El orgullo herido de un hombre poderoso y cobarde es un animal ponzoñoso que prefiere atacar a traición antes que dar la cara. Don Lorenzo entendió que por la fuerza bruta o el enfrentamiento directo no lograría doblegar las puertas de nuestra casita, protegido como estaba nuestro perímetro por las rondas nocturnas de mi padre, mi suegro y la gente del asentamiento. Sin embargo, el comerciante poseía un arma más peligrosa que las amenazas a caballo: la lengua de los desocupados y el miedo acumulado en las calles de la villa.
A los pocos días de nuestro último y definitivo enfrentamiento en el porche, la semilla del rumor comenzó a germinar en los mercados, en las tabernas y a la salida de la iglesia del pueblo vecino.
La historia ya no era que un señor acaudalado intentaba acosar a una mujer cuyo esposo peleaba en el frente. En la boca de Don Lorenzo y sus allegados, la narración cambió por completo. Comenzaron a calificarme de «terca», «soberbia» e «insensata», asegurando que mi negativa a recibir ayuda era una prueba irrefutable de la arrogancia gitana que despreciaba la caridad cristiana de los vecinos de la villa.
Peor aún, el rumor tomó un matiz mucho más oscuro. Empezaron a murmurar que mi obstinación por mantener la casita cerrada no se debía a la lealtad hacia mi esposo, sino a que estaba perdiendo el juicio. Decían que la «gitana del arroyo» se había vuelto loca tras la marcha de la tropa, que retenía a sus tres hijos en el aislamiento para alimentar el fantasma de un muerto y que mi negativa a aceptar las leyes y costumbres de la comarca ponía en riesgo la paz de todo el valle.
Las consecuencias de esa campaña de veneno no tardaron en hacerse sentir en nuestra vida diaria.
La primera señal la viví en persona una mañana de mercado, cuando bajé al pueblo acompañada de mi madre para cambiar unos cestos de mimbre y unas mantas tejidas por sal y grasa de cerdo. Al acercarnos a los puestos de los comerciantes habituales, notamos un cambio helado en el aire. Las mujeres de la villa, que antes nos saludaban con una cortesía distante pero respetuosa, se apartaban a nuestro paso jalando de las faldas de sus hijos como si lleváramos la peste en la ropa.
Llegué al puesto de Doña Marta, la tendera que durante años nos había vendido las especias y el aceite de oliva.
-buenos días, Doña Marta
La saludé, depositando sobre el mostrador de madera un par de pañuelos bordados por mi madre.
-vengo a por la medida de sal y el jabón de canela
La mujer, una matrona gorda con la cara agria, miró los bordados sobre la mesa como si fueran trapos sucios. Ni siquiera se molestó en tocar el género. Se cruzó de brazos y me clavó una mirada cargada de recelo.
-no me quedan provisiones para cambiar por telas hoy, Esmeralda
Dijo con una voz seca, elevando el tono para que las vecinas que estaban cerca la escucharan claramente.
-y si te soy sincera, prefiero no tener tratos con gente que desprecia la mano que se le tiende. En esta villa no nos gusta la gente tan llena de soberbia
Sentí que la cara me quemaba por dentro, pero mantuve la espalda erguida como una vara.
-mi dinero y el fruto de mi trabajo son tan limpios como los de cualquiera en esta villa, Doña Marta. No he venido a pedir caridad ni a pedir regalos. He venido a comerciar honradamente
-pues vete a comerciar a otra parte, muchacha
Replicó la tendera, dándome la espalda sin mirarme
-bastante paciencia ha tenido Don Lorenzo intentando ayudar a una viuda para que encima vayas por ahí diciendo que la gente de la villa quiere robarte. Todo el pueblo sabe ya que esa cabeza tuya no anda bien
Un murmullo de burlas y cuchicheos se extendió entre las mujeres que hacían la compra a unos metros. Un par de ancianas se persignaron al mirarme, murmurando palabras sobre la «terquedad de la gitana» y el «castigo del cielo sobre los soberbios».
Mi madre dio un paso al frente, apretando el mango de su cesta con furia, pero la tomé del brazo suavemente para detenerla. No íbamos a darles el espectáculo que estaban esperando.
-recoja sus bordados, madre
Dijo mi voz, que sonó limpia y firme en medio del silencio hostil de la calle.
-en esta tienda la sal sabe a veneno
Recogimos nuestro género y caminamos de regreso al asentamiento con la cabeza alta, mientras las miradas inquisidoras de los vecinos nos seguían hasta la salida del pueblo.
El veneno del rumor no se limitó a los comercios. Don Lorenzo había sembrado la sospecha en las mentes de los jueces de paz y de los alguaciles. Comenzaron a circular advertencias no oficiales de que la casita del arroyo, al ser considerada la propiedad de un soldado «probablemente caído en combate» y administrada por una mujer «de dudosas facultades», podría ser puesta bajo la tutela de la alcaldía para asegurar el pago de las contribuciones de guerra.
Aquella noche, mi padre y mi suegro vinieron a la casita a hablar conmigo. La luz tenue de la vela iluminaba las arrugas profundas de sus rostros marchitos por los años y las preocupaciones.
-la gente del pueblo está envenenada
Dijo mi padre, limpiando la pipa con la punta de su navaja.
-ese comerciante ha logrado que la gente de la villa nos mire como a apestados. Tienen miedo de que tu resistencia llame la atención de las autoridades y manden a la tropa a hacer una limpia en el campamento
-no me voy a doblegar, padre
Respondí, mirando a los dos viejos con los ojos ardientes—. Me llaman terca porque no me entregué a sus deseos; me llaman loca porque sigo creyendo en la palabra de mi esposo. Si quieren poner a la gente en mi contra, que lo hagan. La opinión de los cobardes no me va a quitar el sueño.
-no es solo la opinión, hija
Intervino el padre de Antonio, apoyando las manos gruesas sobre la mesa.
-Lorenzo está buscando poner a todo el mundo de su lado para que, cuando intente darnos el golpe final y quitarte esta tierra, nadie en la villa mueva un solo dedo para defenderte. Está construyendo una muralla de mentiras alrededor de tu hogar