Diario Esmeralda

Diario 10

Querido Antonio:
Te escribo esta noche al calor de una vela que se consume despacio, mientras el viento del norte azota los tablones de nuestra casita con un silbido helado y hambriento. Los niños ya duermen. Mateo descansó su cabeza sobre mi regazo hasta que el sueño lo venció, sosteniendo entre sus manos el pequeño caballo de madera que le tallaste antes de marcharte. Carmen y Naiara guardan un silencio tranquilo entre las mantas de lana, ajenas por completo a las sombras que rondan más allá de nuestro cerco.
No quiero llenarte el corazón de pesadumbres en medio de las penalidades que de por sí ya estarás sufriendo en el frente, pero necesito soltar en estas páginas la carga que me oprime el pecho. Hoy volvió Don Lorenzo. Ya no viene disimulando sus intenciones bajo la máscara de la buena voluntad o los regalos de harina y sal. Esta tarde se detuvo en el linde del camino, flanqueado por dos de sus hombres, y sus palabras tuvieron el sabor amargo de una amenaza velada. Me dijo que la guerra se está comiendo los recursos de la provincia y que pronto las autoridades de la villa empezarán a requisar los graneros y el ganado de las familias que no tengan un «protector» influyente que abogue por ellas ante el juez de paz.
Me miró con esa sonrisa calculadora, sugerente y despreciable, asegurándome que bastaría una palabra suya para que nuestra casita y nuestras tierras quedaran exentas de cualquier requisa. «Una mujer sola no puede sostener esta carga», volvió a repetirme, como si la ausencia de tu cuerpo en esta mesa borrara de golpe mi dignidad y tu presencia en cada rincón de esta tierra.
Le respondí con el alma erguida, Antonio. Le dije que antes vería arder el grano que le hemos sudado a la tierra que aceptar la sombra de su amparo. Mi padre y el tuyo han apostado guardia cerca del porche al caer la tarde, pero sé bien que el peligro que representa este hombre no se combate con machetes, sino con la paciencia y la astucia.
Te extraño con un dolor físico que se me instala en la garganta al caer la noche. Toco la piedra verde de tu collar y le pido a las fuerzas de nuestros viejos que te traigan con bien. Vuelve pronto, mi amor. Esta casa te sostiene en cada pensamiento, pero mis brazos empiezan a sentir el peso desgastante de mantener a raya a las hienas.
Tuya siempre,
Esmeralda.




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