El invierno cayó definitivamente sobre el valle, congelando las charcas del sendero y cubriendo las vigas de nuestro porche con una costra de escarcha dura como el cristal. Con la llegada de los días más helados del año, las visitas de Don Lorenzo perdieron cualquier vestigio de cortesía rural o disimulo socarrón. El rechazo sistemático a sus sacos de harina, a su madera de roble y a sus insinuaciones piadosas había herido el orgullo de un hombre acostumbrado a que los vecinos del pueblo le solicitaran favores de rodillas.
Una tarde gris de principios de diciembre, mientras la niebla bajaba pesada desde las cumbres de la sierra, el sonido de los cascos de su tordo castaño volvió a retumbar contra las piedras del camino. Esta vez no traía carretas de suministros ni peones con aperos de labranza. Venía solo, embozado en una capa gruesa de paño negro con cuello de terciopelo, con el rostro enrojecido por el frío y la mirada turbia de quien ha estado bebiendo aguardiente de caña para darse valor.
Yo me encontraba en el porche, terminando de picar un haz de tomillo seco para las infusiones de la noche. Mateo estaba dentro de la casa, limpiando la mesa tras las lecciones, y las gemelas jugaban sobre la alfombra de piel frente al fogón.
Don Lorenzo no se molestó en desmontar con parsimonia ni en quitarse el sombrero con reverencia. Detuvo su montura a menos de dos metros de los escalones del porche, dejando que el animal resoplara bocanadas de vapor caliente directamente sobre la madera.
-sigue usted pasando frío en este porche, doña Esmeralda
Dijo con una voz pastosa, arrastrando las palabras con una mezcla de cinismo y arrogancia que me puso en guardia de inmediato.
Me enderecé despacio, sosteniendo el cuchillo de picar en la mano derecha y apoyándolo con firmeza contra el borde de la mesa de trabajo.
-el frío de mi porche se pasa con el fuego del fogón, Don Lorenzo, y como ya le he dicho en varias ocasiones, no necesito que venga a preocuparse por mi temperatura ni por el estado de mi casa
El hombre soltó una carcajada amarga, una risa seca que resonó con fealdad en el silencio del asentamiento desierto. Apoyó las dos manos sobre el pommel de su montura y se inclinó hacia adelante, reduciendo la distancia entre ambos.
-¡Qué arrogante es la sangre gitana cuando cree que todavía tiene algo que defender!
Exclamó, mirándome de arriba abajo con un descaro absoluto.
-he tenido demasiada paciencia con usted, muchacha. He venido aquí como un caballero, ofreciéndole mi pan, mi techo y la protección de mi nombre ante los jueces de la villa. Y usted me responde como si fuera la reina de este campamento miserable
-soy la dueña de mi casa y la esposa de Antonio Fernández
Sentencié, clavándole la mirada sin pestañear.
-no necesito más nombre ni más protección que la suya.
-¿La esposa de Antonio?
Repitió él, con una mueca de desprecio que deformó sus facciones.
-¡Por Dios, Esmeralda, despierte de una vez de ese sueño de niña boba! Hace un año que esa columna marchó hacia el norte, ¿A cuántas cartas le ha respondido su flamante esposo? ¿Cuántos giros de dinero le ha mandado desde la frontera? ¡Ninguno!
Las palabras cayeron sobre mi pecho como puñetazos de hierro. La mención del cofre de las cartas sin respuesta era una herida abierta que este hombre pretendía hurgar con saña.
-eso es un asunto privado de mi familia que a usted no le incumbe
Repliqué, sintiendo cómo la sangre me hervía en las sienes pero manteniendo la voz firme.
-¡Le incumbe a todo el mundo que tenga ojos en la cara!
Alzó la voz Don Lorenzo, espantando a su caballo con un movimiento brusco de las riendas.
-los partes militares que llegan a la comandancia de la villa no mienten, muchacha. Las llanuras de la frontera están sembradas de fosas comunes. Esos regimientos de levas provinciales son los primeros que mandan a la carnicería frente a los cañones. Tu Antonio probablemente esté criando malvas bajo dos varas de lodo helado desde el invierno pasado, igual que la mitad de los muchachos que salieron de este valle
-¡Cierre la boca!
Gritó una voz pequeña y agudísima desde la puerta de la casa.
Mateo había salido al porche. El niño estaba pálido como la cera, apretando los puños a los costados de su cuerpo, con las lágrimas de rabia asomándole por los ojos pero con la cabeza erguida hacia el comerciante.
-¡Mi papá no está muerto!
Chilló el niño, dando un paso al frente.
-¡Mi papá es un guerrero y va a volver para echarte de aquí!
Don Lorenzo miró a Mateo con una sonrisa maliciosa, sacudiendo la cabeza con falsa lástima.
-mira a tu hijo, Esmeralda, lo estás criando en una mentira que lo va a destruir. Eres una mujer joven, hermosa, con la piel firme y tres bocas que alimentar. No vas a aguantar otro invierno sola, ¿Qué va a ser de ti cuando las requisas del juez de paz se lleven el último saco de trigo de tu granero? ¿Quién te va a defender cuando los hombres del pueblo decidan que una viuda gitana no tiene derecho a conservar esta tierra?
Dio un paso con su caballo hacia el borde mismo de las tablas del porche, extendiendo una mano enguantada en cuero hacia mí en un gesto de dominación evidente.
-acepta la realidad. Olvídate del fantasma de Antonio. Entra en razón, abre la puerta de esta casa a un hombre que puede darte estabilidad, abundancia y respeto en la villa, y deja de jugar a la viuda abnegada. Yo puedo hacer que tus hijos tengan un futuro, pero mi paciencia tiene un límite
Apreté el mango del cuchillo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Di un paso adelante, colocando a Mateo detrás de mi falda con el brazo izquierdo y encarando al comerciante a menos de un metro de distancia.
-escúchame bien, Lorenzo
Dije, eliminando cualquier fórmula de respeto y pronunciando su nombre como se pronuncia una maldición.