A medida que el tercer año de contienda se instalaba en la lejanía de las fronteras, una niebla pesada de aislamiento terminó por envolver completamente nuestra casa del arroyo. La guerra, ese monstruo lejano que al principio solo nos arrebató a los hombres jóvenes, había ido extendiendo sus garras invisibles hasta alterar la textura misma de la vida en el valle. Ya no se trataba solo de la falta de cartas o de la ruindad de Don Lorenzo, era una sofocante sensación de encierro, una muralla de silencio, sospecha y privaciones que nos separaba del resto del mundo.
El ambiente dentro de nuestro hogar se volvió denso, tenso, como la cuerda de una guitarra estirada al límite antes de saltar en pedazos.
Las consecuencias del bloqueo comercial que los tenderos de la villa nos impusieron, alimentado por las malas lenguas y el miedo a las autoridades, comenzaron a golpear con dureza nuestro día a día. El pan blanco de trigo se convirtió en un recuerdo lejano, en su lugar, debíamos amasarlo con harina de centeno negro y bellotas secas molidas que yo misma recogía en el monte. La sal escaseaba, el jabón debíamos fabricarlo con ceniza de roble y las telas para remendar la ropa de los niños eran cada vez más escasas.
En la estancia principal, la tensión se respiraba en el aire. Las risas de las gemelas, que antes llenaban las vigas de madera con el repique de sus castañuelas, se volvieron más cautas, casi amortiguadas. Con casi seis años, Carmen y Naiara habían desarrollado un instinto felino para detectar mis estados de ánimo. Cuando veían que me quedaba fija mirando la ventana con la mirada perdida en los cerros del norte, apagaban sus juegos, hablaban en murmullos y se acurrucaban a mi lado en la banqueta, buscando con sus manitas la tela de mi falda.
Mateo, por su parte, se había transformado en un muchacho de siete años con la gravedad de un hombre de cuarenta. Ya no jugaba con los niños del asentamiento. Se pasaba las horas en el porche, sentado sobre el tronco seco con una vara de avellano en la mano, mirando fijamente el sendero del arroyo como si fuera el guardián de un castillo sitiado.
-Mateo, mi amor, ve a correr con los primos a la cañada
Le pedía yo a veces, sintiendo que la infancia se le escurría entre los dedos por culpa de esta vigilia forzada.
-no, madre
Me respondía él sin volverse, con esa voz grave y serena que me encogía el alma.
-tengo que estar aquí por si baja alguien de la villa o por si llega el correo
Aquel aislamiento no era solo físico, era una frontera emocional que se profundizaba cada día. La gente del campamento, golpeada también por el hambre, el frío y la falta de noticias de sus propios hijos, comenzó a replegarse sobre sí misma. Las visitas al porche se volvieron raras. A excepción de mi madre y la suegra de Antonio, que venían a diario a compartir un tazón de caldo o a ayudarme con el tejido, el resto de las familias mantenía una distancia prudencial. Temían que la marcada animadversión que Don Lorenzo y los jueces de la villa sentían hacia mí terminara por salpicar a todo el asentamiento.
Nos habíamos convertido en una isla dentro del propio valle. Una fortaleza de madera rodeada por una muralla invisible de olvido.
Dentro de las cuatro paredes de la casita, el tiempo parecía haber entrado en una espiral sofocante. Por las noches, el silencio era tan denso que el chasquido de la madera al enfriarse sonaba como un martillazo en las sienes. La estampa de Antonio no se había borrado, pero su figura flotaba entre nosotros como una sombra enorme que ocupaba todos los espacios vacíos.
Hubo tardes en las que el ambiente se volvía insoportable. Un plato que se caía y se rompía en el suelo provocaba un llanto desconsolado en las gemelas, o una chispa saltada del fogón me hacía saltar con un grito sofocado. La falta de sueño, el racionamiento estricto de las provisiones y el esfuerzo constante por mantener la cabeza erguida frente a la hostilidad de la villa nos estaban desgastando los nervios a todos.
Una noche de tormenta, cuando el viento del norte hacía crujir las maderas del tejado con una furia implacable, me senté a la mesa a revisar los últimos sacos de grano que quedaban en la alacena. Al medir la harina con el cuenco de madera, me di cuenta de que, si el invierno se prolongaba dos semanas más de lo previsto, tendríamos que reducir las raciones a la mitad.
Apoyé las codos sobre la mesa de madera y me cubrí el rostro con las manos. Un temblor incontrolable comenzó a sacudirme los hombros. No era llanto de pena, era el peso insoportable de la muralla invisible que nos aplastaba el pecho. Sentí que las paredes de la estancia se encogían, que el techo de vigas se venía abajo y que el aire faltaba en mis pulmones.
-¿Madre?
Escuché la voz de Mateo desde la penumbra del dormitorio.
Me limpié la cara a toda prisa, me erguí en el banco y me obligué a tragar la angustia que me ahogaba.
-no es nada, mi vida
Dije, aunque la voz me salió quebrada.
-solo estoy cansada
Mateo salió del dormitorio descalzo, vistiendo su camisa larga de noche. No dijo nada. Se acercó a la mesa, tomó el candil de aceite, lo colocó en el centro y se sentó en la banqueta frente a mí. A los pocos segundos, las gemelas salieron también, caminando en puntillas por el suelo helado, y se subieron al banco, abrazándome por la cintura una a cada lado.
Nos quedamos los cuatro en silencio, en medio de la penumbra de la estancia, escuchando el rugido del viento afuera y el chisporrotear de la llama tenue del candil.
En ese preciso instante, mirando los rostros de mis tres hijos iluminados por la luz dorada del fuego, comprendí algo fundamental. La muralla invisible que el mundo exterior había levantado a nuestro alrededor pretendía aislarnos para destruirnos desde dentro. Querían que el silencio nos volviera locos, que la escasez nos hiciera pelear entre nosotros y que el miedo nos obligara a rendirnos.
Pero esa misma muralla, si la miraba con los ojos de nuestra sangre, era también nuestro escudo.
Dentro de esa cerca invisible, nosotros cuatro éramos invulnerables si nos manteníamos unidos. El mundo exterior podía negar su sal, su pan y su compasión, pero no podía cruzar el umbral de nuestra puerta para arrebatarnos la honra, la memoria de Antonio y la lealtad absoluta que nos profesábamos.
Abrazé a las gemelas con fuerza contra mis costados y le extendí la mano a Mateo sobre la mesa. Mi hijo la tomó con la firmeza de un hombre maduro, apretándome los dedos con un afecto que me devolvió el aire a los pulmones.