Diario Esmeralda

Capítulo 32

El viento helado de la tarde peinaba las hierbas secas del camino cuando el sonido de unos cascos de caballo quebró la frágil serenidad del asentamiento. Yo me encontraba en el interior de la casa, removiendo el tazón de caldo de verduras sobre el fuego, cuando Mateo, que estaba en el porche afinando un estaque de madera para las trampas de la cañada, se puso de pie de golpe.
A través del ventanal agrietado vi la figura inconfundible de Don Lorenzo.
El comerciante no había cambiado mucho en estos cinco años, salvo por un grosor más pesado en la cintura y unas hebras canas en la barba prolija. Seguía montando su tordo castaño, luciendo capas de paño fino que destacaban con insultante opulencia entre la pobreza del campamento. A pesar del rechazo tajante que le propiné años atrás y de la muralla de rumores que él mismo levantó para aislarnos en la villa, Don Lorenzo jamás había perdido del todo esa mirada codiciosa sobre nuestra propiedad. Aprovechaba cada vez que sabía que los ancianos del asentamiento estaban ocupados en la majada alta para dejarse caer por el sendero, a modo de recordatorio de que su sombra seguía acechando.
Detuvo su caballo justo al borde del cerco de madera que marcaba el límite de nuestro patio.

-¡Buenas tardes!

Exclamó con esa voz impostada y sonora que se pegaba a las paredes como grasa rancia.

-¿Está la madre de familia por aquí o sigue encerrada contando cartas viejas?

Me sequé las manos en el delantal con torpeza, sintiendo el chispazo helado de la rabia recorrer de nuevo mi espinazo. Pero antes de que yo pudiera alcanzar el picaporte de la puerta, Mateo dio tres pasos largos y se interpuso en el camino del comerciante, plantándose al borde mismo del portón.
A sus diez años, mi hijo no llegaba a la altura del estribo del caballo, pero la postura con la que encaró al hombre desmontó de un plumazo cualquier ilusión de infantil fragilidad. Llevaba las piernas firmes y abiertas sobre el barro, la cabeza echada hacia atrás con un orgullo feroz y las manos apretadas en puños a los costados del chaleco.

-usted no tiene nada que buscar en esta casa, señor

Su voz no tembló. No era el chillido agudo de un crío asustado, sino un tono grave, seco y limpio que recortó el aire de la tarde con la precisión de una hoja de afeitar.
Don Lorenzo parpadeó, sorprendido por la rotundidad de la interrupción. Soltó una risita burlona y se acomodó las riendas de cuero en la mano enguantada.

-vaya, vaya... miren a quién tenemos aquí. El cachorrito ha crecido

Comentó, mirando al muchacho de arriba abajo con evidente desdén.

-hazte a un lado, muchacho. He venido a hablar con tu madre. Hay asuntos de impuestos de la villa de los que debe enterarse antes de que los alguaciles bajen a ejecutar las tierras
-mi madre no va a hablar con usted

Replicó Mateo, dando un paso al frente que redujo la distancia hasta el caballo.

-y de las tierras de mi padre nos ocupamos nosotros. Ya se lo dijo mi madre hace años y se lo digo yo hoy: no queremos su presencia en nuestro terreno

Salí apresurada al porche, dispuesta a colocarme delante de mi hijo para protegerlo.

-¡Mateo, entra!

Le ordené en un susurro cargado de angustia.

-no, madre. Quédate en la puerta

Respondió el niño sin volverse un solo milímetro, manteniendo la vista clavada en los ojos del comerciante.

-yo estoy aquí

Don Lorenzo frunció el ceño, molesto porque la presencia del niño frustraba su intento de acorralarme en la entrada. Su rostro se endureció, dejando entrever la soberbia del hombre acostumbrado a mandar en la comarca.

-escúchame bien, enano

Masculló el comerciante, inclinándose sobre el pomo de la montura para intimidar al chico.

-estás jugando a ser un hombre con pantalones prestados. Tu padre era un gitano terco que terminó pudriéndose en una trinchera del norte por no saber a qué amo servir, y tú vas por el mismo camino. Unas pocas semanas más de invierno y tu madre no tendrá ni sal para echarle al caldo. Cuando eso pase, ya veremos si sigues hablándome con esa lengüita tan suelta

Al escuchar la afrenta contra su padre, algo se encendió en el rostro de Mateo. La mandíbula se le tensó de un modo tan idéntico a como lo hacía Antonio cuando se enfrentaba a una injusticia que se me congeló la sangre en las venas. La postura, el brillo de los ojos oscuros, la forma en que los hombros del niño se colocaron en ángulo de ataque: era la estampa exacta de mi esposo resucitada en el cuerpo de su hijo de diez años.
Mateo no se achicó. Dio otro paso al frente, cruzando el cerco y quedando a escasos centímetros de la pata del animal. Agarró la vara de avellano que descansaba junto al poste y la clavó con fuerza en el barro.

-lávese la boca antes de nombrar a mi padre

Sentenció, con un ardor que hizo que el caballo de Don Lorenzo diera un paso atrás, inquieto por la energía del muchacho.

-él es un soldado del rey y un guerrero de esta tierra. Y mientras yo tenga fuerza en los brazos y el aire de esta casa en los pulmones, usted no va a poner un solo pie dentro de este patio. Vuélvase a la villa con su dinero, Don Lorenzo. Aquí no le tenemos miedo ni a usted ni a sus alguaciles

Don Lorenzo se quedó mudo por unos segundos. Buscó en la cara del niño algún rastro de vacilación, alguna lágrima de duda o miedo infantil donde hincar el diente, pero solo encontró la dureza del roble viejo. El comerciante tiró de las riendas con saña, haciendo que el tordo soltara un relincho de protesta.

-vas a lamentar esta insolencia, muchacho

Amenazó el hombre con el rostro desencajado por la humillación de haber sido frenado por un niño.

-cuando los jueces vengan por la casa, no habrá rabieta infantil que los detenga
-¡Pues, que vengan!

Gritó Mateo con la cabeza alta mientras el caballo daba la vuelta torpemente entre la bruma del camino.

-¡Aquí los esperamos con la memoria de mi padre!




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