El galope furioso del caballo de Don Lorenzo se disipó en la bruma de la tarde, pero el veneno de sus palabras quedó flotando en el aire, denso y frío como una plaga. Apoyé la mano sobre el hombro de Mateo, sintiendo cómo el cuerpecito de mi hijo temblaba por la rabia acumulada. El niño apretaba los dientes, mirando hacia el sendero vacío con los ojos oscuros arrasados por lágrimas que se negaba a dejar caer.
-entra a la casa, Mateo
Le pedí suavemente, aunque mi propia voz sonaba rasgada por la tensión.
-entra con tus hermanas y cierra la puerta
-ese hombre dijo que mi papá...
-ese hombre no sabe nada
Lo interrumpí con una firmeza tajante, tomando su rostro entre mis dos manos y obligándolo a mirarme a los ojos.
-ese hombre habla con la boca llena de cobardía y despecho. Tu padre está vivo, Mateo, ¿Me escuchas? Un guerrero no muere por los deseos de una hiena de la villa. Ahora entra y cuida a tus hermanas
El pequeño asintió despacio, trágandose el nudo de la garganta, y obedeció.
En cuanto la puerta se cerró a sus espaldas, dejé salir una larga bocanada de aire helado. Sentía un fuego abrasador en el pecho, una mezcla de indignación y furia pura que me recorría cada vena. No podía permitir que aquella afrenta quedara como un aviso susurrado al borde de mi porche. Si Don Lorenzo creía que sus amenazas veladas y sus insinuaciones sobre la muerte de Antonio me doblegarían en la intimidad de mi hogar, tenía que aprender de una vez por todas de qué madera estaba hecha.
En lugar de resguardarme dentro de la casita a temblar, tomé mi pañuelo negro, me lo até con fuerza a la nuca y eché a caminar a paso firme hacia el centro del asentamiento.
El viento del norte soplaba con fuerza, haciendo crujir las ramas secas de los robles. A lo lejos, cerca de la gran fogata comunal donde los ancianos y las mujeres se reunían a última hora para repartir la leña y el té de menta, vi la figura de mi padre y la del padre de Antonio. Conversaban con gesto preocupado junto a un par de primos que acababan de bajar de la cañada alta.
Al verme llegar con el rostro demudado y el paso decidido de quien marcha a la batalla, mi padre se puso en pie de inmediato, dejando de lado su pipa de barro.
-Esmeralda... ¿Qué ocurre, hija?
Preguntó mi padre, escudriñando mi cara con esos ojos sabios que habían visto pasar tantas tormentas.
-ha vuelto Don Lorenzo
Anuncié en voz alta, asegurándome de que todas las mujeres y los ancianos que rodeaban el fuego escucharan cada una de mis palabras.
-ha venido a mi porche a decirme que mi esposo está muerto en una fosa común. Ha venido a decirme que acepte su amparo, su pan y su techo antes de que las requisas de la villa nos dejen en la miseria
Un murmullo de indignación recorrió el círculo de la gente. El padre de Antonio, un hombre enjuto pero de mirada temible, apretó la vara de fresno sobre la que se apoyaba hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
-ese perro de la villa cruza demasiado los límites
Gruñó mi suegro, escupiendo al fuego con desprecio.
-sabe que los muchachos jóvenes no están aquí para romperle las costillas, y cree que puede venir a pisotear la honra de las mujeres de nuestra estirpe
-no volverá a pisar esta tierra
Declaré, dando un paso al frente y mirando a los ancianos de la comunidad.
-he salido a decirlo delante de todos ustedes porque quiero que mi voz sea el testimonio de esta casa. Hoy le he cerrado la puerta en la cara a Don Lorenzo para siempre.
Mi madre se acercó por detrás y me rodeó los hombros con su chal de lana. Sentí su orgullo silencioso reconfortándome la espalda.
-le he prohibido que vuelva a poner un solo pie en nuestra propiedad
Continué, sintiendo que la fuerza de todos mis ancestros hablaba a través de mi garganta.
Un silencio solemne cayó sobre el campamento. Las mujeres, que sostenían el mismo dolor y la misma espera amarga por los otros once muchachos reclutados, me miraron con una mezcla de respeto y fraternidad absoluta. En mis palabras no solo estaba defendiendo el nombre de Antonio; estaba defendiendo la dignidad de cada hogar despojado en aquel valle.
Mi padre dio un paso hacia mí y me puso su mano grande y áspera sobre la coronilla.
-has hablado como una verdadera mujer de nuestra sangre, Esmeralda
Dijo el viejo con voz profunda y grave.
-tu esposo se fue tranquilo a la guerra porque sabía qué clase de roble dejaba custodiando su nido. Que lo escuchen las montañas y que lo escuchen los arroyos: ninguna hiena de la villa va a tocar a la esposa de Antonio Fernández
-a partir de esta misma noche
Añadió el padre de Antonio, mirando hacia los primos jóvenes que quedaban en el asentamiento y a los ancianos.
-habrá ronda continua en el sendero del arroyo. Si ese comerciante o sus peones vuelven a rondar la casa de mi nuera con sus regalos de veneno, no van a encontrar a una mujer sola, van a encontrar a todo el pueblo de pie
Regresé a la casa cuando la noche ya se había cerrado por completo sobre las colinas. La nieve comenzaba a caer en pequeños copos silenciosos que se derretían al tocar la madera tibia del porche.
Entré en la estancia y me dirigí directamente al rincón del dormitorio. Los tres niños descansaban en el camón, arropados hasta las orejas. Me arrodillé frente al cofre de roble, levanté la pesada tapa y saqué la piedra verde que Antonio y yo habíamos recogido en el arroyo cuando éramos apenas unos niños. Apreté la piedra contra mis labios, sintiendo el frío del mineral transformarse lentamente con el calor de mi propia boca.
-te defendí, Antonio
Murmuré en la penumbra de la habitación, mirando la pila de cartas sin respuesta que aguardaban en el baúl.
-defendí tu nombre, defendí tu casa y defendí la mente de nuestros hijos de la mentira de ese cobarde. No importa cuántas lenguas de veneno intenten darte por muerto, para mí estás vivo en cada rincón de esta casa