Diario Esmeralda

Capítulo 31

Cinco años. Doscientas semanas cortadas por el mismo patrón de incertidumbre. El tiempo, ese escultor silencioso e impasible, había ido cambiando el rostro de todo lo que me rodeaba, transformando la casita del arroyo y marcando a fuego la vida de las tres criaturas que constituían mi única razón para no dejarme vencer por la corriente.
Cuando Antonio marchó tras la bandera del regimiento, Mateo era un niño de cinco años que apenas podía alzar una hacha de mano, y Carmen y Naiara eran dos bebés de casi cuatro años que correteaban por el porche.
Ahora, al cumplirse el quinto aniversario de aquella mañana de pesadilla, el panorama en nuestro hogar era desgarradoramente distinto.
Mateo había cumplido los diez años. Mi niño se había convertido en un muchachito espigado, de piernas largas, hombros que comenzaban a ensancharse bajo la camisa de lienzo basto y una piel morena tostada por el sol y el aire del monte. Pero lo que más me sobrecogía de mi hijo mayor no era su cambio físico, sino la gravedad prematura de sus ojos. Mateo había perdido la ligereza de la infancia sin haber pasado por ella. Caminaba por el asentamiento con la cabeza erguida, con las manos metidas en los bolsillos de su chaleco de cuero desgastado, y asumía de forma natural el papel del hombre protector de la casa.
No había tarea en el taller de su padre que no intentara emular. Había aprendido a afilar la hacha contra la piedra del arroyo, a colocar los traba de hierro en la puerta principal y a guiar al anciano suegro por los caminos altos para cortar la leña seca antes de que llegara el frío.

-madre

Me dijo una mañana mientras acomodaba un haz de ramas sobre el cobertizo.

-las vigas del porche se han inclinado un poco por la nevada. Hablaré con el abuelo para que me ayude a meterle un soporte de roble abajo. Papá no querría ver el tejado caído cuando regrese

Escucharlo hablar con ese tono seco, firme e idéntico al de Antonio me provocaba un vuelco en el corazón, una mezcla amarga de orgullo maternal y dolor profundo. Mi hijo estaba gastando su juventud haciendo de muralla defensiva para su familia, cargando sobre sus espaldas infantiles el peso de una ausencia que no le correspondía llenar.
Por su parte, las gemelas ya tenían ocho años —a punto de cumplir los nueve—. Carmen y Naiara eran dos muchachitas llenas de vida, con cabelleras rizadas y oscuras que les caían hasta la cintura y una gracia natural que iluminaba la cocina cuando bailaban. Carmen era observadora, dulce, siempre atenta a si a mí me faltaba el aliento o si la tos volvía a castigarme el pecho, Naiara mantenía ese genio indomable, vivo y apasionado que desafiaba cualquier momento de tristeza con una risa sonora.
Sin embargo, en la mirada de mis dos hijas pequeñas habitaba una sombra trágica: la falta de memoria.
Para ambas niñas, la figura de su padre era un mito, un relato hermoso tejido por mi voz a la luz del fogón y por los recuerdos fragmentados que su hermano mayor les compartía.
Una tarde de finales de otoño, mientras las tres cosíamos cerca de la ventana para aprovechar la última luz del sol, vi a Naiara detener la aguja y quedarse mirando el marco de la puerta.

-mamá...

Preguntó en un murmullo inquieto, retorciendo el hilo de lana entre sus dedos.

-¿Papá era muy alto?
-muy alto, mi vida

Respondi sonriendo con melancolía.

-cuando se paraba en el porche, la cabeza casi le tocaba las vigas del tejado
-¿Y sus manos eran como las de Mateo?

Intervino Carmen, dejando sobre sus rodillas la falda que estaba remendando.

-Mateo dice que papá tenía las manos tan fuertes que podía doblar una herradura de hierro
-sus manos eran grandes y fuertes, pero muy suaves cuando las abrazaba a ustedes

Les conté, sintiendo que la garganta se me cerraba por la emoción.

-su padre las amaba más que a su propia vida

Naiara suspiró, bajando los ojos hacia el suelo de tablas.

-a veces... intento acordarme de su cara cuando me dormía, pero solo me sale la imagen de la piedra verde que llevas en el cuello, mamá. Carmen dice que él era como los reyes de las canciones, pero yo quisiera acordarme de su voz de verdad

Carmen le tomó la mano a su hermana, apretándola con fuerza.

-no te preocupes, Naiara

Dijo Carmen con la fe ciega de los niños.

-mamá dice que él es un guerrero y que los guerreros siempre vuelven a casa. Mateo dice que cuando abra esa puerta, lo vamos a reconocer en seguida porque se parece a las fotos que mamá guarda en el cofre

Me acerqué a las dos y las abracé contra mi pecho, apretando los rostros de mis hijas contra mi delantal mientras las lágrimas me quemaban los ojos en silencio.
Cinco años de ausencia habían transformado nuestra casa en un museo de recuerdos vivos. Mi hijo mayor actuaba como el escudo de la casa, mis hijas pequeñas adoraban la sombra de un padre que casi no recordaban, y yo permanecía en el centro de ese universo, resistiendo en el límite de mis fuerzas, sintiendo cómo el peso de los años acumulados amenazaba con quebrarme la espalda mientras sostenía la lámpara encendida en la ventana del hogar.




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