Diario Esmeralda

Capítulo 21

El invierno avanzaba implacable, cubriendo las colinas del valle con una sábana de nieve fina que aislaba aún más nuestro asentamiento. Las mañanas se volvieron oscuras y cortas, los días transcurrían entre el crujir de la madera helada y el sonido sordo del viento golpeando contra las lonas del carromato. Sin embargo, adentro de nuestra casita, el frío no lograba echar raíces. Me había asegurado de que el fuego del fogón permaneciera encendido día y noche, pero, sobre todo, de que el aliento vital de nuestra estirpe mantuviera la casa más viva que nunca.
Con la ausencia de Antonio y el confinamiento forzado por el clima, comprendí que mi deber no se limitaba a alimentar a mis hijos o abrigarlos del viento. Las escuelas de la villa vecina nos cerraban sus puertas a los de nuestra sangre, y aunque no fuera así, yo no quería para mis pequeños una enseñanza que les enseñara a agachar la cabeza o a avergonzarse de lo que eran. A sus cinco años, Mateo necesitaba moldear su carácter, y Carmen y Naiara necesitaban llenar sus mentes de historias que las hicieran sentir invencibles.
Así, nuestra casita de madera se transformó en un aula sin paredes, un santuario de memoria y cultura bajo el techo de vigas de pino.
Todas las mañanas, después de terminar las tareas del hogar y de asegurarnos de que la leña estuviera seca, despejaba la mesa central de madera. Acomodaba a los tres niños sobre el banco largo, cubierto con un pellejo de oveja para que no sintieran el frío, y sacaba los pocos tesoros que guardaba en el arcón de cedro: la tiza blanca, un par de pergaminos limpios que me había regalado mi padre, mi pandereta de sonajas de latón y la guitarra vieja de madera de nogal que Antonio me había dejado colgada en la pared antes de marchar.

-hoy vamos a viajar muy lejos sin movernos de esta mesa

Les decía, capturando de inmediato la atención de sus grandes ojos oscuros.
Comenzábamos con las letras y los números. Yo trazaba con la tiza sobre la madera los signos que les enseñaban a contar las sacas de harina o las cabezas de ganado. Mateo era aplicado y silencioso, aprendía con una rapidez que me llenaba de orgullo, sujetando la tiza con los dedos manchados y repitiendo los trazos una y otra vez hasta que le salían perfectos. Las gemelas, en cambio, preferían contar utilizando las cuentas de colores de mis collares o los garbanzos secos que sacaba de la alacena, convirtiendo cada lección en un juego de risas.
Pero el verdadero corazón de nuestro día llegaba cuando guardábamos la tiza y la mesa se convertía en el escenario de la memoria de nuestro pueblo.

-escuchen bien, mis niños

Les hablaba en un murmullo misterioso, inclinándome sobre ellos mientras el humo dulce de la lavanda flotaba en el aire.

-nuestra gente no escribe su historia en libros gruesos de piel de vaca como los señores de la villa. La historia de la sangre gitana no se guarda en bibliotecas frías que se pueden quemar con una antorcha. La nuestra se escribe en la memoria de los hijos, se canta en las noches de campamento y se baila alrededor del fuego

Mateo se apoyaba sobre los codos, con la barbilla sobre sus puños cerrados, escuchando cada palabra con esa gravedad que era el vivo retrato de su padre.
Les enseñaba las orígenes de nuestra gente: las grandes caravanas que cruzaron continentes enteros guiadas solo por la posición de las estrellas; el significado del lenguaje secreto de las marcas en los árboles que los nuestros dejaban en los caminos para avisar si un pueblo era hospitalario o peligroso; y el valor supremo de la lealtad a la palabra dada, el palabra de gitano, un pacto que valía más que cualquier papel firmado con tinta de rey.

-¿Y por qué no nos quieren en la villa?

Preguntó una mañana Carmen, ladeando su cabecita llena de rizos negros.
Me tomé un segundo para responder, mirándola con ternura pero con la verdad por delante.

-nos tienen miedo, mi vida. Tienen miedo porque ellos necesitan muros de piedra, papeles sellados y soldados armados para sentirse seguros en un solo lugar. Nosotros, en cambio, llevamos nuestra casa a cuestas, somos libres como el viento de las montañas y no le doblamos la rodilla a nadie. La libertad de los demás asusta a quienes viven encadenados a sus pertenencias. Por eso ustedes nunca, escúchenme bien, jamás deben bajar la mirada ante un extraño

Luego venía la música. La música era la medicina del alma en aquella casa vacía.
Tomaba la guitarra de Antonio. Aunque mis dedos no tenían la misma agilidad ni la fuerza con la que él punteaba las cuerdas, conocía de memoria cada tono, cada rasgueo y cada copla que mi esposo solía cantar al atardecer. Apoyaba la caja de madera contra mi pecho y dejaba que las cuerdas de tripa entonaran las melodías antiguas de la estirpe.
Al primer acorde, las gemelas saltaban del banco como dos duendes descalzos. Naiara tomaba las castañuelas de madera que su abuelo le había tallado y Carmen agitaba la pandereta. Yo les enseñaba el compás, el taconazo firme sobre las tablas del suelo, la postura erguida del cuello y el movimiento grácil de las manos en el aire.

-¡Arriba esos brazos, Carmen!

Les corregía entre risas, marcando el ritmo con la voz.

-el baile de una gitana no es para entretener a nadie, es para hablar con la tierra y decirle que seguimos de pie, ¡Taconear fuerte, Naiara, que se escuche hasta la villa!

Las niñas giraban y reían, haciendo volar las faldas de flores que yo les había cosido con los retales sobrantes de mis viejos vestidos. Mateo, aunque al principio fingía una seriedad adulta para no bailar, terminaba por contagiarse, marcando el compás con las palmas mientras me miraba tocar.
En esos momentos, la casa se transformaba. Las paredes de madera se convertían en una fortaleza inexpugnable donde la cultura de nuestro pueblo se transmitía limpia, pura y orgullosa. Les enseñaba las propiedades medicinales de las hierbas del monte y les hacía memorizar las leyendas de los grandes patriarcas que supieron guiar a la comunidad a través de la peste y las persecuciones.
Al caer la tarde, cuando la luz dorada del sol poniente se filtraba por la pequeña ventana, nos sentábamos los cuatro juntos en la alfombra frente al fogón. Yo tomaba a las gemelas en mi regazo y Mateo se acurrucaba a mi lado, apoyando su cabeza en mi hombro.




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