Diario Esmeralda

Capítulo 24

La tranquilidad que habíamos logrado construir dentro de las paredes de nuestra casita, alimentada por las lecciones mañaneras, los bailes en el porche y las historias nocturnas, comenzó a verse turbada por una sombra sutil pero persistente que no venía de las trincheras del norte, sino de la propia villa. A medida que los meses pasaban y la ausencia de los hombres jóvenes se volvía una realidad cotidiana y desgastante en todo el valle, la vulnerabilidad de las mujeres que sosteníamos los hogares se convirtió en el blanco de miradas indiscretas.
La perturbación en mi vida tomó la forma de un hombre llamado Don Lorenzo.
No era un desconocido absoluto, aunque tampoco pertenecía a nuestra gente. Don Lorenzo era un criollo de unos treinta y cinco años, próspero comerciante de grano y aperos de labranza en el pueblo vecino, un hombre de complexión ancha, barba recortada con esmero y trajes de paño oscuro que siempre olían a manteca rancia y al tabaco caro que le gustaba fumar en pipa. Había aprovechado la escasez causada por la guerra para enriquecerse vendiendo suministros a las tropas y comprando a bajo precio las tierras de los campesinos endeudados.
Su primera aparición en el perímetro de nuestro asentamiento ocurrió una tarde de otoño, cuando el viento comenzaba a despojar de hojas a los robles. Yo me encontraba fuera de la casa, apilando los troncos de leña bajo el tejadillo del porche, cuando escuché el relincho suave de un caballo y el chirrido de una carreta pequeña.
Al alzar la vista, vi a Don Lorenzo desmontar de su tordo castaño a pocos metros de mi propiedad. Traía en las manos un saco pequeño de harina de trigo blanco y un frasco de cristal con miel de caña.

-buenas tardes tenga la señora de la casa

Dijo con un tono impostadamente suave, quitándose el sombrero de ala ancha con una inclinación exagerada de cabeza.
Me erguí despacio, limpiándome las manos de tierra en el delantal. Mateo, que estaba jugando cerca con las gemelas, corrió de inmediato a mi lado, colocándose medio paso por delante de mí con esa actitud vigilante que había heredado de su padre.

-buenas tardes, señor

Respondí con una inclinación helada de cabeza, manteniendo la distancia y sin ofrecerle espacio para avanzar hacia el porche.

-¿Se le ha perdido algo en nuestro asentamiento?

Don Lorenzo esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos pequeños y astutos. Avanzó dos pasos, dejando el saco de harina sobre el tronco seco donde Antonio solía tallar la madera.

-nada se me ha perdido, doña Esmeralda

Dijo, usando mi nombre con una familiaridad que me provocó un escalofrío en la espalda.

-he sabido por el mercader que las provisiones andan escasas en el campamento, y he pensado que una madre tan joven, con tres niños pequeños a su cargo, agradecería un poco de ayuda con la harina fina para los panes

Miré el saco de harina y luego le clavé la mirada directamente en sus ojos.

-agradezco su intención, pero en esta casa no nos falta el sustento. Mi padre y mi suegro proveen lo necesario para la familia. No tenemos necesidad de aceptar regalos de extraños

Don Lorenzo soltó una risita baja, acomodándose el cinturón de cuero sobre su vientre prominente. Se apoyó en la barandilla de mi porche con un atrevimiento que me hizo apretar los puños por debajo del delantal.

-no hay necesidad de ponerse a la defensiva, mujer. No es un regalo, tómelo como un gesto de buena vecindad. Un hombre de bien no puede quedarse de brazos cruzados viendo a una viuda... perdón, a una mujer tan moza pasando fatigas sola mientras su marido anda quién sabe dónde en las fronteras

La palabra «viuda», aunque la hubiera corregido a medio pronunciar, resonó en el aire como un insulto venenosamente calculado.

-mi esposo no andará «quién sabe dónde» por mucho tiempo

Repliqué, marcando cada sílaba con una frialdad absoluta.

-él está sirviendo en el ejército y regresará a este hogar. Y yo no soy una mujer sola, soy la esposa de Antonio Fernández y la dueña de esta propiedad

Mateo dio un paso al frente, agarrando un garrote de madera con las manos infantiles y mirando al comerciante con una ferocidad que hizo que la sonrisa de Don Lorenzo se congelara por un segundo.

-mi papá va a volver. Y a él no le gusta que los desconocidos toquen nuestra leña

El hombre miró al niño con una mezcla de sorpresa y desdén, pero de inmediato recuperó su máscara de falsa amabilidad. Alzó las manos en tono conciliador, aunque su mirada se demoró de un modo desagradable en las líneas de mi rostro y en la forma en que el viento ajustaba la tela de mi vestido sobre mis hombros.

-veo que el muchachito tiene el mismo genio cimarrón que su padre. Está bien, doña Esmeralda. No quiero molestar. Pero el invierno que se avecina va a ser muy duro en este valle, y las fuerzas de una mujer sola tienen un límite. Pasar por aquí de vez en cuando solo para comprobar que la casa de un valiente soldado sigue en pie es lo mínimo que un caballero puede hacer
-no necesitamos caballeros ni visitas en esta casa, señor

Sentencié, dando un paso atrás hacia la puerta y trayendo a Mateo hacia mi falda.

-que tenga un buen camino de regreso a la villa

Sin esperar su respuesta, tomé a Mateo del hombro, llamé a las gemelas que observaban desde la ventana y entré a la casita, cerrando el portón de madera con un golpe seco y pasando el traba de hierro por dentro.
Apoyé la espalda contra la madera de la puerta, sintiendo cómo el corazón me martilleaba las costillas. Desde la ventana de la estancia escuché el sonido sordo de los cascos del tordo alejándose despacio por el sendero.

-¿Quién era ese hombre feo, mami?

Preguntó Carmen, acercándose a tocarme la mano.

-nadie importante, mi vida

Mentí en un susurro, intentando calmar la agitación de mi pecho.
Sin embargo, por dentro sabía que no era verdad. Don Lorenzo no había venido a traer harina por caridad cristiana; había venido a marcar territorio, a medir las fuerzas de una casa despojada de su protector principal. Su presencia alrededor de nuestra propiedad era un buitre planeando sobre un nido que creía indefenso. La calma de nuestra casita acababa de romper su frágil armonía, y me di cuenta de que, mientras Antonio permaneciera ausente en el norte, la amenaza contra nuestro hogar no vendría solo de las leyes del rey, sino de las sombras indeseadas que acechaban a la vuelta de nuestro propio camino.




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