Diario Esmeralda

Capítulo 25

La primera visita de Don Lorenzo no fue una intrusión aislada, sino el primer movimiento de una estrategia tenaz y calculada. En las semanas que siguieron, el comerciante convirtió sus paseos "casuales" por el campamento en una presencia regular y exasperante. Parecía haber estudiado mis rutinas al milímetro: aparecía cuando los hombres mayores llevaban el ganado a los pastos altos o cuando los ancianos se retiraban a sus tiendas a resguardarse del aire helado de la tarde.
El hombre no venía abiertamente agresivo, ese no era su estilo. Don Lorenzo prefería la táctica de avanzar despacio, ofrecer una falsa mano amiga y generar una deuda moral que, tarde o temprano, pretendiera cobrar con creces.
Una mañana de mediados de noviembre, mientras yo me encontraba sacudiendo las mantas de lana en la barandilla del porche, escuché de nuevo el rodar pesado de sus carretas. Esta vez no venía solo en su tordo castaño; lo acompañaba un peón joven que conducía un pequeño carro cargado de tablones de roble y un saco grueso de sal marina.

-muy buenos días, doña Esmeralda

Dijo Don Lorenzo, deteniendo el carruaje a la distancia justa de la entrada, quitándose el sombrero con la misma cortesía almibarada que me revolvía las entrañas.

-veo que el viento del norte ha hecho estragos en el techadillo del establo. Se nota que esa madera está podrida y no va a aguantar la primera nevada seria

Me quedé inmóvil en el porche, con la manta apretada entre mis manos, mirándolo desde la altura de las tablas.

-el establo está en perfectas condiciones, Don Lorenzo

Respondí con una voz neutra, sin un solo matiz de calidez.

-mi suegro y mi padre lo revisaron la semana pasada
-con todo el respeto para los viejos, doña Esmeralda, pero sus ojos ya no ven la carcoma y sus brazos ya no tienen fuerza para alzar un buen pilar

Dijo, haciendo un gesto a su peón para que bajara dos gruesos tablones de la carreta.

-traigo aquí roble del bueno, cortado en mi propio molino. Le he dicho al muchacho que en un par de horas le deje esa estructura más firme que la iglesia de la villa. Y de paso, le dejo este saco de sal para la cecina. Una mujer con tres niños no debe andar cargando pesos por el camino

El peón dio un paso hacia el porche cargando la madera, pero me adelanté hasta el borde mismo de los escalones, interponiéndome en su camino con la postura erguida y la mirada clavada en el muchacho.

-detente ahí

Le ordené al peón con un tono tan tajante que el joven se congeló al instante, mirando de reojo a su patrón con evidente incomodidad.
Me volví hacia Don Lorenzo, asegurándome de que cada una de mis palabras resonara con claridad en el aire limpio de la mañana.

-señor Don Lorenzo, me parece que no fui lo suficientemente clara la última vez que estuvo en mi propiedad. En esta casa no hemos pedido su ayuda, no necesitamos sus tablones ni su sal, y mucho menos necesitamos que envíe a sus peones a trabajar en el terreno que pertenece a mi esposo

Don Lorenzo frunció el ceño imperceptiblemente, pero mantuvo la sonrisa dibujada en el rostro, aunque sus ojos oscuros se endurecieron.

-doña Esmeralda, por favor... no sea usted orgullosa. No hay nada de malo en aceptar el favor de un vecino influyente. Yo sé que la vida de una mujer sin un hombre al lado es dura, y mi intención es puramente... cristiana. Me entristece ver cómo se desgasta haciendo trabajos de fuerza que no le corresponden a sus manos finas
-mis manos finas, como usted las llama, son las manos que sostienen a mis hijos y las que mantienen este hogar en pie

Repliqué, dando un paso abajo para quedar más cerca de él, sin mostrar un solo atisbo de temor

-mi esposo, Antonio Fernández, es el único señor de esta casa. Todo lo que ve aquí lo construyó él con su esfuerzo, y lo que necesite reparación lo arreglaremos su familia y yo con nuestros propios medios. Aceptar sus favores sería faltarle al respeto a la memoria de su trabajo y a su lugar en esta familia
-Antonio está a quinientas leguas de aquí, muchacha

Soltó Don Lorenzo, bajando la voz hasta un murmullo que pretendía ser confidencial, pero que sonó a veneno puro.

-en la guerra las cosas cambian muy rápido. Hoy se está vivo y mañana... bueno, ya sabe usted cómo son los partes del ejército. No es sabio cerrarle la puerta a quien puede ser su único amparo si las cosas se ponen peor

Sentí que la sangre me hervía en las venas, pero me obligué a mantener la compostura. Cerré las manos en puños, apretando la piedra verde de mi collar contra mi pecho debajo de la ropa.

-mi esposo está vivo y regresará

Sentencié con una convicción que no admitía réplica.

-y mientras esta casa tenga un techo sobre las cabezas de mis hijos, el único amparo que necesitamos es el de nuestra propia estirpe y la protección de nuestros ancestros. Así que le pido, con la cortesía que me queda, que ordene a su mozo volver a subir esa madera al carro y se retire de mi propiedad

Don Lorenzo me miró en silencio durante varios segundos. La máscara de caballero benevolente se le agrietó por completo, dejando al descubierto la frustración de un hombre acostumbrado a que todo el mundo en la comarca se doblegara ante su dinero y su posición.

-es usted una mujer terca, Esmeralda

Dijo finalmente, tuteándome abiertamente por primera vez y omitiendo cualquier trato de respeto.

-el orgullo no se come cuando aprieta el hambre, ni calienta la cama cuando el invierno aprieta
-mi orgullo es mi dignidad, Don Lorenzo. Y esa no se vende por un saco de sal ni por cuatro tablones de roble

Respondí, dándole la espalda sin más contemplaciones y caminando decidida hacia la puerta de la casita.

-¡Nos volveremos a ver, muchacha!

Exclamó él desde la carreta, mientras el peón apresurado volvía a cargar la madera.

-el invierno va a ser muy largo en este valle, y las fuerzas se acaban




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