Querido Antonio:
Te escribo al final de un día largo y pesado, con las manos entumecidas por el frío y el cuerpo exhausto de pelearle cada hora a este invierno interminable. Afuera de nuestra casita, la nieve cae despacio sobre las vigas del porche, envolviendo el valle en una sábana blanca y silenciosa que parece habernos borrado del mapa.
La muralla de aislamiento que nos rodea es cada día más alta. En la villa nos miran como si hubiéramos dejado de existir o como si nuestra casa fuera un lugar maldito; las provisiones escasean, la harina negra que amasamos sabe a esfuerzo amargo y la falta de tus noticias nos ahoga el pecho a cada minuto. Hay noches en las que siento que las paredes de esta estancia se encogen sobre nosotros, amenazando con aplastarnos la fe en medio de esta soledad tan densa.
Pero hoy, mientras miraba a nuestros tres hijos sentados alrededor del candil, he comprendido algo que me ha devuelto toda la fuerza a las entrañas. Pueden aislarnos, pueden cerrarnos los comercios, pueden esparcir todas las mentiras que quieran y negar la existencia de tu nombre... pero jamás van a cruzar este umbral. Esta muralla con la que pretenden acorralarnos se ha convertido en nuestro escudo. Dentro de estas paredes de madera que levantaste, la honra de nuestra gente sigue intacta, la memoria de tu voz gobierna cada conversación y el amor que nos tenemos es un refugio invulnerable.
Mateo me ha tomado la mano hoy con la gravedad de un hombre hecho y derecho, y las gemelas se han dormido acurrucadas a mi costado, escuchando las canciones que les enseñé para no dejar que el silencio gane la batalla. Estamos flacos, cansados y marcados por la espera, Antonio, pero no estamos vencidos. Mientras me quede un aliento de vida y una sola brasa en el fogón, esta fortaleza se mantendrá en pie esperando tu regreso.
Tuya siempre,
Esmeralda.