Querido Antonio:
La lengua de los cobardes es un fuego silencioso que pretende consumirlo todo a su paso. Si supieras las barbaridades que corren por las calles de la villa desde que le cerré la puerta en la cara a Don Lorenzo... Ese hombre no ha podido digerir la humillación de verse rechazado por una mujer de nuestra sangre y se ha dedicado a esparcir veneno en cada esquina, en cada puesto de mercado y en la puerta misma de la iglesia.
Me llaman terca. Me llaman soberbia. Dicen por los rincones que he perdido la razón, que me he vuelto loca por negarme a aceptar su «caridad» y por sostener la certeza de que sigues con vida. Hoy bajé al pueblo con mi madre a cambiar unos bordados por sal, y la gente nos miraba como si lleváramos la peste en las faldas. Las tenderas se apartaban y murmuran a nuestras espaldas que sostengo el fantasma de un muerto para no entregar esta casa a las autoridades.
Si supieran, Antonio... Si supieran que esta «terquedad» de la que me acusan no es más que la fuerza sagrada de mi amor por ti. Si supieran que llamarme «loca» es el único consuelo que les queda para no admitir que ellos se habrían vendido por un saco de harina o por cuatro tablones de roble.
Mi padre y tu padre están preocupados porque ven cómo la gente de la villa nos va aislando poco a poco, cortándonos el comercio y mirándonos con un recelo peligroso. Tienen miedo de que este ambiente prepare el terreno para que los jueces intenten quitarnos la propiedad. Pero no me importa el vacío que hagan a nuestro alrededor. Que levanten todas las murallas de mentiras que quieran; que me llamen como gusten. Mientras yo sepa quién soy, mientras tus tres hijos sonrían al escuchar tu nombre y el fuego de este fogón no se apague, sus rumores se estrellarán contra las paredes de nuestra casita como la lluvia contra la piedra del río.
Te espero intacta, mi guerrero. Ni la soledad ni el veneno de todo un pueblo van a doblegar la casa que levantamos juntos.
Tuya siempre,
Esmeralda.