Dicen que los primeros meses de una ausencia duelen con la furia del fuego: queman la piel, cortan la respiración y hacen sangrar el corazón a diario. Pero cuando los meses se transforman en años, el dolor cambia de naturaleza. Abandona la violencia de la llama para convertirse en un frío sordo, en una polvareda de ceniza gris que se mete por las rendijas de la casita, por los poros de la piel y por los rincones más profundos del pensamiento, amenazando con ahogarlo todo en un silencio absoluto.
Dos años enteros habían transcurrido desde que la tropa real engulló a Antonio en aquel recodo del camino.
Dos años. Cuatro estaciones repetidas en un ciclo de desesperanza que parecía no tener fin. Las flores de las jaras habían florecido y secado dos veces; la nieve había cubierto las vigas de nuestro porche en dos inviernos implacables, y el sol del verano había vuelto a agrietar el barro del sendero. Y durante todo ese tiempo, del frente norte no descendió ni una sola línea, ni un sobre sellado, ni un triste trozo de papel con el nombre de mi esposo.
El silencio de la guerra no es una simple falta de ruido; es una criatura viva que devora la mente por las noches.
A mis veintidós años recién cumplidos, sentía que los días pesaban sobre mi cuerpo como si hubiera vivido un siglo entero. El espejo pequeño de azogue que guardaba en el arcón me devolvía una imagen que apenas lograba reconocer. Sostenía la misma mirada oscura y erguida, pero la piel de mis mejillas se había vuelto más pálida y tirante, recortada por la delgadez y por las noches interminables de vigilia. Mis manos, antes suaves y acostumbradas a las cuerdas de la guitarra, estaban ahora marcadas por los callos del hacha, de la aguja pesada y de la tierra dura que debía cultivar para que a mis hijos no les faltara el sustento.
Pero el desgaste más amargo no era el físico; era el que se libraba en el territorio invisible de la mente y las emociones.
Hubo días en los que el agotamiento emocional se convirtió en una parálisis negra. Me despertaba antes del amanecer, cuando la casita permanecía sumida en las sombras frías, y me quedaba inmóvil en el camón matrimonial, mirando el techo de vigas de pino sin capacidad para mover un solo músculo. En esos primeros minutos de la mañana, la realidad caía sobre mí con el peso de una losa de tumba.
«¿Para qué ponerse de pie?», me susurraba una voz venenosa en el fondo del cerebro. «¿Para qué encender el fogón si las cartas siguen acumulándose en el cofre de roble sin respuesta? ¿Para qué seguir lavando las camisas de Antonio si el hombre que las vestía tal vez ya solo sea un puñado de huesos olvidados en la tierra lejana del norte?»
La incertidumbre es una tortura mucho más cruel que la certeza de la muerte. La muerte exige un luto, un llanto desbordado y una tumba sobre la cual depositar flores para cerrar el círculo. La incertidumbre, en cambio, te mantiene en un limbo infernal donde no puedes llorar del todo porque alimentarías la traición, ni puedes reír con libertad porque sientes que le robas un respeto al ausente.
En varias ocasiones, el dolor acumulado se tradujo en visiones y sobresaltos de fiebre. A media noche, creía escuchar el chasquido sordo de los cascos de un caballo deteniéndose frente al porche. Me levantaba de un salto, descalza, con el corazón martilleándome las costillas y la respiración entrecortada, corría hacia la puerta, quitaba el pesado traba de hierro y abría de par en par la madera... solo para encontrar la oscuridad vacía del valle, el susurro del viento entre las ramas secas y la nieve cayendo de forma inclemente sobre el barro.
Me dejaba caer de rodillas sobre la entrada congelada, abrazándome a los hombros, ahogando los sollozos contra la tela de mi camisa para no despertar a los niños, sintiendo que la cordura se me escapaba por las yemas de los dedos.
La salud comenzó a pasarme la factura de ese desgaste incesante. Las fiebres invernales se encarnizaron conmigo; una tos seca y profunda me martirizó el pecho durante semanas, dejándome sin fuerzas para alzar los cubos de agua del pozo. Las mujeres del campamento y mi propia madre venían a la casa a traerme infusiones de tomillo, saúco y miel, mirándome con una compasión contenida que me dolió más que la propia enfermedad.
-Esmeralda, hija mía... tienes que descansar
Me rogaba mi madre una tarde, mientras me aplicaba paños de agua tibia sobre la frente ardiendo.
-te estás consumiendo por dentro. Estás sosteniendo esta casa con la sola fuerza de tus nervios, y los nervios se rompen como las cuerdas viejas de una guitarra.
-no me puedo romper, si yo me rompo, esta casa se apaga. Si yo me rindo a la duda, Antonio pierde el único faro que lo guía de regreso a este valle
Sin embargo, resistir a costa de la propia salud mental era un combate diario contra monstruos invisibles. Mateo, que ya tenía siete años y poseía una sensibilidad madura y dolorosa para su edad, se daba cuenta de todo. Veía los surcos oscuros bajo mis ojos, notaba cómo se me caía la cuchara de las manos cuando la tristeza me sofocaba a mitad de la cena y me encontraba a veces sentada en el suelo del taller, tocando la madera que su padre no había terminado de trabajar, con la mirada perdida en un punto fijo del espacio.
Un atardecer, cuando la fiebre por fin había cedido pero me dejaba con el cuerpo débil y tembloroso, Mateo se acercó a mi banco. Me tomó las manos con sus pequeños dedos cálidos y me miró con sus ojos oscuros, idénticos a los de mi esposo.
-madre...
Susurró con una voz que pretendía ser fuerte.
-no te pongas triste. Si la caminata es muy larga y a papá se le hicieron de noche los caminos, yo puedo ayudar a llevar la casa. No tienes que llorar a escondidas en la cocina
Apreté a mi hijo contra mi pecho, hundiendo el rostro en su cuello y dejando que las lágrimas corrieran por fin sin freno. No eran lágrimas de rabia contra Don Lorenzo ni de vergüenza ante los rumores del pueblo, eran lágrimas de puro agotamiento, el tributo inevitable que mi mente cansada le pagaba a dos años de silencio absoluto.
El silencio del frente nos quemaba la piel y nos minaba las fuerzas día tras día. Pero mientras miraba las caritas de mis tres hijos y sentía el latido firme de sus corazones alrededor de la mesa, me prometí a mí misma que, aunque la salud me fallara y las fuerzas me abandonaran a ratos, mi mente no entregaría las armas. El silencio podía quemar, pero no lograría apagar la última brasa que mantenía con vida nuestro hogar.