En la esquina más resguardada de nuestra casita, debajo del camón matrimonial donde las mantas dobladas olían a lavanda y a humo de pino, descansaba un cofre de madera de roble con herrajes de hierro forjado. Era el mismo cofre en el que, en los primeros días de nuestro matrimonio, Antonio y yo guardábamos las escrituras simbólicas de los caballos, las pocas monedas de plata ahorradas de las ferias de primavera y los encajes antiguos que mi madre me regaló para el viático. Sin embargo, con el paso ininterrumpido de las estaciones, aquel baúl perdió su utilidad económica para convertirse en el sagrario de mi esperanza y en el testigo mudo de mi tormento.
Escribir a Antonio se volvió para mí una necesidad tan vital como respirar o encender el fogón al despuntar el alba.
Cada tres o cuatro semanas, coincidiendo con la bajada del mercader ambulante o con los viajes que los ancianos del campamento realizaban a la posta del pueblo para cambiar cestería por harina, yo preparaba mi pequeño altar de correspondencia. Desplegaba sobre la mesa el tintero de cristal oscuro, afilaba la pluma de ave y sacaba un pliego de papel de hilo de la reserva que administraba como si fuera oro molido.
Escribir era el único hilo invisible que me conectaba con él a través de las cientos de leguas de montañas, barro y trincheras que el ejército real había interpuesto entre nuestros cuerpos.
En esas cartas no había espacio para la queja ni para la desesperación desbordada. Aunque por las noches me ahogara en lágrimas sobre su almohada vacía, mi pluma solo dibujaba para Antonio la crónica viva y orgullosa del hogar que él había dejado a mi cuidado.
Le contaba en detalle el crecimiento asombroso de los tres niños. Le escribía cómo Mateo, que ya rozaba con la coronilla el borde de la mesa del taller, caminaba por el asentamiento con la misma zancada firme que él tenía, ajustándose el cinturón de cuero que su abuelo le había recortado a su medida. Le narraba las travesuras de las gemelas, las palabras nuevas que Carmen aprendía con una avidez pasmosa y la manera en que Naiara lograba salirse con la suya usando esa mismísima sonrisa ladeada y peligrosa que a Antonio tanto le gustaba poner cuando quería convencerme de algo.
«Las gemelas ya se saben de memoria la copla del arroyo», le escribí una tarde de finales de invierno, cuando la tinta se congelaba en la punta de la pluma si me demoraba demasiado entre palabra y palabra. «Ayer, mientras llovía a mares sobre la lona, Carmen tomó la pandereta y Naiara taconó sobre las tablas con una gracia que te habría hecho soltar la carcajada. Mateo las miraba desde el banco, intentando parecer un hombre serio, pero al final terminó tocando las palmas con ellas. Tu casita no está a oscuras, mi vida. Tienen la mesa puesta, el fuego vivo y la memoria de tu nombre en cada rincón.»
Le hablaba de las cosechas del valle, del estado de los caballos que teníamos escondidos en la cañada alta, del estado de salud de sus padres y de cómo yo misma había aprendido a reparar los herrajes sueltos de la puerta y a techar con paja seca el cobertizo de la leña para que la lluvia no nos dejara sin combustible. Cada pliego era un trozo de mi alma entregado al viento, una declaración inquebrantable de lealtad que terminaba siempre con el mismo verso sagrado que habíamos sellado en la infancia: «Donde la piedra del río se apaga, mi sangre te guarda; y donde el fuego resista, mi vida te espera.»
Sellar cada carta era un ritual casi religioso. Derramaba sobre el papel doblado una gota de lacre rojo caliente y estampaba la forma ovalada de mi Anillo de Bodas, apretando con fuerza el metal contra la cera para que llevara consigo la marca física de mi piel.
Luego venía la caminata hasta el camino real. Le entregaba el sobre sellado al correo o al arriero de confianza, pagándole con las pocas monedas que racionaba con precisión de cirujano, y me quedaba parada en la orilla del sendero, bajo el viento helado, viendo cómo el jinete se alejaba al galope hasta convertirse en un punto negro que se tragaba el horizonte.
Volvía a la casita con el corazón latiendo desbocado, alimentada por la ilusión dulce de que en unas pocas semanas aquel papel llegaría a las manos de mi esposo. Me imaginaba a Antonio sentado cerca de un fuego de campamento en las fronteras del norte, rodeado de soldados desconocidos, desplegando el pliego con sus manos grandes y ásperas, oliendo el rastro lejano de la lavanda y sonriendo al leer las ocurrencias de sus tres hijos. Esa imagen era el combustible que me permitía sostenerme en pie al día siguiente.
Pero los días comenzaron a acumularse como una montaña de piedra gris. Y con los días, las semanas; y con las semanas, los meses.
El invierno cedió su paso a una primavera tibia y verde que llenó las praderas de margaritas silvestres. Las gemelas cumplieron los cuatro años; Mateo celebró los seis con un pastel de miel y nueces que su abuela le preparó con las pocas reservas que quedaban en la despensa. Los días se volvieron largos y luminosos, pero del norte no llegaba absolutamente nada.
Cada vez que el polvo del camino anunciaba la llegada de la estafeta postal o del mercader, yo corría hacia la entrada del valle con las manos apretadas contra el pecho y la boca seca por la ansiedad. Aguardaba a que el hombre revisara su alforja de cuero gastado, esperando escuchar el nombre de Antonio Fernández o el mío.
-¿Nada para la casa del arroyo?
Preguntaba yo con la voz temblorosa, intentando mantener la dignidad intacta ante la mirada compasiva del arriero.
El hombre negaba con la cabeza, bajando la vista con tristeza.
-nada hoy, muchacha. Las llanuras del norte están revueltas por los combates. El correo de la tropa marcha con mucho retraso... hay que tener paciencia
«Paciencia», esa palabra amarga que sabe a ceniza.
Regresaba a la casita en silencio. Abría el cofre de roble de la esquina y sacaba una copia cuidadosamente manuscrita de la carta que acababa de enviar, depositándola al lado de las anteriores.
Con el paso del tiempo, la pila de pliegos doblados y sellados con lacre rojo dentro del baúl comenzó a crecer. Diez, quince, veinte cartas. Un tesoro de palabras apasionadas, de noticias familiares, de juramentos de amor y de recuentos de infancia que se acumulaban en la oscuridad de la madera sin recibir jamás una sola línea de respuesta.
El cofre de las cartas se convirtió en un monumento al silencio.
A veces, por las noches, cuando los tres niños ya dormían profundamente, yo me arrodillaba frente al baúl abierto. Pasaba los dedos por los sellos de cera roja de esas cartas que jamás sabría si habían llegado a su destino o si yacían destruidas en el barro de algún camino perdido. La falta de respuesta era un abismo devorador. ¿Habría recibido Antonio al menos una de mis palabras? ¿Sabría que Mateo ya sabía escribir su propio nombre? ¿O acaso mis cartas volaban hacia un vacío helado donde nadie las esperaba?
Apreté la tapa de roble con violencia, escuchando el chasquido seco de la cerradura. El silencio del frente era una tortura lenta que amenazaba con devorarme la mente, pero mientras el cofre guardara mis palabras y mi pecho guardara mi promesa, yo seguiría escribiendo al vacío, convencida de que el amor no necesita de rutas postales para encontrar el camino de regreso al corazón que lo espera.