Diario Esmeralda

Capítulo 23

El silencio que salía del cofre de las cartas amenazaba con volver el aire denso y pesado dentro de la casita, pero yo no podía permitir que la amargura echara raíces en el suelo donde pisaban mis tres niños. El llanto y la nostalgia eran lujos que me reservaba para las sombras de la madrugada, cuando el sueño vencía a los pequeños y solo el velón me hacía compañía. A la luz del día, mi deber era construir un universo de color y calidez para que la infancia de Mateo, Carmen y Naiara no quedara marcada por la sombra gris de una guerra lejana.
Aprendí a encontrar el valor supremo en las cosas más sencillas. Para una familia que vive aguardando un regreso, cada jornada que transcurre con salud, con pan en la mesa y con risas bajo el tejado es una pequeña victoria conquistada al destino.
Una tarde de domingo, cuando la primavera ya llenaba los campos de flores amarillas y olor a tomillo fresco, el clima nos regaló una tregua bendita. El sol poniente bañaba el porche con una luz dorada y dulce que invitaba a la fiesta. No necesitábamos un motivo especial ni una fecha señalada en el calendario, estar vivos y juntos era motivo más que suficiente para encender la alegría.
Despejé el rincón del porche y saqué al exterior el pequeño velador de madera y el cántaro de limonada fresca endulzada con miel de monte que había preparado por la mañana.

-¡A ver, mis artistas!

Anuncié al salir, agitando la pandereta para que las sonajas de latón soltaran su repique alegre.

-hoy el campamento entero va a escuchar que la casa de Antonio Fernández sigue de fiesta

Las gemelas, que ya tenían casi cinco años y caminaban con una desenvoltura encantadora, dieron un salto desde la hierba. Carmen lucía un vestido de flores rojas que yo le había arreglado recortando una de mis faldas viejas, y Naiara llevaba en el pelo una flor de jara blanca que Mateo le había cortado en la cañada.
Tomé la guitarra vieja de la pared y me senté en el estribo de la entrada. Afiné las cuerdas con cuidado, recordando la paciencia con la que Antonio apretaba las clavijas de madera antes de tocar. Al primer compás de la rumba, un ritmo rápido y luminoso que imitaba el galope de los caballos en la pradera, la atmósfera del porche se transformó.
Naiara fue la primera en saltar al centro del tablón de madera. Tenía la postura instintiva y orgullosa de las bailarinas viejas de nuestra estirpe: la espalda erguida, la cabeza alta y los brazos levantados dibujando círculos en el aire. Con sus pequeñas alpargatas marcaba el taconazo sobre las tablas con una fuerza asombrosa para su edad. Carmen se le unió de inmediato, tocando las palmas con un compás limpio y fino, girando alrededor de su hermana mientras sus faldas volaban como pétalos al viento.
Mateo, que a sus seis años recién cumplidos intentaba guardar la seriedad de los hombres maduros, se mantenía apoyado contra el marco de la puerta, con las manos metidas en los bolsillos de su chaleco. Sin embargo, vi cómo el pie derecho se le escabullía solo, marcando el ritmo contra la madera.

-¡Mateo, no te me hagas el viejo patriarca todavía!

Le grité sonriendo, sin dejar de rasguear la guitarra con energía.

-¡Ven a marcarle el compás a tus hermanas, que se te están yendo de compás!

El niño no pudo aguantar la sonrisa. Se sacó las manos de los bolsillos, dio tres pasos al frente y comenzó a tocar las palmas secas, marcando los remates de la música con un orgullo infantil que me llenó el pecho de una felicidad pura.
Desde las carretas vecinas, algunas mujeres y ancianos que pasaban por el camino se detuvieron a mirarnos. El sonido de nuestra pandereta y las risas de los niños actuaban como un imán en medio de la apatía general. Mi madre se acercó con una bandeja de buñuelos calientes de calabaza y la suegra de Antonio trajo un plato de uvas pasas. Lo que había comenzado como un rato de juego frente al porche se convirtió en una pequeña fiesta familiar improvisada, un refugio de júbilo donde la ausencia no producía tristeza, sino un deseo feroz de honrar la vida.
Bailamos y cantamos hasta que los dedos me dolieron de apretar las cuerdas de tripa y el sol se ocultó por completo detrás de las cumbres de la sierra, dejando un reguero de estrellas brillantes sobre el cielo transparente.
Ya entrada la noche, cuando el frío matutino volvió a descender sobre el valle, entramos a la casita. Arropé a los tres niños en el amplio camón de madera, acomodando las cobijas de lana tupida hasta sus barbillas. Las gemelas estaban rendidas tras horas de baile; sus mejillas morenas lucían encendidas y sus respiraciones ya eran pausadas y dulces. Mateo, sin embargo, permanecía con los ojos muy abiertos, mirando el brillo tenue de las brasas que quedaban en el fogón.
Me senté en el borde de la cama, acariciándole el cabello suave y negro.

-¿Tienes sueño, mi capitán?
-un poco, mamá... pero quiero que nos cuentes el cuento del guerrero antes de dormirme

Pidió el niño, tomándome la mano con sus dedos pequeños y cálidos.
Las gemelas, que solo parecían dormidas, abrieron los ojos de golpe al escuchar la petición de su hermano.

-¡Sí, mami! ¡El cuento del guerrero y el caballo blanco!

Suplicó Carmen, acurrucándose más cerca de mi costado.
Sonreí, sintiendo una ternura inmensa. En aquel hogar, las historias nocturnas no hablaban de duendes ni de reyes lejanos de cuentos de cristal. El único héroe que reinaba en la imaginación de mis tres hijos era su propio padre, elevado por mis palabras a la categoría de un mito invencible.

-está bien

Dije, bajando el tono de la voz para crear ese ambiente mágico que a ellos tanto les gustaba.

-escuchen bien, porque esta es la historia de cuando el guerrero Antonio tuvo que cruzar el Río de las Tres Piedras para proteger a su pueblo

Los tres se quedaron inmóviles, contenidos por el ritmo de mi relato.

-el guerrero no llevaba espadas de hierro como los soldados del rey. Él llevaba una armadura hecha con el amor de su esposa y la fuerza de sus tres pequeños. Dicen los que lo vieron marchar que tenía la mirada tan dura como el carbón encendido, y que cuando montaba su caballo, el viento de las montañas se apartaba para dejarlo pasar
-¿Y los hombres malos le tenían miedo?




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