Diario Esmeralda

Diario 13

Mi amado Antonio:
Hoy he visto resucitar tu alma en los ojos de nuestro hijo mayor. Si supieras la mezcla de orgullo voraz y de dolor infinito que me atraviesa el pecho en este momento...
Don Lorenzo ha vuelto a rondar los límites de nuestra casita, aprovechando la niebla de la tarde y creyendo que nos encontraría indefensos. Pero no llegó a poner un solo pie dentro del patio. Antes de que yo pudiera alcanzar la puerta, Mateo se plantó en la entrada con una fiereza que me paralizó el corazón. Tu hijo, Antonio. Con solo diez años y ese cuerpecito espigado que empieza a ensancharse, encaró al hombre rico de la villa sin que le temblara un solo músculo de la cara.
Le habló con tu mismísima voz. Tenía esa misma postura erguida, ese chispazo de fuego oscuro en las pupilas y la mandíbula apretada que tú pones cuando defiendes lo que es justo. Le dijo que se lavara la boca antes de mencionar tu nombre, le prohibió volver a pisar nuestro suelo y lo echó del camino con una dignidad tan apabullante que el cobarde de Lorenzo tuvo que dar media vuelta a su caballo y huir humillado hacia la villa.
Cuando el hombre se fue, Mateo se me abrazó al pecho y me preguntó en un susurro si lo había hecho bien, si te habría sentido orgulloso de él. Lloré abrazada a su cuello, Antonio. Lloré porque me duele en el alma que nuestro niño tenga que vestir pantalones de hombre antes de tiempo, pero también porque comprendí que la guerra no ha podido destruirte del todo. Estás vivo en él. Caminas en su zancada, hablas en su determinación y defiendes esta casa a través de sus manos infantiles.
Te seguimos esperando, mi guerrero, pero debes saber que el hogar que dejaste está custodiado por un gigante.
Tuya siempre,
Esmeralda.




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