanecer, miro la piedra verde que cuelga de mi cuello y siento que tu promesa me envuelve como una armadura invisible.
Haz tu trabajo con la frente alta, mi gitano. Cuídate en las batallas, resguárdate del frío y no olvides ni por un solo segundo que aquí tienes un refugio sagrado que te aguarda intacto. No importa cuántas leguas te alejen de nosotros, ni cuántas lunas pasen antes de que volvamos a vernos; mi corazón, mi cuerpo y mi alma te pertenecen por entero y te esperarán el tiempo que haga falta.
‘Donde la piedra del río se apaga, mi sangre te guarda; y donde el fuego resista, mi vida te espera.’
Regresa a mí, Antonio. Regresa a tu casita, que tus hijos y tu esposa tienen la llama encendida para iluminar tu camino de vuelta.
Tuya para siempre,
Esmeralda.»
Terminé de escribir con los ojos nublados por lágrimas silenciosas, pero con una paz profunda instalada en el centro del pecho. Dejé secar la tinta con paciencia, doblando el papel de hilo en tres partes iguales. Quemé un poco de lacre rojo sobre la llama de la vela y sellé la carta con la marca de mi anillo de bodas, dejando impregnada mi propia firma en la cera tibia.
Al día siguiente, muy temprano, acompañé al mercader hasta el cruce de caminos donde aguardaba la estafeta postal. Entregué la carta en manos del correo, pagándole con una moneda de plata, y me quedé parada en la orilla del sendero viendo cómo el jinete guardaba el sobre en su bolsa de cuero y partía al galope hacia los caminos del norte.
Mientras el polvo del camino se disipaba en el aire matutino, llevé una mano a mi pecho y apreté el amuleto de madera y piedra. La primera carta había sido enviada, cargada con el aliento de mi alma y la firmeza de mi juramento. La distancia podía ser enorme y la guerra cruenta, pero el hilo invisible de nuestra lealtad acababa de tenderse a través de las leguas, sellando nuestro compromiso de resistir hasta el día de la victoria y el reencuentro.




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